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martes, 20 de diciembre de 2016

Forajida.



Llueve con timidez sobre este Martes en el que tu recuerdo se desdobla en una sombra que acompaña mis pasos. El pueblo ha amanecido colmado de carteles exhibiendo tu rostro. Los poetas del Mester han puesto precio a tu cabeza.

Los caza recompensas del verso y la metáfora desmantelan los bares y vuelven los caminos del revés buscando pistas, indicios que los lleven hacia tu guarida.

Es media tarde y los caza recompenzas han irrumpido en casa con la intención de interrogarme. Ellos conocen que hace solo unos meses yo era capaz de levantar ciudades para ti con el hacer prolífico de un arquitecto bueno, cartografiar océanos, hablar con las estrellas y convocar regatas, inventar un edén para pasear desnudos, más provechoso aún que el de la biblia, en plena madrugada, y plantarlo en tu puerta antes de que la noche acabara venciéndote con su poción de sueño.

Los hombres del Mester de Juglaría saben que fui tuyo, yo, que nunca fui de nadie. Ellos saben que te llevo orgulloso tatuada en las espaldas. Pero por más mamporros que me dieron, guardé todas las claves de tu signo por respeto a tu deseo de permanecer oculta. No les hablé de tu casa junto al río ni de tus dotes de buena cocinera; ni de tu pan de leche o de tu vino. No les hablé de los tres pájaros verdes que acompañan el paso de tus días; ni dije conocer adonde te habías marchado, ni que te fuiste sin despedirte apenas. No dije que en la huida tú te habías llevado los planos de mis mundos de agua y de papel dejándome sumido en el silencio literario de la nada. No dije con que fuerza entró tu voz en mí, ni confesé que eres, y serás, lo más bonito que he tenido a día de hoy.

Vive tu paz de forajida. No reveló mi boca, amor, de ti ni una palabra.


Inexplicablemente, hoy he vuelto a esos días en los que yo te amaba como un loco que sabe que jamás será correspondido. He vuelto a aquellos tiempos en los que mi palabra, (tuya y mil veces tuya para siempre) se desnudaba y acomodaba en los espacios oscuros de mi cuarto, como una aparición blanca y resolutiva en su pureza, convocándome a consumar contigo el noble acto de la arquitectura.





viernes, 16 de diciembre de 2016

Iguana-man.





Hace poco un amigo me dijo que los escritores autodidactas solían tener durante el período de aprendizaje épocas de sequía, y no me refiero a esa sequía maldita a la que los escritores llaman bloqueo, en realidad hablo de un receso importante en la producción, el mismo que yo vengo sufriendo desde hace un par de meses; una negación extraña, diríase aversión, a todo lo relacionado con la escritura. Vamos, que veo una letra y ya mismito me amarro a dar gritos (valga la rima) de terror, como la actriz de psicosis en la ducha.

Posiblemente no sea ni seré nunca un escritor auténtico. Pese a que muchos poetas con oficio me han dicho ya, por activa y por pasiva, que tengo madera para eso de los versos, yo sigo empeñado en que no lo soy, la prueba está en que no siento pena alguna por mi prolongado desgano creativo; ni frío ni calor, la verdad sea dicha.

No sé de qué le sirve a otros poetas el arte de versar, a mí desde luego me ha consolado mucho en los momentos duros, y hasta me ha valido para escurrir el bulto en esas ocasiones en las que el amor de mi vida reclama toda mi atención en situaciones en las que el horno no estaba para galleticas ni yo, sinceramente, para hacerme el amante atento:

—Madison, me han pedido una foto de alta resolución para una revista de jazz ¿te encargas tú de enviarla? —me propone  ella.

—Ay mi amor, ahora no puede ser, estoy escribiendo.

Y, ¡zas!... portazo que te crió y taconeo en versión huida corredor a traves, porque cuando un tipo está pariendo un poema hay que dejarlo hacer no vaya a ser que el vástago salga torcido.

Sí. Mi pareja tiene la enferma costumbre de usarme como contenedor. Siempre vacía en mí todas sus movidas y frustraciones profesionales, y no le basta con desahogarse sino que, además, pretende que yo le solucione su papeleta.

—Cariño, dile a tu mánager que te lo solucione. Es su trabajo y por eso se lleva el 16%. —le sugerí.

—Pues podrías arreglarlo tú, coño, que también eres mánager. —sugirió ella.

—Pero si no perteneces a nuestra oficina, amor (gracias a dios), me estás rayando con tanta queja, para ya, por la gloria de mi padre, que yo también tengo mis propios asuntos chungos y no te los cuento. —eso le dije.

—Déjame hablar, Madison, que nunca me dejas hablar. —eso dijo, como si yo la hubiera amordazado, y continuó largando.

 Logicamente, a esas alturas de su desahogo yo ya no estaba por la labor de llevarle la contraria, tranquilizarla, lavarle el cerebro... Haciendo honor a la sinceridad, ese preciso día yo no estaba por la labor de nada. Si ella, o algún otro miembro de mi clan, me hubiera comunicado que en ese instante estaba en posesión de una mochila bomba y que se disponía a volar el piso, yo no habría hecho absolutamente nada.

Sí. Parece ser que mi desidia no es solo literaria. O quizás mi desidia personal, con su potentísimo poder a lo gas mostaza, acabó por infestar a mis musas y a mis ganas.

Lo cierto es que luego de tanto tiempo sin escribir ni una miserable, puta palabra, para no perder la costumbre de inventar o quizás porque, caray, la capacidad de crear imágenes es el único punto de encuentro entre el oficio y yo, mientras la arenga de ella transcurría en diferido, me dio por imaginar que yo era una iguana.

