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domingo, 20 de diciembre de 2015

Fuerza extraña.









A Eva Lucía Armas, la Cinderella más especial y valiente que ha conocido mi espíritu de navegante.





Cinderella.

Que redes transparentes pueden tejer mis manos de naviero
para poner a salvo tu trenza de Rapunzel.

Supongo
que por eso y para esto
me pariste poeta y navegante.

Para que te dibuje con el arco tensado
apuntando a la diana,
como una Cenicienta que corrompe
la tradición del piecesillo débil
hundido en el zapato,
danzando libre
sobre ese antiguo mito de cristal
sin daños ni prejuicios,
sin príncipes inútiles.

Sin dilemas.





La buena estrella.

Algunas noches
no quiero ser marino.
Solo Goriot*.

Ese Goriot tan francés y abnegado
que ofrece sus rodillas
a tu joven ventura
y bebe sopa amarga con migas de pan duro
sin quejarse durante todo el año.
Y el otro,
y el siguiente.
Para cumplir con todos tus caprichos.

Mi botín a los vientos
para limpiar tu estrella.

Pero no necesitas un Goriot,
sino a este Draco de papel
que mata
a puros cañonazos,
a los caimanes fieros de la ciénaga
que veneran a Giorgio*.

Un igual que conozca la magnitud y el peso
de tu terrible caja de pandora.




Fuerza extraña.

Ya no me digas más que venda el barco.

Ya no me digas
que marcharás sin mí,
que se me rompen todos los espejos
en locos pedacitos
y no tengo las fuerzas
para traer del Congo si hace falta
hechiceros que borren mis tormentos.

Ya no me digas más: los marinos no lloran.

Ya no me pidas
que levante mi vela de corsario
cuando dices rebelde,
sin que tiemble una sola molécula en tu gesto:

Ya he saldado mis deudas, viejo Draco,
y ya puedo tirarme
desde el palo mayor cuando yo entienda.

Ya no me digas
que te me vas de mí,
ni en un quizá con la boca pequeña,
ni en un tal vez o un posible, imposible
futuro de mi historia,
mi estrellita polar, mi fuerza extraña.

Abre tu libro inédito de versos
mientras te llevo lejos en mi alfombra
allá ni donde dios pueda empañar tu paz,

mágica Sherezade.





Sonando durante la edición:








n. del a: *Goriot, como referencia a "Papá Goriot", protagonista que da título a la novela  cumbre del escritor francés Honorè de Balzac, publicada en 1835.

*Giorgio: Giorgio Armani, famoso diseñador italiano de moda masculina.










sábado, 12 de diciembre de 2015

Mamá, quiero ser sonetista.











Querido Juan Ramón, pido un soneto
como quien pide en medio de una fiesta
vuelen al aire ritmos de bolero
para amarrarse al cuerpo de una hembra.

Tu abolengo y montura, moguereño,
inalcanzables  son para mi empresa.
Lánzame un cable a tierra, viejo arriero,
desde tus anchos vuelos de poeta.

Pues de catorce patas y once nudos
se presenta la bestia ante mis ojos
retándome a montarla en desafío.

Si domarla consigo, te aseguro,
la bulla va a escucharse en "Alto Songo".
En su grupa violenta voy mecido.




jueves, 10 de diciembre de 2015

Libertaria.











(A Eva)


Llevo tu verso
bajo la piel tatuado a fuego vivo
dibujando un camino floreciente
de sándalos y seda.

Incandescente brilla,
como esfinge totémica en mi proa
tu verso de mujer descalza y sin Adanes
corriendo en libertad por la floresta
de tu Edén sin manzanas,
tu verbo en carne viva junto a mi cicatriz de navegante
como  daga longeva que redime
la cólera del viento.

Tu vela es mi sextante.

El batiscafo
que urga en los sietes mares y despierta
mi "Francis Drake" dormido
clamando en la distancia
resucite
su viejo "Golden hind"
y su patente corso.














sábado, 21 de noviembre de 2015

Conga y Antilla.








Miguel "Angá" Díaz, percusionista.




"A mí me gusta por la mañana,
después del café bebido,
pasear por Las Habanas
con mi tabaco encendido".
(Guajira del cantaor Manuel Escacena grabada por primera vez en 1909)



Antilla ven volando hasta mi casa
de himnos redentores naufragados.
Mi casa detenida en los umbrales
de bailes y de quintos que no alcanzo.

De son arremangado, de sepelios,
de rumba de cajón y ardientes tragos.

Antilla, pido al aire misas negras
en un siete por cuatro como amparo
que rompa en carnaval esta desdicha.
Mi impronta de dormir en tu milagro.








jueves, 5 de noviembre de 2015

Arquitectura.





















Qué no daría yo
por haberte querido
con la inocencia blanca de un impúber
en otra piel, con otro signo cuántico.

En medio de un pajar como los bárbaros
mientras dominas toda mi estructura
con la rotundidad de tu sentencia:

—Solo soy tuya, amor.

En cualquier calle parisina. Reyes,
gobiernos de la noche,
el cancán marcándonos la libido.

Bajo la mansa bóveda
de un minúsculo iglú en Groenlandia
todo candor volátil tu breve pirotecnia
auténtica entre risas:

—¡Soy toda tuya, amor!

Te he diseñado tanto en otros tiempos
que no alcanza el reloj  de mis astrales
ni droga psicodélica ni trago
que mate esta ansiedad arquitectónica.

Porque,
qué no daría yo por alcanzar
la eternidad de tu primer seísmo,
fraguar en tus cimientos encofrado
a todas tus versiones,
aunque los vendavales y los mundos
impacten como bombas
sobre el tejido vivo de nuestras existencias.

martes, 27 de octubre de 2015

Mata hari.


















Me rompes los insomnios en fragmentos
de diminuta almática
cuando cabalgas regia,
cortando cabelleras
que blandes en el aire como eternos trofeos,

Mata hari.



J. Madison.

viernes, 23 de octubre de 2015

Cuarto de mala muerte.













Que vengan los bomberos que mi Tula
me está dejando ya sin argumentos
el cuarto se me quema y se acabaron
las rutas de escapada. En testamento
constan mis voluntades detalladas:
Que Pacho borde "Nieblas de riachuelo"
y Benny desde Lajas lo secunde
con su voz diamantina en desenfreno.
Enterrador, que no me pongan flores.
Que no decreten cánticos de duelo,
por si se diera el caso y mi artificio
se extingue sin remedio con el fuego.





Buenavista Social Club, "Candela"





domingo, 18 de octubre de 2015

Un Shakesperiano lucha ante tus costas.







Me conforta saberme medallista
olímpico: mi peso revolcado
en tu piscina negra de alquimista
que entiende bien mis pieles de soldado,

cuando convocas la impiedad del agua
y confabulas pactos y cadenas
con el mejor marchante de la fragua
conocedor del hierro y las condenas.

Y arremeto brutal y psicodélico,
de verde camuflaje mis embates,
contra tu raza de linaje bélico
experta en jugarretas y combates.

Y se doblega a mí tu aposentada
mirada de viajante de la noche,
de periplos, de selva desalmada,
de que poco entendieron mi derroche.

Que soy panal que acoje tu mordida.
Mátame como quieras, Que hay aguante
para afrontar tus golpes de suicida.
La doma de tu amor beligerante.






jueves, 15 de octubre de 2015

Terrorismo cuántico.


















Estallan por los aires
millones de partículas de tiempo
en medio del budismo
zen  y meditativo de mi onírica
cuando te rompes
al borde de mi espalda en marejadas
y mis fuerzas dormidas confabulan
para que los minutos
detengan su mecánica de saltos
y que tu bomba de relojería
pronuncie ese: "Kaboom",

y arrase.

Sin dejar supervivientes.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Colosseum cerrado temporalmente por reformas.


















Entonces ambos éramos
aquel débil fragor que en las noches oía
la llamada de Roma levantándose.

