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jueves, 18 de enero de 2018

La princesa Akinaka.





Dios es un tipo sabio que entiende bien la ley del equilibrio. No hay alma nueva a la que Dios dé luz verde para ingresar al reino de los hombres, mientras él no haga antes sus cuentas y decida quebrantar la salud de algún mortal para relegarlo al tanque de las almas. Cuando un alma que ha cumplido sus ciclos llega al tanque, Dios envía otra al exterior, así, el recién vivo que la acoge reúne las condiciones, el ego necesario y la premura para vivir a plenitud sus nuevos ciclos.

Conmigo fue distinta la jugada, pese a que mi razón, gravemente desahuciada, moribunda, deseaba correr a sumergirse de una vez en las aguas del *moksha, él no vio en mí a un poblador capaz para su tanque. Un hombre que evoca a su madre mientras medita el modo de transitar los pasadizos del suicidio (no piensa en su mujer, no piensa en sus hijos ni en él mismo siquiera), un hombre que calcula la potencia del desastre que supondría romper el vínculo materno no es un hombre preparado para marchar con Dios, es un niño que solo puede regresar al punto de partida; a la puerta que delimita el tanque de las almas con el reino de los hombres: su madre.

Dejé de hablar con Dios, debió ser la razón por la que él, deseoso de llamar mi atención hacia su legendaria historia, una mañana giró el tambor de su pistola ante mis ojos y, a los pies de mi cama, se voló los sesos. Pero Dios siempre tiene un buen plan bajo la manga y para no dejarme huérfano de asistencia ante su sacrificio, me dejó en la ventana de mi cuarto, alerta siempre a los designios cambiantes del orden natural, las primeras respuestas a los misterios, a las preguntas existenciales que los hombres insomnes nos hacemos al contemplar el poco de universo que se nos permite ver desde la tierra.

Todo ese cataclismo milagroso que refiero se produjo en el instante mismo en que llegaste, austera, las lanzadas sufridas en antiguas batallas en tu dulce costado cicatrizadas a ojo, a voleo, pero sangrantes aún bajo la piel, vivo tu espanto de regresar desnuda a la vereda del amor, blandiendo tu *akinaka en un alarde abusivo de poder, por si acaso se me ocurría resbalarme un pelo mientras sacabas ante mi ignorancia el encargo que el Universo te había dejado para mí sobre el alfeizar de tu ventana: la luz de dios, mi salvación enmarañada con tu selva virgen de palabras.

Y todo fue tan rápido a partir de esa entrega: mi asombro, el despertar de mi canción y el enamoramiento, hasta llegar a la renuncia de aquel regalo mágico y otra vez, para cerrar el ciclo, mi renacer.

Ahora ya no te niego, no peleo, mujer, delirio mío, por mandarte a vivir donde el olvido mora. Hoy acepto gozoso esta causalidad, esta oleada de amor que el universo me regala para afrontar mi madurez con el deseo que mejor se me da: amarte, bajo cualquier disfraz y en cualquier mundo.

Voy a arrancarte a versos, mi princesa "Akinaka", la armadura y el yelmo:


Por ti lo intenté todo, te lo juro;
por ti quemé mis libros, mis cuadernos.
Por ti quise borrarme de los días,
por ti le aullé a los vientos: yo te quiero.

Por ti me convertí en un tipo cursi,
silencié mi canción un año entero.

Por ti soy este híbrido: un mutante
desterrado al fogón de tus infiernos,
una tormenta bien hija de puta
cuando me das de lado. Un desafuero,
un traidor a mi sangre, un buscamundos,

el azote de dios, 
tu hombre pequeño.










N. del. A.

Moksha: término sánscrito que hace referencia a la liberación espiritual.

Akinaka: tipo de espada usada en la antigua persia