Sí, una iguana que vivía sola en su terrario. Una iguana muy orgullosa de su cresta, arrebatada, loca perdida con su arenita y con sus piedras, con su ración diaria gratis de fruta y de verdura de buena calidad; col rizada, champiñones, hojas de mostaza, hojas de diente de león... y lo mejor de todo el invento: una iguana soltera y sin compromiso; una iguana sin perrito ni gatico (como dicen en mi tierra), un bicharraco verde y feliz de no tener una esposa verde chillón, de ojos saltones, con una cresta a juego con la suya empeñada en hacerle la putada con todo ese asuntico de la crisis y de la cultura en España (pura mierda), y todo ese avasallamiento que todo artista español que pretenda mantener a su prole (aunque eso ya lo hago yo, reina mora) sufre a día de hoy en sus carnes.

Si para algo sirve la poética es, por supuesto, como válvula de escape. Mientras la bella largaba por esa boquita de pitiminí, yo (Juanito la iguana)  abrí mentalmente y a todo dar el grifo de los versos.


******

"Iguana-man".


Claro que sí, mi vida, yo también
tengo la vida, amor, hecha un desastre.

Estoy lo que se dice muy hecho polvo.

Soy una iguana enorme 
a la que le da igual ver la vida pasar 
a través del cristal de su terrario.

Ya sé: me necesitas.

Necesitas un héroe al que comerle
cada día la oreja con tus penas,
pero el héroe que buscas, el de antes, 
gasta ya muchas canas.
Al Superman de hoy 
le importan un pimiento el mundo, el universo 
y todas sus milongas,
los llamados terrestres
y las crisis.

Si no te importa, cielo, papi se desconecta. 

Se está de puta madre en el terrario. Corto y cambio.

******

Y ahí quedó la cosa, en un poema. Aunque ni puta idea de cuando vendrá el próximo. Tampoco es que me esfuerce mucho, porque como ya les he dicho:

¡Se está de puta madre en el terrario!








jueves, 24 de noviembre de 2016

Veinte coplas de amor para Penélope.




Allí donde mi médico perjura
no cabe la emoción, solo el bramido
en ardua rebelión de mi latido,
allí donde mi vida se aventura
en acto de servicio a la bravura,
le levanté a mi musa sus cuarteles.
Y entre finos bolillos y caireles,
cual Penélope teje su locura.

Mantillas de algodón de un blanco nube
recrea desde el alba hasta la noche
para esconder en ellas el derroche
de versos con que un día la retuve
en la jungla virtual por la que anduve.
Penélope no sabe que los vientos
del olvido le temen a mis tientos,
y en domar su arrebato me entretuve.


*****


Cántame desde el alma, mi guajira
o tráeme la pastilla del infarto
que mi norte sin ti es un tira- tira.
De añorarte, te juro que estoy harto.

Cántame como antaño en lunas frías
cantaban boleristas habaneros
a las mulatas suaves letanías
que mataban de envidia a los luceros.

Que este negro se muere, curandera, 
como diría Carilda, de desorden
cuando no oye sonar tu balacera
llamando a mi cordura a tomar orden.


******


Aquí traigo, tecnócratas del verso,
el corazón metrado en mil sonidos,
el hígado, un pulmón y mis riñones
abiertos en canal y macerados
con el jugo canalla de mis rimas.

Pasen señores, pasen.
La mesa está servida, catedráticos.

Paladeen y juzguen, 
qué sobra, qué le falta 
a este ejemplar trinchado en la bandeja
para ser licenciado en poesía.

Y no tengan piedad, señores del jurado,
al emitir su veredicto.

Pero deben saber, hombres de verso en pecho 
hoy, que me examinan concienzudamente,
que nada en este mundo contendrá
mi torrente novicio vanguardista.



******


Yo podría escribir sobre la lluvia,
las flores y los árboles.
Yo podría crear mil primaveras.

Desgranar flamboyanes, gorriones y paraguas.
Divagar sobre ciénagas.
Yo podría escribir sobre camelias,
yo podría versarle a las iguanas.
Matar de amor, en verso, a una mozuela,
transmutarla en horrible zarigüeya.
Porque un día cualquiera,
un Dios tal vez, me dijo:
Álzate en la palabra. Ponle velas,
hazla dueña de tu cartografía.
Navégala con arte.
Amárrala a tu estómago,
a tus dientes.
Guardala entre tus piernas.
Sé bien macho, y cócela
a tu lengua.
Sé un buen tipo y manténla,
deja que se acomode,
allá, sobre tu médula,
hasta que llegue el día
en que te sangren los vocablos.

Arréglate con ella,
que ya he cumplido el trato.
Lo que tú y ella hagan es un asunto vuestro.

Su suerte ya está echada, señor Madison.





viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen en tránsito hacia la noche, mientras yo viajo en la noche a la deriva.


Era mi deseo que estos poemas pensados para formar parte de la colección "Tauromaquia"
continuaran manteniendo su condición de inéditos. Verán, yo ya le he entregado a la red (en tiempo récord) tantos trozos de mí a través de mis versos que no estoy ultimamente por la labor de compartirme. Y es por eso que hoy digo:

*Maldito guionista.

Ya no deseo ser este poeta.

No le encuentro la gracia a quedarme en calzones,
con el alma en las manos
bajo el cañón de luces y en platea,
mientras todos me aplauden divertidos.

Siempre pienso en dejarlo
y cada noche
regreso al carnaval y al maquillaje.

Regreso a decidir
qué color es mejor para versar
y qué camisa,
me viene bien para llorar con arte.