Roma pedía guerra a manos llenas
a dos  jóvenes torpes que prestaban oídos
al clamor incesante
de a degüello.

Como leones trágicos de circo,
dos amantes hechos al espectáculo,
vertimos en la arena
el corazón, manojos de la vísceras,
fragmentos
de pasión tintos en odio, que con el martilleo del silencio en las jaulas,
bajo el efecto narco del orgullo,
brotaban sin control
como futuros órganos sin fuego
de llanto en la memoria.

Durante media vida
cumplimos con el rito de la sangre.

Ahora ya no me queda ni un centímetro libre
de piel para tatuarme tus heridas
ni arrestos para ver al cirujano.

He depuesto las armas.

Poco me importa el ego de mi Roma.




domingo, 11 de octubre de 2015

Jack Skeleton.











Sally y Jack Skeleton.





En voto de silencio me declaro
aunque la "verbi gratia" me desborde
que puede mi discurso no ser claro
si mi voz de poeta es monocorde.

Y ya puede mi Sally tras la reja
pedir que rompa en dos mi mandamiento
que no daré cordel a la madeja
de versos sin tener conocimiento.

Hay silencios que dictan en su arrastre
una suerte de efecto mariposa,
no temas, Sally Persson, si el desastre
alcanza a mi palabra clamorosa.

Te vuelves por momentos adictiva
a amores que alimenten tu brasero,
yo soy tu Frankenstein y tú la diva
que doma la pasión del romancero.

Y mientras la metáfora resiste
a regalarme su divino encanto
carcelera es la sombra que te asiste
hasta que el verbo anuncie el contracanto.




Fragmento del film de animación "Pesadilla antes de navidad".








jueves, 24 de septiembre de 2015

Noche de ambrosías.

















Anoche te busqué.
Nombré tu cuerpo
sabiendote tan lejos de mis sombras,
en Manhattan,
y no pude hacer más
que cuadrarme sobre mis soledades
y asfixiar con manos inocentes
mi débil ambrosía entre las sábanas.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

De Perrault a Martí pasando por el barrio.

















No tuve cuentos de pequeño. Para una divorciada con cuatro hijos, ya era un mundo mantenerlos alimentados, limpios y bajo control, y esto último fue poco exitoso, créanme.

En su lugar, tuve unos bolerazos tremendos, como puñales. Como ya he dicho en repetidas ocasiones a mi señora madre le encantan. Niebla de riachuelo, en la voz del maestro Pacho Alonso, Dos Gardenias, de Isolina Carrillo, Noche cubana, de Omara Portuondo, No puedo ser feliz, del genial y estelarísimo Bola de Nieve:

–Si las almas hablaran/ en su conversación/ las nuestras se dirían/ cosas/ de enamorados.
No puedo ser feliz/ no te puedo ... olvidar–.

Bolerazo que Bola interpretaba al piano con una magistralidad tremenda.
Un culebrón.

Pero tranquilos. Tuve una infancia feliz a reventar y a todo tren. En aquel entonces estornudaba y lanzaba confetis por la nariz como un mago, por la alegría, a pesar de no tener en las noches la compañía de Charles Perrault y sus famosos personajes: Caperucita y el lobo, Barba Azul, La bella durmiente, Cenicienta, Pulgarcito. No he sido tan feliz como en aquellos momentos en que mi vida se resumía a corretear por el barrio perdiendo el tiempo en toda suerte de chiquilladas y memeces. Tumbando mangos en patios ajenos, cazando lagartijas a las que, posteriormente, cortábamos la cola mostrando luego una benevolencia tremenda dándoles su merecida carta de libertad, cazando cocullos, mariposas, o lanzando huevos, piedras, en el peor de los casos, contra las casas de los vecinos en las noches de apagón. Una noche a oscuras en La Habana da para muchas gamberradas.

De igual modo llegué a conocer al detalle, por boca de otros, los famosos cuentos, y tardé mucho en enterarme de quién estaba detrás de la trágica historia de la desafortunada Cenicicienta. Quizás se deba a que el drama vivo en los cuentos de Perrault tuvo tal gancho y éxito que acabó eclipsando, en cierto modo, su autoría. Sometan a sus allegados y familiares a encuesta y comprobarán que, en efecto, Caperucita y compañía forman parte de la tradición oral y popular, pero, pocos conocen quién urdió tales maquinaciones con tan sabias enseñanzas sublimadas con gran maestría en  los textos.

Cumpliendo el rito familiar, casi por tradición, digo, nunca conté a mis tres hijas esas historias. También hubo boleros y hasta guarachas, sobre todo cuando a alguna le daba por las llantinas sin venir a cuento. Así, fueron entrando también en la cultura del bolero al regalarles, más bien es un acto declamatorio, la voz no me acompaña y reconozco que el canto no es lo mío, Alma de mujer, Allí te espero, de Eliades Ochoa, Siboney.

Fue mucho más tarde cuando llegaron los cuentos, todos de mi cosecha. Y cada noche, antes de dormir, me explayaba con una hormiga tan tragona que fue capaz de comerse un garbanzo ganándose el apodo de: "La hormiga mutante" , o "El caballo que quiso ser pegasso", "Aventuras de una rata barata", y cómo no, las peripecias de "Pepito"  (Jaimito para los españoles), ese niñito que pertenece al imagenio cubano y que llevaba a mal traer a su maestra y a los compis de clase con sus cómicas ocurrencias.

Hace una semana, mi tercera hija, Rossi, me sorprendió con un pedido especial: un libro de Charles Perrault.

Disney, sí, y quién si no fue el mensajero.

Pero no todo fue Perrault, Pepito y su comparsa. Hubo tiempo de camelarla con un libro serio y respetuoso, y no digo que el de Perrault no lo sea, delicioso y mágico, diría mi Rossi. De vez en cuando toca limpieza de libros en su cuarto. Da a su prima hermana de siete años los que ya no le interesan y hace sitio para los nuevos.

Sin embargo, ningún libro de este tiempo puede competir en la estantería de Rossi con " La edad de oro", del escritor, pensador y periodista cubano José Martí. Ni siquiera el que atesora los cuentos de Perrault.

La edad de oro ha trascendido  en el tiempo varias generaciones desde su primera edición en formato revista. Treinta y dos páginas con una frecuencia de publicación mensual dirigida a los niños latinoamericanos. Pensada, sin duda, para hacerlos participe de la cultura universal en una América y un tiempo donde los libros y las historias de cómo vivieron los hombres de otro tiempo y a que dedicaban sus esfuerzos, eran accesibles más que para unos pocos.

De un modo muy claro y ameno, directo, Martí acerca los niños a la poesía, la historia; les cuenta sobre la máquina de vapor, la electricidad y su trascendencia para el hombre, como también deja claro su empeño de formar futuros hombres y mujeres libres, justos, cultos, solidarios y comprometidos con los problemas sociales y la verdad de su tiempo, y así lo manifiesta en varios de los poemas y cuentos que aparecen en las revistas: Los dos príncipes, (versos que aparecen en el segundo número de la revista), Los zapaticos de rosa, (versos, tercer número ), La muñeca negra, (cuento, aparece en el cuarto número). Todos con una preocupación de orden social llamando a la igualdad entre los hombres fuera cual fuera su condición.

El primer número de La Edad de Oro fue publicado en julio de 1889 así, hasta un número de cuatro, que recogían cuentos infantiles, poemas y ensayos acompañados de grabados e ilustraciones. Solo llegaron a editarse cuatro, recogidas posteriormente en un libro: La edad de oro. Libro que, sin duda, acompañará a mi hija en sus recuerdos de niña, no solo por la belleza de sus textos, sino también por su valor sentimental.

Y, ¿qué pudo haber hecho Martí, un hombre de otro tiempo, para ganarse el afecto literario de mi Rossi, fan de personajes literarios del bagaje del pequeño Nicolás y Kika la súper bruja?

