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martes, 20 de diciembre de 2016

Forajida.



Llueve con timidez sobre este Martes en el que tu recuerdo se desdobla en una sombra que acompaña mis pasos. El pueblo ha amanecido colmado de carteles exhibiendo tu rostro. Los poetas del Mester han puesto precio a tu cabeza.

Los caza recompensas del verso y la metáfora desmantelan los bares y vuelven los caminos del revés buscando pistas, indicios que los lleven hacia tu guarida.

Es media tarde y los caza recompenzas han irrumpido en casa con la intención de interrogarme. Ellos conocen que hace solo unos meses yo era capaz de levantar ciudades para ti con el hacer prolífico de un arquitecto bueno, cartografiar océanos, hablar con las estrellas y convocar regatas, inventar un edén para pasear desnudos, más provechoso aún que el de la biblia, en plena madrugada, y plantarlo en tu puerta antes de que la noche acabara venciéndote con su poción de sueño.

Los hombres del Mester de Juglaría saben que fui tuyo, yo, que nunca fui de nadie. Ellos saben que te llevo orgulloso tatuada en las espaldas. Pero por más mamporros que me dieron, guardé todas las claves de tu signo por respeto a tu deseo de permanecer oculta. No les hablé de tu casa junto al río ni de tus dotes de buena cocinera; ni de tu pan de leche o de tu vino. No les hablé de los tres pájaros verdes que acompañan el paso de tus días; ni dije conocer adonde te habías marchado, ni que te fuiste sin despedirte apenas. No dije que en la huida tú te habías llevado los planos de mis mundos de agua y de papel dejándome sumido en el silencio literario de la nada. No dije con que fuerza entró tu voz en mí, ni confesé que eres, y serás, lo más bonito que he tenido a día de hoy.

Vive tu paz de forajida. No reveló mi boca, amor, de ti ni una palabra.


Inexplicablemente, hoy he vuelto a esos días en los que yo te amaba como un loco que sabe que jamás será correspondido. He vuelto a aquellos tiempos en los que mi palabra, (tuya y mil veces tuya para siempre) se desnudaba y acomodaba en los espacios oscuros de mi cuarto, como una aparición blanca y resolutiva en su pureza, convocándome a consumar contigo el noble acto de la arquitectura.