Guionista:
Consígame una vida de poeta feliz
donde por una vez no me atropellen
los poemas fatales,
y olvídese,
de una maldita vez del puto Karma.

Sí. Hace ya tiempo que me pregunto de qué sirve toda esta fantochada de echar a navegar en el océano de la blogosfera lo más roto, lo más vulnerable de mí. Creo que fue esa pregunta la que trajo poemas como éste:


*Todas esas cosas tan hermosas que un día fuimos.




Quién sabrá
cuando muera de fiebre, de vértigo, de hastío,
de un ataque de asma o deambulando
por el limbo otoñal de un buen poema,
quién sabrá que fue tuyo este Don nadie
con ojos de misterio.

Quién sabrá, poesía,
que fue mía en las noches tu voluntad de hembra,

tu pulsación de gata incapturable.

*******

Pero al ser partícipe de la noticia de la muerte del poeta y cantautor Leonard Cohen, pensé en que no había una manera más digna de despedirlo que regalarle a su alma, ahora en tránsito, estos sonetos.

Lo maravilloso de la literatura es que yo siempre podré encontrarlo entre sus versos, como si Cohen no se hubiera marchado nunca hacia otras misteriosas fronteras. Es curioso que ésta adaptación del tema "The gipsy's wife" de la autoría del propio Leonard Cohen, interpretado por el cataor flamenco "Duquende", me haya acompañado en este último mes no sólo en la edición de este tríptico de sonetos, sino también durante mi última entrada, "El Tatuaje de Sally Persson" (Ejercicios de estilo, toma 1), casi como un anuncio, una señal luminosa de los últimos coletazos de su existencia.

Va por ti, Cohen, por todas esas noches en las que tus versos me han acompañado, por todos esos amigos poetas a los que les he presentado tus poemarios y han quedado, tremendamente, satisfechos y enamorados para siempre de tus maneras poéticas tan obedientes a tu estilo, y por que los buenos poetas, siempre permanecen:


Deriva en "Do mayor".

Perdido sin el "do" de su no-verbo,
desamparado y roto en su vertiente.
Resquebrajado el casco de mis versos,
a la deriva voy, contramaestre.

A la deriva marcho en mi proeza,
a vela y sin motor, a viento limpio.
El arpón a la caza de poemas
que alimenten mis rutas de escapismo.

A la deriva mi cantar sin brújula.
Puertos de abecedarios se dibujan
como espejismos sobre el horizonte,

que me ocultan las fases de sus lunas.
A la deriva viaja entre las brumas
mi sueño de poeta cada noche.



Pasión en "Do mayor".


Me muero por rasgar, Habana vieja,
lo mestizo y vetusto de tu traje.
Gozarte hasta que el sol, con su metraje,
corrompa nuestro idilio en son de queja.

Despertar refugiado en tu cintura
de huracanados ritmos antillanos,
retener tu pasión entre mis manos
vacías de no andar tu piel madura.

Y vivo cada noche, Habana mía,
el sueño de apagar en tu abadía
esta sed sin remedio de conguero.

Nunca se fue de mí, mulata hermosa,
el colonial perfume de tu rosa,
ni el lloroso romper de tu aguacero.


"Océano, viento y tierra en Do mayor".

Sonetear le va estrecho a mi figura,
a mi garganta de canela en rama,
pero tu boca de oro  me reclama
un soneto con alas de premura.

Tu boca de oro desde la bahía
convocándome al juego de la doma,
tu voz donde el Atlántico se asoma
se merece un cantar sin cobardía.

Un gallardo cantar sobre mi noche
en tierras de sardanas donde el broche
lo ponen siempre el mar y un sol pausado.

No albergo queja alguna, el gran dilema,
es que marché de ti, mi verde gema,
y tú nunca te fuiste de mi lado.



****


Algunos poemas de Leonard Cohen...


Ya no estoy en mi mejor momento para practicar
el oficio de los versos.
Se me da mucho mejor
estar en el cuarto ropero con Sara.
Pero incluso en este mundo alternativo
tampoco estoy ya en mi mejor momento.
Necesito la compasión de mi propia atención.
Quién podría haber adivinado
que el corazón envejece
del contacto con otros.

*******


El amor es un fuego.
Arde por todas partes.
Desfigura a todo el mundo.
Es la excusa que el mundo pone
por ser tan feo.


******

Ya no me queda talento.
Ya no puedo escribir más poemas.
Ya podéis llamarme Len o Lennie,
como siempre habéis querido hacer.
Supongo que debería dejarlo,
pero los viejos hábitos persisten
y las mujeres no hacen más que empujarme a ello.
Antes de que me acuséis de que os aburro
(para vuestro definitivo triunfo y alivio)
acordaos de que ni vosotros ni yo
podemos hacer ya el amor,
y una vez más habéis disfrutado
de la compañía de mi alma.






martes, 11 de octubre de 2016

Atlanta sin ti.




Atlanta se derrumba. Nucky Tompson
se muere con su flor en la solapa.
Antlanta se deshace en yelis tristes.
Atlanta llora un blues. Hasta la armada, 
agujerea el azul de la bahía
con las rosas oscuras de sus salvas.

No marques su teléfono , *Darmody
si no es para traerle en una caja
de nácar la balada de su anhelo, 
a su Margot de trapo y de metáforas.

No llames "a las armas", Alcapone,
que el sombrero de Nucky se desangra
si no llama a la puerta
su paloma 
que nunca fue paloma, su muchacha.
Su bolita de coco, su *Yalorde,

No es tiempo de cazar, querido capo,
versículos de octubre en la Almadraba.
Atlanta está enlutada hasta los huesos.
Ya es oficial. Ha muerto su palabra.