Juzguenlo ustedes:



[...] Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse, con sus mediecitas caídas, y su 
color de rosa, como los niños que se bañan mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que 
los angelitos de las pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy 
fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y da brincos y vueltas 
de carnero, y salta en el colchón con los brazos levantados, para ver si alcanza a la 
mariposa azul que está pintada en el techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer 
como que cepilla la baranda de la cama, porque va a ser carpintero: o rueda por la cama 
hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias coloradas. 

Pero esta noche 
Bebé está muy serio, y no da volteretas como todas las noches, ni se le cuelga del cuello a 
su mamá para que no se vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del 
gran comilón, que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los ojos; pero no está 
dormido, Bebé está pensando. 

La verdad es que Bebé tiene mucho en que pensar, porque va de viaje a París, [...]


Fragmento de "Bebé y el señor Don Pomposo", cuento que pertenece al primer número de la revista.


"La perla de la Mora".


Una mora de Trípoli tenía

una perla rosada, una gran perla:

Y la echó con desdén al mar un día:

¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!

Pocos años después junto a la roca

De Trípoli... ¡la gente llora al verla!

Así le dice al mar la mora loca:

«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devúelveme mi perla!»

El poema  aparece en la edición número dos de la revista (Agosto del 1889).







lunes, 7 de septiembre de 2015

Filosofía de una cama.






















Una cama desierta es un enigma.
Un estado de sitio
rezumando balazos de penuria.

Una cama sin nombres ni apellidos
es oráculo mudo del presente
sin probabilidades de futuro.

La cama sin durmientes, sin nosotros,
sin encuentros volátiles,
sin suspiros ni arterias rugiéndole a la vida,
sin predicción del tiempo,
sin reproches ridículos,

una cama
sin manchas de café y sin titulares,
sin lágrimas de mártires y guerras,

se debate
en el fin de los tiempos.






domingo, 6 de septiembre de 2015

Salve.
















Justo al sur de tu pecho se levanta en la noche
un santuario de luz faro de mis desvelos
desde donde tu voz
alzada  me desarma
cumpliendo el juramento de mantenerme vivo,
cuerdo
contra todo pronóstico
para afrontar  los ruidos cotidianos
del mundo inamovible consumiendo
con su voz de metralla
nuestro reino de besos y promesas.

domingo, 30 de agosto de 2015

Caminos en la sombra.



























Conozco de tu espalda
las verdades ocultas a los ojos del mundo
los caminos secretos, los jardines,
las plazas que conducen a tu centro,
tus mercados de Lunes
donde tampoco soy un extranjero.

Los senderos sinuosos de tu talle
se abren a mí,
convocando a tu sexo junto a mi soledad.



J. Madiosn.

domingo, 9 de agosto de 2015

Son montuno.















Jamás tuvimos garbo pero aún así danzamos
con la vitalidad de un sentenciado a muerte
salmodiando al perdón frente a su cena.

Danzamos,
y el resto del concurso que nos mal imitaba
nos mostraba su enojo.

Ingrávidos danzamos, tú amarrada a mi cuerpo
yo al vuelo de tu falda,
tú llenando mis manos,
yo atado a tu cintura
en breve contrapunto.

Apoyado en tu pecho,
sobre mi fe tu voz,
danzamos indomables hasta que la locura
dejó de interpretarnos el vals de los amantes,
y el tiempo y los silencios,
nos quitaron las ganas.





martes, 4 de agosto de 2015

A quema ropa.












Te bebes mis secretos
a sorbos,
lentamente.

Vacía está mi sombra sin tu medida grácil
estándar a mi estándar,
sin tu cabalgadura
hacia esos horizontes,
donde mi tierra y tu mundo
se fusionan
en un nocturno carrusel
paralelismo de la realidad.










N. del a: Carlos Acosta and Natalia Osipova in Romeo and Juliet at The Royal Opera House.
Picture: Bill Cooper.

martes, 14 de julio de 2015

DIOS DE BARRO.








Alzado en equilibrio sobre mis piernas de barro
até mi mano a tu costilla y caminé, armado de tu gracia,
por entre lo desconocido de aquel mundo
donde florece el libre albedrío a los pies de nuestra soledad,

multiplicado sobre el cantar de Dios,
ese Dios que se marchó dejandonos  la vida.

Palpito en cuerpo de barro exento de inmortalidad,
el mundo abierto es un temblor sobre mi palma,
vivir es la proeza para este corazón,
alas de mariposa rotas en filigranas breves.

Nos consolamos en el rugir necesario de la carne,
en esta disección a pecho abierto, en esta salvedad,
del alma entre tus caderas y en tu vientre,

sortilegio de alivio.

Dios se perdió en la hora del milagro de los abecedarios presos en tu matriz
que entonarán nuestro midrash al viento
cuando tus pasos y mi sombra vuelvan al átomo y la luz.

Hágase la justicia divina.








jueves, 2 de julio de 2015

Delirio en primavera.















Te regalé mis ojos y quedé dependiente
de tu voz en estéreo para sentir la vida.

Te regalé el misterio de mis días futuros,
mi eterna condición de conjurar deseos,
el equilibrio justo
y necesario para tu balanza.

Y desnudo de todo,
cual cerezo
que sangra a gotas el néctar de mi esencia,
eché raíces nuevas sobre tu vientre virgen,
al compás de la noche y tus cantares.






lunes, 15 de junio de 2015

Ceguera.













Tú nunca podrás darme
lo que yo necesito
porque lo que yo busco,
el amor,
no está en tu corazón,
te digo antes de huir
y antes de delinquir ante mí mismo,
odiándote.

Tu juventud prepotente y orgullosa
me contempla alzada desde la platea.

Tu falsa juventud de fuego y hielo
trenzada delicadamente a tu rostro,

a esos ojos de misterio y estrella
que han desafiado más noches
que los míos al tiempo.

Tu juventud aparente de metralla y puñal
invocando a viva voz
mi nombre ante la muerte

me mata
y me destroza.





Agradecimientos a los poetas del foro madre "Ultraversal" por su estrecha colaboración y guía en la edición del poema.

A "Ultraversal", mi Shangri-lá.

Abrazos.

lunes, 1 de junio de 2015

Los navegantes ciegos.


















Me alcanzarás siempre.

Resurgirás del cristal de las sombras luciendo el chal del olvido
como contrapartida a mi conjuro.

Atravesarás la lectura del recuerdo de nuestra despedida en un ardid barato,
pues nuestro destino no impone despedidas,
solo reencuentros en el tiempo.

Me alcanzarás
en el siguiente salto de línea.

La rueda cobrará el sentido giratorio.
Guardaremos fila y asumiremos la señal sobre la frente.

Seremos una y otra vez
los navegantes ciegos
trazando imprecisos sobre las cartas náuticas
una ruta en común con la tinta invisible del mañana.

Dos navegantes en cubierta capeando las ráfagas de viento
que amenazan con quebrar en dos nuestra embarcación.

Quizá algún día —otro orden reinante— se detenga la rueda.

Un orden en el que los navegantes asuman la unidad
barriendo las contiendas del ego,
y escuchen esperanzados tras la tormenta
la alentadora voz del vigía
ascendiendo por entre los destrozos,

vocíferando desde su atalaya:

—¡Tierra!







jueves, 16 de abril de 2015

Mae, la mujer bumerang.









 Conocí a Billie Holliday en el invierno del 79. Su voz retumbaba por todo el callejón. Dios bendito, aquella voz era una divinidad que sonaba como los mismos ángeles.

Esa noche caían unos copos de nieve muy gordos, como canicas. Volaban en transversal y daban contra el parabrisa con tal saña que parecía iban a quebrarlo.
Billie entonaba "Georgia on my mind", aunque no estábamos allí sino a las afueras de Harlem, aparcados en la entrada de un callejón de mala muerte.

El mítico embrujo de Billie provenía de un Cadillac negro del 55 estacionado muy  al fondo del callejón que tenía prendidas las luces cortas. El brazo del conductor asomaba por fuera de la ventanilla.

Todo el callejón estaba infectado de zorras que revoloteaban como mariposones, miraban el Mercedes de mi abuelo con frenesí, como si fuera un filete de ternera listo para el festín del sábado.

Una de ellas charlaba animadamente con el conductor del Cadillac. Era alta y con buen cuerpo. Llevaba un vestido negro muy corto. ¡Y qué piernas! Tremendas. Muy legales. El morro del Cadillac enfilaba hacia nosotros y de ella solo adivinaba la sensualidad de su espalda, muy blanca, porque el escote le alcanzaba justo hasta la cintura.

—Ve a buscarla, Ramiro —mandó mi abuelo.

Mi padre, que iba de copiloto,  se cerró el abrigo hasta el cuello en silencio, bajó del Mercedes y echó a andar por entre la nieve.

—¡Mae! le oí gritar un par de veces, a lo lejos.
Y era lo primero que papá decía desde que salieramos de casa.
Mae.
Lo cierto es que ese nombre nunca me gustó. Entonces yo odiaba a todas las Maes del universo. A las Maes negras, a las coreanas, a las blancas y a las amarillas, pero solonpor que Mae era el nombre de la mujer que me parió y que me abandonó al nacer. Solo la vi una vez en mi vida. Vino a casa el día que cumplí los cinco. Fue allí mismo donde me enteré, por boca del abuelo, que como todos, también tenía una madre. Luego se la tragó la tierra, pero eso ahora poco importa. Esa mujer, Mae, está muerta para mí.

—¡Mae!, —volvió a gritar papá, ya casi junto al Cadillac.

Pero la tal Mae reía. Reía con profusas y escandalosas carcajadas como una loca mientras se meneaba y se restregaba contra el Cadillac. Era evidente que le importaban un rábano mi padre y sus gritos.
Contemplé la escena desde el asiento trasero del Mercedes.

—¿Es ella? —el abuelo esquivó mi pregunta y se prendió un cohiba.
—Ella quién —dijo al rato, cuando el cohiba ya era casi un cabo y el interior del Mercedes evocaba los misterios sagrados del cuarto de un faquir por la densidad de la humareda.
—Mi madre —le largué aguerrido y él, a cambio, dijo sí, con una piadosa sacudida de la cabeza.
Entonces vimos que comenzaba el baile al final de callejón.

—Según las leyes de California todavía eres mi mujer, Mae —gritó papá enloquecido.
—Largo, Ramiro. Me estás espantando a los clientes.
—Estás enferma. ¿Por qué no dejas que te ayude?
—Vete.
—¿Es esto lo que quieres? ¿Ser una zorra que se la chupa a los hermanos por una dósis?

Mae lo abofeteó con unas ganas tremendas.

—Se acabó, Mae.
Papá la agarró de los cabellos y tiró de ella hacia el Mercedes.
—Eh, sueltala —gritó el vaquero desde el interior de su auto— ya te ha dicho que no irá contigo.

De pronto la situación dió un vuelco. Aquel vaquero —que era un tío enorme— salió del Cadillac.
Abrí la puerta del Mercedes.

—Quieto Black Cat.

En verdad soy Cat desde que puedo recordar. Lo de CAT es obra suya. Ttengo ojos de felino.Los ojos de la zorra que ahora mi padre vapulea  a gritos como si fuera un pañuelo de seda entre sus dedos.
El abuelo me echó encima sus oscuros ojos gansteriles por el retrovisor.

—Oye Cat —me sugirió — esto cosa de hombres.

¿Sí? Pues yo ya lo era, o casi, y aquel hombrecito recién hecho sintió de repente un miedo terrible por la suerte de su papi.  Aunque no me hubiera acostado con una mujer era corpulento y le atizaba de maravilla al saco de boxeo. Salté del Mercedes y eché a correr. En la mortandad de la noche retumbaban los improperios de mi abuelo mezclados con las risas de las putas. Las dueñas del callejón. Llegué al fondo justo cuando Mae sacó una 38.

—¡Al suelo! —gritó.
—Vamos, no vas a dispararme —dijo papá.
—Lo hará —aseguró el vaquero—. La enseñé, en aquel  rancho en Texas. Es buena, el vaquero nos mostró la espalda orientandose en un balanceo glorioso en dirección al Cadillac.
—Ramiro, dime qué coño hace este mocoso aquí.

Sí. Mae, la pistolera, ya había reparado en mí.

—Cat, hijo —me ordenó papá— vuelve con tu abuelo.

Pero no me moví. Un hombre protege su sangre y su honor como oro en paño.
Entonces ella mandó:
—Vamos chico, ponte ahí.
Movió el cañón de la 38 hacia los lados, desdeñosamente, y me indicó mi nuevo lugar junto a papá.
—Las manos donde yo pueda verlas —soltó.
Asentí y fui donde papá. De pronto estábamos hincados con las manos en alto, tal y como si estuvieramos delante de la pasma.
—Roland —llamó Mae, el vaquero se acercó de nuevo— desarma a ese cabrón de mi marido.

El vaquero vino hacia nosotros. Cacheó a papá, en profundidad, y luego hizo desaparecer su enorme mano en su espalda.

—Vaya, una Magnum del 45 sin número de serie —Solo un pistolero a sueldo lleva encajada en la cintura una Magnum sin registrar. No quiero tener nada que ver con todo este asunto familiar, arreglalo pronto.

El tipo, rubio como un chico del maíz, dejó que su flamante Cadillac albergara su musculada estructura.

—Por favor Mae, deja que Cat se vaya.
—Cállate, Ramiro, estoy segura que lo de traerlo fue idea de papá.

Mientras papá y Mae, la pistolera, negociaban, me entretuve en sus ojos de gata, y vi que, en efecto, eran exactos a los míos.

Sí. Era Mae en persona, aunque no era de esa guisa como la recordaba de aquella vez cuando cumplí los cinco. No con esos tacones de vértigo y los cabellos abiertos a la oscuridad en buclesitos ripipis reorganizados por la rigidez de la laca hasta la cintura y una camelia blanca enredada cerca de la oreja, y ese trocito de tela finísimo que apenas la cubría y que advertía que una de su estilo jamás se molestaría en comprar ropa interior. Virgen santa, la cosa más linda que había visto jamás.  Ni siquiera las que anunciaban medio en cueros los combates en Las Vegas lo eran tanto.

—¿Y tú qué coño miras? —me soltó.
—No le hables así —ladró papá.
—Los malditos ojos al suelo, chico.

Sentí sus pasos muy cerca y luego el cañon de la 38 sobre mi frente. Temblaba como un marica. Temblaba y tiritaba y rechinaba los dientes con la cabeza gacha clavada en sus zapatos de charol.

—¿Qué estás haciendo Mae? Es solo un crío, joder.

Durante unos segundos no escuché más que el retumbar histérico de mi corazón en la misma garganta, alzado por encima de Billie mientras yo me lo hacía encima.

—O.K Ramiro —oí al fin— coge al niño y largate. Dile a papá que no pienso volver. Voy a subir a ese Cadillac. No me sigas.


—Y se largó. Lo recuerdo todo como si hubiera ocurrido anoche, Joe. Cuatro años más tarde me la tiraba en su casa de Queens, los fines de semana. Le compré un apartamento precioso en Times Square con el dinero de mi primer combate, aquel con El negro Manssini. ¿Recuerdas lo del "Negro"?
—Claro que lo recuerdo, victoria por K.O ¿Y vienes a mi casa en plena noche para contarmelo, Cat? Oye, no vivo del negocio del alma sino de arreglar combates y de entrenar a a cabras locas y cabezas duras como tú. No soy un predicador.