******

n. del.a: *Yalorde: uno de los nombres por los que se conoce a la deidad africana Ochun, diosa del amor.

*Jimmy Darmody: Personaje de la serie televisiva " Boardwalk Empire" interpretado por el actor James Edison, enmarcada en Atlanta durante el período de la ley seca.

sábado, 8 de octubre de 2016

Gravity.





Te amé más que a mi vida, que a mis muertos, 
más que a mi colección de Billy Hollyday,
que a todos mis anuarios
de la buena de Marilyn en bolas.

Más que a aquel corazón que desvirgué en otoño
y al que le prometí recogería
cuando tuviera pasta en la alcancía,

más que a su voz soprano que timbraba
en la parada orgasmos de falsete
mientras el bus nocturno demoraba.
Aún extraño su agreste soniquete.

Más,
que a sus serviles alas de alondra que mangaban
naranjas a su jefe y platanitos
para este buen cabrón que se corría
la juerga padre hasta rayar el día,
nunca tubo gandinga  para echarme.
No me dejes sin tí, siempre decía.

Más que a los baños turcos que le daba
su mano niña a mi cantar de niño,
más que a los treinta días con sus noches
que haciendo calendario forman años.
Cinco gozó en su cuarto mi derroche.

Cuánto dolió dejar a esa Lupin(a) Arsenia.
Traidor, eso me dijo, entre otras cosas,
cuando supo que alguien en España
me había puesto en el muslo sus cilicios,
junto a la femoral, ¡qué gran putada!
—La concha de tu madre, eso también lo dijo...

De modo que te quise tanto y tanto...

dueña de mis cilicios,
más que al globo terráqueo,
reina de mis solsticios,
hija de perra, ingrata,
más que a mi sangre, vida,
más que a mi santa madre, 
mi puta consentida.

Solo quiero aclarar que este cabrón, tan hombre,
aún te sigue queriendo como un crío.





Volverás (Concha Buika)

Cerró la puerta sin decir adiós,
nunca volví a verla nunca más volvió,
como yo te quise nadie, nadie te ha querido,
insensata mía, por qué te has ido. 


Y me dejaste sola como el mar,
yo vivo como el aire libre pero sin saber a donde va,
y nadie nadie nadie te ha querido,
insensata loca, por qué te has ido.

Tú volverás, y
cuando tú regreses amor, 
verás como alguien quizo ocupar 
mi pobre corazón 
por ti, y ya verás
como tú a mí me pides perdón,
y yo que ya estoy loca de amor 
yo voy y te perdono.

No eran tan falsas aquellas mentiras,
ni tan verdaderas tus verdades favoritas,
no fueron tan callados aquellos silencios,
no fueron tan malos algunos momentos,
si ahora te marchas, vete para siempre,
no te des la vuelta que las vueltas siempre duelen,
y abre la ventana que da al paraíso, 

y olvidame si puedes,

que yo no he podido.

Tú volverás...

jueves, 6 de octubre de 2016

Cristal de Bohemia (De, “Cuentos para despertar a Eva”. Capítulo II)



Mara, madre en lengua antigua, no era la primera hembra que despertara en el capitán Madison la ferocidad del sexo a quema ropa. La llegada de Mara de Armas al meridiano de su existencia lo había llevado a replantearse su auto impuesta soledad y a preguntarse, qué había sido de aquel sentimiento llamado amor. Por un amor del pasado el capitán había levantado rejas en su pecho y enjaulado tras ellas a su corazón.



Yo, que ya he luchando contra toda la maldad
tengo las manos tan desechas de apretar, que ni te pueden sujetar,
vete de mi... 
Seré en tu vida lo mejor  de la neblina del ayer 
cuando me llegues a olvidar,
como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.


Posee un corazón poco visto, capitán, muy propenso a contraer la enfermedad de bohemia.
—¿La enfermedad de Bohemia? —preguntó el capitán al curandero persa.

—El corazón se inflama e infecta por causa del mal de amores sufriendo como resultado una necrosis. Su corazón corre el peligro  de estallar en fragmentos al mínimo percance emocional, querella o contratiempo.

Según el dictamen del curandero, experto en catalogar corazones, el músculo cardíaco del capitán Madison se había tornado entonces tan quebradizo como una copa de cristal de Bohemia.

A tan solo dos meses de su nombramiento, el joven capitán John Williams Madison, gallardo y valeroso como su abuelo, pero sin la pericia para capitanear a solas un galeón de la magnitud del Golden Hind, necesitaba aún del temple de acero de su antecesor al mando para tratar con una veintena de hombres, todos negados a juramentar lealtad a un marinero dotado con un corazón que corría el riesgo de añicarse al mínimo disgusto o percance en alta mar; veinte hombres de hielo que solo ofrendarían el filo de su acero y sus vidas a su antecesor de hielo: Sir. Francis Drake; el corsario más experimentado (según contaban los pescadores y piratas ya retirados a los jovenes marineros que llegaban al puerto de Londres, con la intención de alistarse en la tripulación de Sir Francis, a requerimiento de éste, a los taberneros y tratantes de paso que prestaban oídos a las sangrientas historias del pasado, histriónicas batallas de las que habían sido testigos sus cuerpos mutilados, tatuados con multiples cicatrices, mientras apagaban el ardor de la sed apoltronados en la barra) y temible de la historia de la piratería hasta la fecha.

Ante el mal augurio del curandero, el Golden Hind abandonó la ruta programada hacia Cartagena de Indias, practicando, por mandato de Sir Francis, el viraje inmediato rumbo a Malasia donde, se decía, encontrarían al chamán recomendado por el curandero que podría sanar el corazón de su nieto.

****

—Ha venido al lugar equivocado. Lamento decirle que mis artes no me permiten reparar corazones rotos, creo que usted lo sabe tanto como yo, capitán Madison. Si juntara las partes truncadas valiéndome de un potente conjuro a modo de adhesivo, quizás. A simple vista puede que funcione. Pero a contraluz, siempre serán visibles las antiguas marcas de la hondura de las cicatrices. ¡Ah, capitán! no me mire con esos ojos de león desangrado. Su corazón atesora una memoria del momento puntual en el que se produjo la rotura que salta por los aires como un interruptor, de esos automáticos, cuando se sabe en manos poco conocedoras del funcionamiento de sus matices emocionales ¿No se lo dijo su madre? Porque fue ella quien le dejó como herencia esa extraña particularidad.

—¿Mi madre? ¿eso cree?

—Quizás su... ¿padre?

—Sus poderes flaquean, chamán.

El capitán rió escandalosamente ante la desacertada predicción.

—Deje ya de reír. Está asustando a mis pájaros. ¡Vamos pajaritos míos, venid con papá!

El chamán abrió la jaula liberando a las aves. El enjambre multicolor de colibríes revoloteo alocado por la estancia buscando un lugar apacible donde posar sus nervios, lejos del desorden risueño del joven capitán.

—La enfermedad la heredé de mi difunta abuela paterna —aclaró el capitán— pero al parecer ella obvió la letra pequeña: proteger mi corazón a toda costa de las mujeres tóxicas y de los amores mal correspondidos.

—Pues ándese con ojo, capitán, porque usted siente una debilidad enfermiza por las mujeres, solo será cuestión de tiempo que su corazón vuelva a quedar en su próxima aventura amorosa; en una palabra...

—Cállese, pajarraco. Me está usted enterrando antes de morir.

—No se apure, capitán. Existe una cura para su rara dolencia.

—Pues no se me ande por las ramas.

—El maestro del cristal, capitán. Ese hombre puede conseguir que sus viejas heridas, ahora abiertas, dejen  de sangrar. Sólo él puede curar la enfermedad de los bohemios.

—¿Conoce a ese hombre?

—No, pero sé donde encontrarlo, mi padre me habló de él cuando yo era un niño. Le llaman el "Bufador de vidre"*.

—Estoy dispuesto a pagar lo que me pida por esa información.

—Verá, capitán Madison, el paradero de ese hombre conllevará un alto precio, y le advierto que no voy tras su oro.

—¿Ni siquiera tras el tesoro de "Nuestra Señora de Juncal"?*

El chamán sacudió la cabeza en acto de firme desaprobación.

—De acuerdo. Tengo un objeto muy especial. Una maravilla.

—¿Me está proponiendo un trueque?

—Exacto, pajarraco. La reliquia en cuestión perteneció a Barba negra.

—¿A Barba negra? ¿Esa tina mohosa y sucia donde él se bañaba los domingos?

—¿Cómo lo ha adivinado?

—Adivinar es lo mío, capitán. Pero sepa que no tengo interés en esa vulgar antiguaya de madera podrida.

—¿Antiguaya vulgar? Le devuelve el vigor a los hombres.

—No necesito vigor, capitán. —respondió molesto el chamán,  como recordatorio de su condición de hombre célibe. —Sepa que no me interesan, en lo absoluto, ninguna de esas baratijas supuestamente mágicas que usted guarda en su bodega.

—¿Y... qué será entonces, pájaro agorero?

—¡Oh!, se trata de una reliquia muy "especial" y significativa para usted.

El capitán sólo tenía entre sus posesiones, apartando su frágil corazón de cristal de Bohemia, un objeto con esa categoría de "especial": su navío. La embarcación más veloz que existía en el mundo. La única capaz de abandonar la quietud del océano y ascender a los cielos hasta atravesar las nubes en un raudo vuelo: su "Golden Hind".

—¿Y para qué necesita un chamán un navío volador?

—¿Para viajar a Beta Arae?*

—No me haga reír. Nunca podrá aproximarse siquiera a "Ara*".

—¿Usted cree?

—No existe conjuro capaz de hacer que despegue. Las velas del Golden Hind obedecen al llamado de la sangre. Sólo Sir Francis Drake y este servidor podemos capitanear ese galeón.

—¡Vaya! , entonces usted es...

—El nieto de Draco, chamán. De modo que el Golden queda excluido del trueque, pero puedo llevarle a mi bodega para que elija cualquier otro cachivache. ¿Le interesa un cargamento de lágrimas de sirenas embotelladas? Es muy efectivo para atraer a los monzones.

—¿Y a quién le importan los monzones? Lo que yo necesito es ir a Beta Arae.

—¿Y para qué, pajarraco?

—Para recuperar mis dotes adivinatorias.




lunes, 3 de octubre de 2016

De: "Cuentos para despertar a Eva".

Capítulo I.


En la mar todo era lejano.


Hacía mucho tiempo que el capitán John Williams Madison había olvidado los mapas de retorno hacia su isla natal. En la calma chicha de las noches veraniegas las leguas se le antojaban eternas. Y mientras el navío bogaba sobre el silencio oscuro de la noche como un crío huérfano, indefenso ante lo imprevisible de las aguas, asignados los turnos de guardia en la torre del vigía y en el puente, el capitán delegaba su rango en el primer oficial y se reunía  con el resto de la tripulación en la popa de proa. Charlaban, bebían ron y ponche de guarapo, y entonaban canciones hasta bien entrada la madrugada:


*Cuando te beso, 
todo un océano me corre por las venas,
nacen flores en mi cuerpo cual jardín,
y me abonas y me podas, soy feliz,
y sobre mi lengua se desviste un ruiseñor,
y entre sus alitas nos amamos sin pudor,

cuando me besas, 
un premio novel le regalas a mi boca.