— Ya. Si te lo cuento es por que eres mi Sparring y mi hombre de confianza.
—Si Ramiro se entera de esto tendré que vestir luto. Navidades negras. Olvidala, Cat. Iremos donde el cura Tejeira. Te confiesas y luego te arrepientes. Y asunto zanjado.
—No. Voy a matarla, Joe, voy a meterle de balas que no la va a reconocer ni su difunta madre, ...
—Que es tu abuela hijo, ...
— ..., cuando la metan en la caja.
—Vamos, entregame tu arma, hijo.
—Me deja y se va vivir con Ramiro. A Las Vegas. Dice que está preñada.
—¿Es tuyo?
—Ella jura y perjura que es de papá, pero tú y yo sabemos que podría ser de cualquiera.
—El arma, Cat.
—Aparta, Joe. Un hombre protege su sangre y su honor como oro en paño.
—Lo siento, no me dejas otra salida.
—¿Me estás apuntando a la cabeza, Joe? Veo que no has perdido  la costumbre de ir armado.
—Lo mismo digo
—No vas a disparar.
—En la cabeza no, en el hombro, un disparo limpio y se iría a pique tu próximo combate. Tú decides.
Vamos.
Deja el arma en el suelo.
Despacio.

Bien.

Dale una patada.
—De acuerdo, Joe.
—Los zapatos, sácate los zapatos.
—Y para qué mierdas quieres mis zapatos.
—Última oportunidad.
—Te estás poniendo muy nervioso, tío.
—Los pantalones.
—¿Qué? ¿Ahora te has metido a marica?
—Solo es una puta Cat, hay muchas, las calles están llenas de ellas.
—No como ésta, Joe.
—¿Y cómo crees que le va a sentar a la prensa y a toda América eso de que el campeón de los pesos pesados, su campeón, se tira a su vieja?
—Me importa una mierda América.
—Pero donde tenías la cabeza. Oh, no me lo digas, entre sus piernas hijo, entre sus piernas.
Los pantalones.
—Tiene el mejor polvo de toda New York, Joe. Me quiero morir, Joe.
—Luego, luego te me mueres, Cat. En esta vida hay tiempo para todo. Sientate en esa silla.
—No.
—Puedes tener a la mujer que se te antoje. Calquiera de esas que gritan como locas mientras te machacan a puros golpes en los combates y la sangre y el sudor saltan por los aires, hubieran sido capaces de encontrar vida en Marte con tal de amanecer contigo, pero tú te me vienes y te me encaprichas de la zorra de tu madre.
 —No voy a sentarme ahí. Pretendes jugarmela con el numerito de las esposas, Joe.
—Lo cierto es que me vienen de perlas esas esposas que se dejó aquella striper en el último cumpleños de ese mismo hombre del que ahora intento protegerte, tu padre.
En esta ciudad todo se sabe, Cat, y no te van a alcanzar las calles ni los aéreopuertos para huir. Si la matas Ramiro irá a por ti.
Lo siento.
Vamos.
No te me resistas.

Buen chico.
Ese es mi Cat.

Incesto hijo. Necesitas el consejo de dios. No hay nada que dios nonpueda resolver en este mundo, por difícil que sea. Iré a por el Padre Tejeira.

No tardaré.






























jueves, 2 de abril de 2015

TATUAJE.








Era una voz sencilla,
auténtica,
de esas que te tatúan
lunares invisibles
en el alma,
tanto que aún la siento
en las mañanas
en el desayuno,
entre el silbido
de la cafetera
y el bip de las tostadas....

viernes, 6 de marzo de 2015

DIOS EN TU CONTINENTE.

















Soy el portador del virus del amor,
estoy en tus manos.

Soy el huésped enfermo en cuarentena que pernocta en tus ojos salvajes.

La enfermedad revolotea en mi estómago
entre la quinta y cuarta vértebra.

Mi marcapasos de medio siglo se ha detenido,
mudo ante la llegada de tus pasos y de los míos hacia tus adentros.

Los engranajes de la maquinaria de mi estructura encajan,
giran de nuevo alrededor de ti
y moribundo
pido a los pies de tu cama voluntades,
musito oraciones y salmos.

Cabalgas libre,
vibras en los acordes de mi oscuridad y Dios habla por mi boca.

A través de mis manos en tu cintura
Dios detiene el mundo y revela
en un instante
el buen antídoto,
el santo y seña
para sobrevivir la noche
del parto de la vida en tu maduro continente.


jueves, 29 de enero de 2015

El poeta, el médico y la enfermera.








—¿Otra vez en urgencias?

—Usted sabe muy bien que yo estaría enfermo toda la vida solo por verla, emfermera.

—Aparte esa mano, fresco. Y déjeme trabajar.

 —¿Sabe dónde guardo mis mejores versos?

—Luego me lo cuenta, cuando acabe de tomarle la tensión.

—Por las noches pienso mucho en usted, vestida con su uniforme, con tu impecable recogido y con esos labios de pitimini.

—Tiene la tensión muy alta, en Jupiter. Ha vuelto a beber. ¿Y desde cuándo no duerme?

—No me interesa dormir, enfermera. Yo solo quiero escribir poemas y estar con usted.

—Lo que tiene una que aguantar.

—Besarla.

—¡Cristo del gran poder! La de boberías que dice la gente cuando está borracha.

—No estoy borracho. Podría llevarte muy lejos si me dejaras, enfermera. Y seríamos muy felices allá.

—Ay, por Dios bendito, ¿allà adónde? ¡Oh, se refiere al cielo! ¿Un cohete, un dirigible? ¿Y en qué medio de transporte me va a llevar?

—Le sorprendería la variedad de recursos de los que diapongo para llevar a cabo ese viaje. Soy poeta.

—Quieto Buz Light Year. Si sigue moviéndose de ese modo será imposible cogerle una vía.

—Y bailaríamos.

—¿Y qué, qué bailaríamos?

—Tango, boleros.

—Pues lo del tango hoy no va a poder ser porque no puede siquiera mantenerse en pie.

—Toda la noche, enfermera. Bailaríamos hasta caer rendidos en la cama.

—Pues maldita la gracia eso de la rendición. Lo cierto es que está usted como una regadera.

—¿Sabes enfermera?, el sábado pasado pille un virus por su culpa, mientras bebía whisky. Fumaba, bebía y le escribía poemas.

—¿Un virus?

—Sí. La fiebre del amor que le llaman:


Dame hielo, enfermera.
Hoy es Lunes
y tengo la fiebre del amor...

—Espera Loli, ¿puedes subirme esta muestra de sangre al laboratorio.

...Es Lunes de diario y la terrible cepa
corre como la pólvora por el vagón n°5 del metro
anunciando peligro
de contagio.

—¿Qué otra vez está aquí el poeta?

—Sí. Y cada vez que viene me monta estos numeritos. Gracias Loli.

Dame hielo, enfermera rebelde.

Dale hielo a este hombre 
que se muere
próximo a las fronteras de la noche.

Hielo,
para este corazón que se deshace
justo al borde de una copa de whisky de centeno
que no ofrece 
ni pizca de consuelo a su batalla.

Dame hielo, enfermera.

Prodiga tus bondades y servicios de gran "profesional
de la salud"
a este fogoso virus que me aqueja.

—¿Hielo? Un medicamento para poner a raya su tensión, eso es todo lo que puedo ofrecerle en este momento.

—Llueve enfermera.

—Pues la verdad es que sí. Es la única cosa coherente que ha dicho desde que llegó a urgencias. Llueve tanto que vamos a tener que salir del hospital en una canoa. ¡La que está callendo!

—Adoro la lluvia.

—Pues yo odio que llueva justo antes de acabar el turno. Me molesta muchísimo llegar a casa con los dedos de los pies arrugados.

—¿Me deja que le resite uno de los poemas que escribí para usted el Sábado?

—Con tal que no se mueva de la cama. Usted mismo.

—Le va a encantar:

Haré que en tu gobierno lluevan mil soles nuevos,
que largas primaveras imperen en tu risa.