Cantaban a coro mecidos por el vaivén irregular del océano, movidos por la evocación de sus amores fugaces hermanados en las pasiones abandonadas, detenidas temporalmente en tierra a la espera de que el Golden Hind avistara el próximo puerto que cobraba, ante los ojos de los marineros, la apariencia de un fantasma grávido de corta permanencia en la constante movilidad de sus vidas de nómadas.



Mendigo, malandro, negrito, mulato, marginal.
Esclavo evadido o loco perdido,
voy a hacer mi festival,
mambembe, gitano,
debajo del puente, 
cantando,
bajo de la tierra, 
cantando,
en la boca del pueblo,
 cantando...



 Expulsados por voluntad propia los mapas  hacia las Antillas de la memoria del capitán, su tierra prometida era entonces esa armazón de madera  bautizada en su día como "Cierva dorada", acondicionada para la práctica del comercio y la piratería y que había serpenteando antaño esas mismas rutas que el olvido se había encargado de borrar, con su abuelo como capitán, a la caza de tesoros que ofrecer a la corona británica.

Desde que Madison fuera ordenado por su abuelo Francis Drake capitán del Golden, un par de años antes de que se produjera su trágica muerte, no recordaba haber conocido en sus carnes el miedo a la soledad. John Williams Madison se sentía tan solitario como el océano y se había empleado, con el imbatible paso de los años, muy a fondo en comprenderla, en domesticarla y quererla. Nunca le había pesado tanto su soltería hasta encontrar a Mara.

El capitán presumía de tener en su camarote una imagen del perfil aniñado de Mara brillando sobre el blanco de las elegantes perlas que rodeaban su cuello de cisne. Ellos no se conocían personalmente, pero era un hecho probado que  aquella mujer que firmaba sus poemarios y novelas con el  seudónimo de Mara de Armas lo hacía feliz desde su exótico paraíso; una casa de madera perdida en el hemisferio sur del mundo alejada del tumultuoso bullicio de la ciudad, a orillas del río Paraná.

Mara lo hacía feliz desde su lejanía cercana en la correspondencia, aunque él no pudiera desnudarla en su santuario marino para amarla a plenitud.

Una tarde de finales de agosto, mientras el capitán paseaba por los comercios del puerto de Singapur, decidió entrar en una librería de paso. Abastecerse con algunas novelas harían más llevaderas las noches en alta mar. Por solo cincuenta rupias adquirió un lote de cinco libros que incluía uno de los poemarios de Mara: "El pan de la buena vida".

El capitán pasó toda la noche inmerso en su lectura; ciento veinte páginas que iban desde los romances lorquianos al verso blanco. El curioso poemario incluía también veinticinco recetas de repostería recogidas en la segunda parte del libro, publicado por quinta vez en edición de bolsillo con el lema:  "cocina para hombres solteros". Las pruebas evidenciaban que el capitán era uno de aquellos hombres solteros negados al arte culinario a los que hacía referencia el recetario, pero él no estaba dispuesto a hacer a un lado el sextante y las cartas de navegación para entrar en la cocina, ni a dejar aquel libro en las torpes manos de su cocinero, Ludovico, por muy buenas artes que el italiano tuviera. Y ardía en el corazón del capitán la esperanza de que fuera la propia Mara de Armas quien preparara sus delicatessen en la cocina del Golden Hind. De ningún modo abandonaría el puerto de Singapur sin conocer el paradero de aquella mujer con artes de hechicera para enamorar a golpe de verso y endulzar el estómago del más exigente comensal. El librero se mostró reacio a soltar prenda cuando el capitán se presentó en la librería indagando  por el paradero de la escritora. Finalmente, el buen hombre desembuchó gracias a los generosos doblones del capitán.

Con el devenir de los meses ambos fueron haciendo a un lado las formalidades en el trato y pasaron, sin darse apenas cuenta, del ceremonial  señora y el estimado capitán, a: mi admirada Mara,  capitán John Williams Madison (a excepción de su santa madre, en gloria desde hacía cinco años, nadie lo llamaba por su nombre de pila al completo, sólo capitán), o capitán Madison, hasta acabar en: mi estrella polar, mi fuerza extraña, de puño y letra del propio capitán, y "mi capitán", brillando en la caligrafía esmerada, en tinta Rosa fucsia, con la que Mara de Armas solía responder sus cartas, siempre impregnadas con el aroma de los ingredientes exóticos que ella empleaba para hornear sus bollos de miel: canela, cacao importado de Brasil, pimienta de jamaica...

Una foto y un buen puñado de cartas no atesoraban más valor que la misma Mara de Armas en persona. El capitán Madison estaba tan decidido a saltar la estática barrera coralina de la comunicación epistolar, que hasta le había prendido una vela y entonado la Salve de los marineros a aquella virgen de la que su abuelo fuera en vida devoto, la Virgen del Carmen, y ofrendado flores y palomas y collares de plata al despuntar el alba, a aquella poderosa reina del mar en la que su madre depositaba el desenlace o arreglo definitivo de los tormentos del corazón, Yemaya Olokun. Todo con tal de ver materializado el sueño de contemplar a Mara de Armas desandar a pie grácil la pasarela que unía el puerto con el varaje del Golden Hind; lo que fuera por degustar, al menos por un día, uno de esos desayunos copiosos que tienen cabida luego de una noche de pasión mientras Mara, sentada en su regazo de hombre maduro, reía como un cascabelito al verlo zampar sus bollos de miel con la fascinación desmedida que sienten los críos por las golosinas.

Mara era la pieza imprescindible que completaba el puzzle de su hombría. Algo valioso que ya había tenido con anterioridad en otro estado físico y que él había perdido en algún tramo del camino.

En las noches en que la mar se mostraba piadosa, el capitán Madison se recluía en su camarote y fabulaba despierto con la verticalidad de los cabellos castaños de Mara sobre su espalda desnuda camino de la ducha. Fabulaba con su dulzor tímido mientras, Andrómeda, desfilaba en sllow mottion a través del ojo de buey del camarote al compás de la voz en el gramófono:"voy soñando con tus besos por el callejón del agua/ no despertarme del sueño campanas de la Giralda... 

Su dulzor estallando en hecatombe junto a ese otro Madison que él había sido en el pasado. Fabulaba a ojos abiertos con sus pies de geisha recorriendo su espalda tatuada por los azotes del Sol en cubierta en las largas travesías, con un mundo donde el camarote, colmado de suspiros aleatorios, cumplía el milagro de derribar sus cortafuegos de mujer precavida, dispuesta entonces a complacer sus ansias amatorias de lobo transoceánico.

Fabulaba... con la pasión de un escritor en buena racha hasta quedar plácidamente dormido, o hasta que, por fuerzas mayores,  el primer oficial requería su presencia en el puente y la evocación de aquella Mara, reconstruida por él con los fragmentos almáticos que ella le mostraba entre líneas, quedaba flotando en el camarote hasta la próxima ensoñación.

El capitán John Williams Madison la deseaba con la misma desesperación con la que su tripulación esperaba oír la voz del vigía en la torreta vociferando de a pleno: ¡tierraaaaaa!, para adentrarse en las tabernas del puerto de Tombuctú, Antioquía, Katmandú... en busca de compañía femenina, luego de varios meses en alta mar, tanto-tanto, que sería capaz de entregarle a quien se lo pidiera en el próximo puerto todo el botín atesorado en sus bodegas, si ese "alguien" fuera capaz de proporcionarle un futuro junto a Mara.


Nosotros seremos lo que tú quieras que seamos,
yo soy lo que te de la gana,
échamelo todo en cara.
También soy el que te acaricia en las mañanas,
yo soy el que te ama,
el que te da las ganas y desganas.
Yo soy el que te cuenta las pestañas.
Yo soy el que arropa
cuando estás durmiendo y te quedas helada.

Yo soy el que navega contra el viento,

ahora dime que no
perdemos los dos,
si te vas...





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n.del a: *“Cuando te beso", letra y música del maestro Juan Luis Guerra.





domingo, 2 de octubre de 2016

Decálogo del cabreo padre.





"Publica y serás crucificado"
(Guillermo Cabrera Infante)



Los escritores novatos creemos saberlo todo solo por que un buen día, Tim Berners Lee, el padre de Internet,  tuvo la brillante idea de poner en marcha un proyecto para facilitar el intercambio de información entre científicos e investigadores, que años más tarde, desembocó en el gigante del que ahora todos hacemos uso: Internet.

Desde que Google ha decretado barra libre hay mucha peña escribiendo, mucha peña que ha dado el salto a la fama, (den gracias a papi-web) y mucha peña que no tiene ni puta idea.

Comenzaré aclarando que no soy escritor, sino blogger. Hay una diferencia abismal entre esos dos conceptos. Uno no es escritor hasta que el oficio se completa, de modo que es inútil auto-llamarse y auto-laurearse como escritor estando en plena formación.

El tatuaje es un centro de experimentación, (creo haberlo dicho en más de una ocasión), abierto a la crítica. Lo que acabo de afirmar es perfectamente demostrable en los archivos. De momento no se me ha caído nada porque alguien me señale un error, o varios, en el texto. Lo tengo todo muy en su sitio, (la bilirrubina bien alta, ni siquiera tomo esas pastillitas azules para papipitufos azules sin capacidad de reacción en las noches azules). Hay muchas entradas donde se me señalan faltas ortográficas, errores de estilo, incluso, un comentarista me deja en la caja de comentarios una pregunta curiosa que me hace volver sobre mis pasos y darme cuenta que había omitido información importante para la comprensión del relato (el comentarista se quejaba de no entender ciertas escenas) e incluído mucha basura irrelevante.

Gracias, señor lector, tu comentario aún permanece en la entrada como recordatorio de la importancia de la opinión de quién se ha tomado el trabajo de abrir una entrada de un autor en tránsito, autor anónimo, y dedicado unos minutos.

Decálogo para escritores en tránsito.

1. Dale tus escritos a tu mamá. Las madres son como los borrachos pero en una versión sobria, nunca mienten, pero antes preguntate si tu vieja va a dejar de lado la cena o la compra para leer tus tremendísimas "perlitas". Mientras no estés seguro de ello, ni lo intentes.

2. Escucha con atención lo que los lectores, sean escritores o no, opinen sobre tu trabajo, y saca tus propias conclusiones (Dale por el c.u.l.o a tu ego)


3. Comparte tu trabajo con  escritores que ya conozcan el oficio. Su opinión te ahorrará tiempo en cuanto a aprendizaje y aportará riqueza y conocimiento atu carrera.

4. Sé un tío legal, o una tía con ovarios, y no me visites sólo para que te devuelva el favor. A mí me la sudan las visitas.

5. Ama a tus comentaristas. (A los verdaderos, esos que te leen porque realmente les gusta lo que escribes y no por no por la simple razón de cumplir).

6. No te cagues en los muertos. (Gabo, Faulkner, Truman Capote, Hemingway, Charles Bukowski... todos esos hombres dejaron sus obras para que las disfrutemos y aprendamos de ellos)

Lee bueno.