Que me ames  plenamente en tu desorden
en loco batallar, sin raciocinios
deshecha en tus temblores y en tus miedos
mientras caen
los muros y cerrojos de tu templo
y abro a mi oscuridad
el farolito tímido 
que manda en el emporio de  tu cuerpo,

desvirgada de paz al conocerte 
toda hecha 
de mieles y de ríos
alfaguara de pálpito frenético 
líquido y transparente entre mis dedos.

No tendrás paz más que desnuda en  mi horizonte.

En mí.
Fraguada en mi palabra.

—¡Qué belleza! Si no bebiera tanto.

—Qué ¿otra vez el poeta?

—Sí, doctor. Y hoy está de un romántico de aupa. Todo versos el hombre. Le juro que si no fuera por ese delírium trémens.

—¡Isabel!

—Lo achuchaba, doctor, lo achuchaba.

—¡Isabel Bermudez!

—Si es que es inofensivo, un oso de peluche, vamos. Qué lástima de hombre, doctor.

— Sedante en vena y a dormir, Isabel. Que muerto el perro, se le acaba el verso.














viernes, 23 de enero de 2015

La mujer bumerang (Dios Bendiga a Rocky Marciano).







—La señora Belmonte le espera en su suite.

Eso me dijo el recepcionista en cuanto me vió llegar al hotel. ¿Sra Belmonte? Pero que clase de tomadura de pelo era esa. Sí. Soy consciente que a un hombre que acababa de ganar cien millones de dollares, un tipo con un pasado turbio, pueden surgirle candidatas al apellido Belmonte como víboras a un marabusal. Así que subí de prisa a la suite ansioso por saber quién era mi supuesta madame.

Las luces apagadas y el silencio poco revelaban sobre su identidad, sí el perfume escandaloso que me salio al paso
Una fragancia sublime que me remontaba a mis dieciocho. Y solo podía existir en el mundo, en mi vida y en mi cuarto una mujer con ese perfume, la marca registrada de la mujer bumerang, Mae Kingston. La dueña y señora de los aromas de Chanel, y la madame en cuestión tenía la disciplinada costumbre de desaparecer repentinamente sin dar fe de su paradero. Así fue desde la noche en que la viera por primera vez con ojos de hombre en aquel callejón de Harlem.

Tras la pelea nos fuimos a celebrarlo al Red Lion a puerta cerrada. Y quién necesitaba público con aquella panda de hembras despampanantes pendientes del campeón, de mí, y de toda la camarilla de púgiles consagrados que me acompañaba. Se estaba de maravilla con aquellas hembras perfumaditas de melenas salvajes, piernas al aire y escotes capaces de provocar infartos. Y pude pasarlo realmente en grande durante toda la noche, pero ninguna de esas bellezas despertó en mí el más mínimo interés.

La hembra que mí me interesaba, la mujer bumerang, se encontraba bien lejos, ajena por completo a la celebración, por lo que no pensé más que en largarme a la playa a emborracharme, solo. Y mientras bebía a morros me preguntaba en que cama o trapicheos podría andar a esas horas, y aunque Mae Kinstong no hubiera sido capaz de aguantar en primera fila esos 15 rounds, ver como me machacaban a golpes siempre la ponía enferma, estaba seguro que sabía que el cinturón de campeón ya me pertenecía y que eso acabaría trayéndome de vuelta sus bonitos ojos de estrella y sus labios herencia de una abuela negra en la trastienda hechos a camelarse a un tipo en la primera cita.
Mae Kinstong podría despalillar a un hombre en una noche arrancándole de a poco, a dentelladas limpias, no solo las vestiduras de Romeo de turno, sino, todas sus posesiones y hasta la hombría, y luego largarse sin mirar atrás valiéndose de una labia calculada con probada efectividad, más propia de un corredor de bolsa que de una mujer, y un cuerpo muy legal equilibrado sobre unas piernas como mandadas a hacer en exclusiva complementando el ranking de haber sobrevivido sola en la calles desde los catorce.

Si hay algo de lo que Mae entiende en esta vida, es de los asuntos de cama.

Me adentré en la suite sin hacer ruido descubriéndola en la cama desnuda, una ofrenda sagrada.

Permanecí de pie junto a la cama viéndola en posicion fetal, una pose nada sexi, diríase infantil. No me atrevería a jurar sobre la biblia que aquella mujer era una santa sino un animal nocturno que había descifrado el código secreto de los engranajes de la noche.

La mujer suspendida en un sueño profundo e imperturbable, como una etérea y confiada trapecista cuya vida pende solo de la suerte de sus cuerdas y sus buenas artes aerodinámicas era mi posesión, de eso estaba seguro, ella siempre volvía, siempre sabía donde encontrarme y cómo vestirme adecuadamente con el consuelo del sexo experimentado a quema ropa.

Acuclillado recorrí los caminos de su espalda y el trayecto, limpio y sereno como el sedimento de un río antiguo, trajo a mí una ráfaga del futuro, de esas que tienen los buenos videntes. Mae no había vuelto a mí como otras veces, esta sería la última vez que mis manos harían el trabajo de explorador mal retribuido. Entonces despertó. Se estiró boca abajo y ladeó la cabeza hacia mí mientras yo me desnudaba.

La monté llorando.

Lo nuestro es un amor maldito. Llorar en la penumbra ayudaba a guardar la hombría, a ella le van los duros, los canallas, y yo solo soy duro para aguantar en pie quince rounds. La estrategia de aguantar reveses sin caer no me funciona con ella. Terminé pronto y me tendí a fumar a su lado.

—¿Estás loco? Sugar Ray es de los pesos pesados.

Eso dijo, aunque conoce bien  las reglas y sabe que un púgil solo puede enfrentar a un peso pesado si da el perfil en la ceremonia de tallaje. El comentario solo se refería a la pegada de Ray, la de un quebranta huesos amurallado con la piel de una pantera negra. El tiempo quemado desde nuestro último encuentro había sido demasiado largo y eso le impedía verme más que como el niño al que había instruido en el sexo para su propio beneficio. Un cabrón amigable a quien confiarle el embrujo de su corazón de piedra, aunque mi corpulencia ya indicara la entrada en los pesos pesados.

—Estaba seguro de mi aguante. Lo aprendí del mejor, Rocky Marciano.









—¡Oh señor! Bendice el alma de Rocky Marciano.

Por fortuna, Marciano había muerto en el '69, mucho antes de que los dos espabilaramos en el mundo y un muerto no puede hacer sombra a un vivo enfrentando el fuego a dos bandas de un trofeo como Mae, en sus espectaculares 34. Una mujer que sabe como poner de rodillas a un hombre incándose primero ella frente a su hombría, no sin antes  bambolearse por el cuarto tal y como dios la trajo al mundo para mostrarle el paraíso que podría ganar sin haber apostado en su miserable o acomodada vida por la doctrina de algún dios.

Hubiera entregado la gloria de mi carrera, incluso el cinturón de campeón, con tal que mi nombre en su boca de diva,  Black Cat, obrara el milagro de santificarla. Cuando Mae Kingston hablaba de Rocky Marciano lo hacía con tal veneración que le bailaban los ojos de privilegiada dicha como si fuera María Magdalena contemplando la resurrección de Cristo.

—Pues tal vez tengas razón y Marciano estaba conmigo. Victoria por K.O.

—Sí, pero ese Ray te ha destrozado la cara.

Me terminé el pitillo sin darle mucha importancia a ese detalle. Las magulladuras terminarían por ser borrones que traerían historias pasadas a los jóvenes curiosos del barrio sobre la gloria del boxeo. Y esa gloria mereció la pena, el cinturón de campeón y 100 millónes de dolares. Un pasaporte que cumpliría mi sueño, robarla.
Necesitaba ser ese ladrón y ella a alguien que la salvara.

—Voy a dejarlo, —anuncié.

—Eres joven para hablar de retiro.

—Tenglo planes para los dos. ¿Qué me dices?

Tal y como esperaba no me dedicó más que una mirada piadosa y sus dedos generosos recorriendo los puntos de sutura sobre mi ceja izquierda, los pómulos, los labios. Aquella piedad no iba a entregarme en bandeja a la Belmonte que necesitaba sino a la profesional del sexo que me ataba   de las muñecas al cabecero de la cama con el mismo cordón con el que se sujetaba el pelo.

Siempre supe que no se largaría conmigo ni aunque mi joven trasero ocupara el trono en la Casa Blanca y que buscar a dios no era el amparo, solo su cintura y permitirle amarme en libertad.  Un par de buenas bofetadas, que poco daño podían causar sobre el rostro de un peso pesado con 25 combates disputados, 24 ganados, 20 de ellos por KO. 1 nulo, más que los picos de la libído ascendiendo vertiginosamente como un globo de helio. Supliqué, como parte de nuestra divina comedia, algo más efectivo.
Erguida sobre mí descargó un tremendo uppercout  de izquierda sobre mis labios.

El sello de nuestro amor enfermo, el anillo de diamante,  rasgo la carne. La sangre brotó deslizándose hasta el mentón y con ella las fatigas del amor, dejé que la muerte nos arrastrara hasta morirnos juntos, hasta que nuestros estertores eléctricos se consumieron en la suite como el hielo en un buen trago. La contemplé aún a horcajadas sobre mí.
Con la misma inocencia infantil que la conocí reviví nuestro primer encuentro en Harlem. Amor a primera vista.
Supongo que así debió ser para los ojos del niño que fuí.

Aquella adolescente de cabellos revueltos que resollaba y maldecía contra mí en la sala de partos jamás me querría como la madre abnegada y hogareña que siempre necesité, sino con las ansias incontrolables con las que se desea a un hombre al que se le conoce en un bar cualquiera con el suficiente garbo y atractivo como para hechar por unas horas el cierre al negocio más antiguo del mundo.






n. del a:
Rocky Marciano, (1923- 1969). Campeon de los pesos pesados del 52 al 59.
Combates disputados 49.
Ganados 49.
Por KO, 43.
La pegada mas contundente de la historia del boxeo americano.






lunes, 19 de enero de 2015

Hielo.











Dame hielo, enfermera.
Hoy es Lunes
y tengo la fiebre del amor.

Es Lunes de diario y la terrible cepa
corre como la pólvora por el vagón n°5 del metro
anunciando peligro
de contagio.

Dame hielo, enfermera rebelde.

Dale hielo a este hombre 
que se muere
próximo a las fronteras de la noche.

Hielo,
para este corazón que se deshace
justo al borde de una copa de whisky de centeno
que no ofrece 
ni pizca de consuelo a su batalla.

Dame hielo, enfermera.

Prodiga tus bondades y servicios de gran "profesional
de la salud"
a este fogoso virus que me aqueja. 






viernes, 16 de enero de 2015

CUERVO NEGRO.


—Lo entiendo,  créame, pero este empleo apenas me deja tiempo libre. Dentro del mundo del espectáculo, a un publicista es lo que le toca, pringar con el trabajo sucio. Y esa es la única razón por la que no he escrito una palabra en las últimas dos semanas. Lo siento, pero no creo que llegue a tiempo para entregar mi artículo.

El tipo estaba ahí delante de mí mientras hablábamos, doc. Era un hombre extraño con un rollito extraño que te cagas, alto, bien parecido, con el cabello como el pelaje de un pura sangre, negro, y largo atados con una lazito de esos de terciopelo negro. Y lo más raro: llevaba botas de montar.

—Pues si no tiene tiempo, búsquelo, cómprelo, o róbelo si es necesario, pero entregue ese artículo Mr. Madison. 

Eso me dijo, Doc, pero en un tono muy respetuoso.

Este empleo es  mi única fuente de ingresos, —eso le dije, —vivo bien, gracias a ese sueldo pago cómodamente la carrera de mi hijo Rob en la Pompeu Fabra.

Tiene madera de ilustrador, su Rob.

¿Usted conoce a mi hijo?

Sabes que siempre tengo compañía en el patio  cuando salgo a fumar, doc, pero ayer estaba solo.¿Conoces a Lucky, el tío aquel que le tocó dos veces seguidas el cupón de la ONCE?

―Ah sí, Lucky, ¿el rubito, el pirado informático?

—Sí, el mismo. Resulta que él fuma mi misma marca de cigarrillos, CAMEL, pero le cuesta rascarse el bolsillo y siempre me gorronea. Pues Lucky no fue ayer a trabajar por que la gripe lo tiene cautivo en la cama, de modo que mi compañero en el patio resultó ser aquel hombre. Yo estaba allí, donde los rosales cuando él apareció  por sorpresa  y parecía conocer a Rob. Qué extraño, por que conozco a todos los colegas de mi hijo. 

—Se trata de su hijo, —quiso saber.

—Sí. Vive solo conmigo.

—He visto trabajos de su hijo en la red. Es muy bueno, un ilustrador muy talentoso. 

Eso dijo, doc.

Lo es, —apostillé, —pero  no quiero que sea ilustrador. Rob es un cerebrito, sería una pena tirar por la borda toda esa inteligencia. Y además para qué, ya nadie apuesta por los artistas. Prefiero que sea científico.

Mr. Madison. 

—Sí. Aún no me ha dicho su nombre.

Y no me lo dijo, doc, elbtipo siguió hablando y hablando como un papagayo

—Usted me necesita. Yo podría ser su mentor por que fui editor en el pasado. Usted nació escritor, pero le falta rodaje.

  Y entonces volvió a dedicarme esa mirada, tan oscura como sus lustrosas botas de montar, esa extraña mirada que se me antojaba un par de manos urgando en mí con el objeto de encontrar mis secretos  más ocultos. El tipo de secretos que uno siempre quiere  esconder de la gente.
Finalmente se presentó como un intermediario de la revista "Jazzman", ya sabes, doc, esa revista con la que suelo colaborar, sí, es buena. Y de pronto se irguió y desplegó sus enormes alas negras, como las de un  cuervo.
―¿Un cuervo, Madison?
Sí, doc, un cuervo negro que revoloteó en derredor mío. Oh mierda doc, esto no te lo vas a creer.
—Dispara.
—Se me metió dentro.
—¿Dentro? ¿Qué quieres decir con eso de dentro?
—En el pecho.




Y dolió mucho, porque se trata de un tipo alto, me saca un par de cabezas. Me recosté a la pared. Su inquietud por entre las costillas me oprimía la columna, los pulmones. Luego le oí gritar desde lo profundo de mí:

— Muévase.

Y yo pasé del dolor. Sí, doc. Mi jefe me había dejado un aviso para que subiera a su despacho, urgente. Subí pitando a su oficina.

—¿Quería verme jefe?

Me quedé paralizado delante de su escritorio tan erguido como una farola. El jefe no tenía buena cara, quizás Lucky le había dejado su gripe como regalo.

—Sí, Madison, recoge tus trastos y largate.
—Oh mierda doc, sonó como lo de ese concurso televisivo, el de los chef.
—Recoge tus cuchillos y vete, John. Es lo que le dicen a esos chicos en el reality culinario, Top chef.
—Jefe, —le dije, —mira doc que tuviera un cuervo, o el espíritu de un cuervo, o lo que sea que fuera removiendome mis entrañas era lo de menos, eso dejó de preocuparme. Un hombre sin empleo se convierte en un marginado, un invisible para la sociedad.
—Lo de fumar en el baño de señoras no estuvo bien jefe, —me excusé, —pero hacía mucho frío para salir a fumar fuera y llovía. Tampoco lo de tirarme a su secretaria sobre la fotocopiadora, usted no lo entiende. Soy un adicto, al sexo no, al Camel. ¿Sabe que el tabaco tiene el mismo compuesto químico que la heroína? Y me va a perdonar por lo de su secretaria. Estoy tan en el vicio jefe, quiero dejarlo, por las noches veo camellitos danzando en sueños y no me refiero a  los camellos que traen y llevan el polen del viento del que hablan los Violadores del verso.
—¿Violadores del verso?
—Un grupo de rap. No hablo de camellos marroquíes que transportan lo que se conoce en la calle como chocolate, sino del camello del eslogan publicitario de CAMEL.
—Cállate, Madison. Estás como una cabra. Oye, bajate de esa nube y vuelve aquí a la realidad, y tú ya sabes bien como sigue la letra de ese bolero por que tu señora madre es cubana. Nunca serás escritor.
—Cierre el pico jefe, con esa canción no lleva buen camino.

Y aquello lo dije por el cuervo, comenzaba a enfadarse, a revolverse. Temí por mi jefe. Y por mi camisa de Armani nueva de 200 €, y por mi pecho y por el bonito, antiguo y carísimo escritorio de caoba comprado en última subasta de mi jefe.
Imaginate  doc. 
Qué tal si el cuervo pedía guerra y el pecho se me  reventaba en pedazos. Iba a quedar todo hecho un asco. Coño, que pena de alfombra persa.

Nunca serás escritor, Madison, —me dijo.
Por qué lo dice —le dije.
No tienes carrera ni huevos. Eres un mierdas.

Entonces fue cuando lo ví todo negro y el cuervo se sacudió en mi fondo, se retorció como un tornado en mi  pecho de tipo duro herido.

Cállese ya, jefe, —sugerí—.  Pídame perdón o lo lamentará.
—Y por qué habría de hacerlo, so memo.
—Por que es peligroso, llevo a un cuervo alojado en mi interior. 

Ya, doc, él no iba a creerme, ni puto caso, pero igual se lo manifesté.

Me ha poseído hace un rato, cuando salí a fumar al patio. Haga lo que le digo y no siga insultándome, tocándome las pelotas de ese modo, cabreandome de ese modo. Matándome ...
—¿Despidíendote de este modo? Largo de mi oficina.

Y se montó la gorda doc. El cuervo se abrió paso en mi pecho, graznando como un loco y batiendo alas. Se abalanzó sobre mi jefe que estaba sentado en su sillón de cuero con los ojos como los de un sijú platanero y la boca redonda, muy redonda, doc,  como si intentara decir la "o" pero sin  sonido. Le seccionó la yugular a picotazos y no pude hacer nada.
Ni siquiera por mí, por que doc, antes de que huyera del despacho, joder, había sangre por todas partes, oh mierda doc,  ese engendro asesino volvió a tomarme.
—Madison. Estás tomando la medicación, ¿verdad?
No son alucinaciones, doc.
—Pues, yo creo que sí John Williams Madison.
—Lo juro por Rob. 
Oye,  loco, no jures por el bueno de tu Rob, eh, Madi, que me asustas.
Pues lo juro.
Dios santo. Si me hubieras venido con la chorrada de que te trajera la santa biblia para jurarmelo como lo del mes pasado, me entraron ganas de darte de bofetadas cuando empezaste con lo de que Jesús te habló.
—Es cierto. Aquella tarde Jesús me habló y mientras lo hacía corría una ventolera terrible por el cuarto. Me preguntó si verdaderamente creía en él y yo dije: sí.

Cállate John, te juro que aquella vez te habría echado de la consulta a patadas, si no fuera por que estabas calléndote de la borrachera, santo dios John, lo has jurado por Rob. 
―Nos conocemos desde hace veinte años.
—Sí, desde que  Rob nació.
―No juraría por él en vano.
Claro. Oye, tómate un trago conmigo y tranquilizate.
—Sabes que no puede ser, eres mi psiquiatra. El Transilium no caza con el whisky. Hoy no me apetece beber. Estoy acojonado.
 Oye doc, no digas más. Hoy desperté con un hambre terrible, lo extraño es que solo tenía ganas de hincarle el diente a un filete crudo de ternera, mi madre lo tenía guardado en la nevera desde hacía un par de días, pero pasé de esa asquerosidad y me fui al baño. He cubierto los espejos con sábanas, iba a lavarme los dientes y al mirarme en el espejo vi enrededados  en mis pupilas los ojos del cuervo sonriendome de un modo perverso desde el otro lado de mi mismo. Eres mi mejor amigo.
No quiero que te pase nada doctor. Así que, cremallera.
Ya, porque entre otras cosas Madison, soy el único psiquiatra en España que es capaz de aguantar toda esa  metralla tuya, artillería pesada John, sin perder la cordura. Mira, vamos a tomarnos las cosas con calma, terapia compartida, tú y ese cuervo.
Si va a vivir contigo habrá que meterlo en cintura.
—Será un reto difícil Doctor Méndez.
—Me encantan las emociones fuertes Madison.






J. Madison.






lunes, 12 de enero de 2015

PARIDAS EN LA NOCHE. ( Cuentos y relatos).







Siempre que escribo alguna de mis paridas a quien primero se la  la doy a leer es a mi madre. Los colegas siempre mienten cuando  les pido su valoración. Gladys no tiene pelos en la lengua, suelta lo que se le cruza por la cabeza sin remilgos.

Lo de Gladys Sánchez se llama al duro y sin guantes. Mi madre representaría de escándalo a Podemos. Pondría a caldo a todos esos  mamarrachos de tres al cuarto que ponen a caldo a Pablo Iglesias. Si tuviera un escaño en el parlamento, claro, porque como diplomática sería un auténtico desastre, para eso no sirve.

Mi pastelito, un cuento sobre una enfermera de ojos verdes preciosa, me quemaba en las manos. Salí del despacho y bajé al cuarto de la plancha a buscarla.

—Si quieres planchas tú esta montaña de camisas,  son tuyas y de Rob, mientras yo leo esa mierda.
Trae.

Gladys me arrebato el cuento. Es una impresentable, así de claro, en cuanto me vio desfilar por el cuarto folios me lanzo el primer rapapolvo, pero ya estoy hecho a que me trate con la punta del tacón. Soy hijo único. Desde que murió papá Gladys no tiene hacía quien dirigir su foco de atención, su tremenda mala leche.

—No —le rebato, son cuentos cortos. Voy planchando mientras lo miras.

Le sugiero y agarro la plancha. Como imaginaba, el cuento no le gusta un pelo, porque enseguida noto como su rostro convulsiona mientras lee.

—John, hijo, cuándo vas a escribir algo decente. Esto es una cochinada.

—No señora, no lo es.

—Tú no estarás pensando en publicar todas esas barbaridades.

—Pues sí.

—Ahí dices un montón de tacos. —Bukowski también metía tacos en sus textos, decía lo que le salía de las pelotas y nadie se ha quejado nunca.
Sigue siendo el amo.

—Ya, pero a ese lo conoce toda la humanidad, John, a tí no te conocen ni los perros.

 Como escritor, se refiere, en otros terrenos me conoce mucha peña. En el musical, me refiero. Soy manager, me conoce una cantidad asquerosa de músicos. Y toda la jodida peña femenina que sigue a los músicos.
Y todos los camareros, barmans, porteros, seguratas, gogos y frikis  que vanaglorean,  rodean y hacen la pelota a los músicos.
 De modo que le salgo al paso.

—Mentira, el chucho del vecino me conoce, menea el rabo en cuanto me ve, y da saltitos, le gusto, una barbaridad. Ese chucho sabe oler a buen tipo a kilómetros.

—Si, claro. Solo porque le das salchichas cuando entra  por accidente en casa. Cuando llegas pasadito de tragos  los sábados. El sabado pasado te dejaste la puerta abierta.

—Gladys, hazme un favor, no opines, tú solo lee, no entiendes de literatura. Son buenísimos. Realistas, superrealistas y cañeros.
De la vida misma.
Joder. Bukowski me invitaría a unas birras si los leyera. Si pudiera regresar de entre los muertos, claro.

—Puede, pero estarían mucho mejor si fueran de amor.

—Mamá, el amor es un asco. Lo mío es otra clase de paridas.