7. Un escritor muestra su valía sobre el terreno. Si quieres mostrar que eres vanguardista y muy cañero, demuestralo con una de tus paridas, no cargues contra los defensores de la buena literatura solo para chupar cámara en las redes sociales de turno.

8. Nadie nace sabio. Hay mucha peña colaborando en tu formación: lectores, tu santa madre con sus ácidas críticas, tus colegas principiantes, el tipo que te lee en las redes sociales y comparte tu relato, aún sabiendo lo mucho que te falta para enterarte de los que vale un peine en literatura...

Sé agradecido.

9. Que publiques en tu blog y que un montón de peña te deje sus comentarios adulatorios, en este caso, no significa que seas el escritor del año. (La sinceridad es un arma de doble filo, duele, hiere que te digan que eso que tú has escrito es aburrido, tedioso, una milonga de las buenas, en fin, tu barco pierde agua por muchos sitios, colega, pero es el único modo de saber si realmente lo estás haciendo bien).

10. A quien le pica es por que ajos come.

Gracias.

Soy J. Madison y ha sido un placer escribir para ustedes.




**************

n.del.a: Gracias siempre a todos los que han hecho posible mi crecimiento hasta la fecha: Gavrí Akhenazi, Mirella Santoro, Morgana de Palacios, Eva Lucía Armas, a todos mis compañeros.

Gracias mil a mis comentaristas por su tiempo, apoyo y cariño, opiniones y correcciones.

Perdón una vez más, María Campra Peláez (mamá escritora) por aquel incidente.

Abrazo.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Mundos paralelos.


En un lugar lejano, no registrado en lo tangible de los mapas, existe un hombre. Fuma tabaco negro de la marca comercial Captain black en una pipa de marfil. Su mujer se la regaló por el aniversario de sus bodas de plata.


Lleva barba y coleta, y una chaqueta azul cruzada al frente con botones dorados,  como los viejos marineros.

Siempre fue más activo durante la noche y en cuanto oscurece, el hombre sube al ático de la casa a escribir sus historias:  cuentos que narran los naufragios de embarcaciones tan chiquitas como una cáscara de nuez vapuleadas por álgidas tormentas, historias sobre los ángeles a los que se encomiendan los ocupantes de la nuez minutos antes de morir, novelas de sirenas cuya fisonomía dista de la que rememoran las leyendas. Las sirenas que habitan en sus libros no pierden el tiempo en seducir a los marinos con sus cantos ni en salvarlos de morir ahogados. Ellas prefieren vivir tranquilas al margen de esos hombres, y ocultar a sus crías de la codicia de los balleneros por sus lágrimas de perlas, en las bodegas del cinturón de galeones que conforman el cementerio de navíos "Merrows".

"Ceasg", la casa de madera construida por él en la cumbre más alta de aquel lugar sin nombre es, a la vista de los lugareños, un buque acorazado bogando sobre la cresta de una imponente ola congelada por las nevadas. Presidiendo el salón de la casa, la chimenea de piedra alberga un fuego magnífico que caldea durante todo el día los tres pisos con la entereza de un sol perenne.

En la habitación donde el hombre teclea hay un trago de vodka junto a la máquina de escribir, un perro labrador —Diamante— echado bajo el escritorio de nogal, junto a sus piernas, y la voz de una mujer que canta viejos standars de jazz al fondo de la casa, en la cocina, mientras hornea bollos y galletas; una mujer de anís y de jengibre que lo hace estremecer cuando lo llama mío.

El hombre se pregunta que hubiera sido de él sin su épica mujer de pan con voz de niña, una mujer que le hace el amor en las mañanas como si el mundo que ambos comparten fuera a partirse en dos en la próxima hora atropellado por el tren de mercancías que pertrecha de víveres y demás provisiones a los comerciantes de la zona.

Se pregunta, mientras la ve entrar en el despacho con la bandeja que contiene su cena, si en otra vida él también tuvo esa mujer con alas de amapolas chinescas que destierra al infierno sus miedos cuando revolotea desnuda por el cuarto; se pregunta qué suerte hubiera corrido su existencia en un mundo sin ella.

—Cariño.

—¿Mum, capitán?

La mujer deja la cena en el escritorio. El capitán sin nombre interrumpe el teclear durante unos segundos.

—¿Crees que pueda existir un mundo paralelo a Ceags, a nosotros? —pregunta el hombre a su mujer.

Mientras tanto, otro hombre (un poeta) imagina en su piso de Barcelona una segunda vida distinta de la suya en un país distante al que no ha dado todavía un nombre. Hay un trago de vodka en la mesilla de su cuarto del que bebe espaciadamente. La historia discurre en libertad sobre el papel entretejida a las estrofas del romance: una casa preciosa construida en lo alto de un monte —Ceasg— que siempre huele a bollos de leche y a jengibre y una mujer de pan con voz de niña, Eva, cantando muy al fondo de la casa, en la cocina, "Blue Moon".






miércoles, 21 de septiembre de 2016

La maestra del agua.




La maestra del agua.


Ella es escritora y fotógrafa.




Ah... olvidaba decir a los curiosos que la mujer de la que les hablo es además, en el ejercicio de su diario: "maestra del agua".

Pero si tuviera que definir su verdadera vocación entonces debería contarles que — la Sra. Laurenz— es, por encima de todo, una escapista profesional que tuvo la gran suerte de ser, en su anterior versión, discípula del mejor ilusionista de todos los tiempos: Harry Houdini.

Se comenta en los cafés de moda donde los escritores acuden en las tardes de sábado a confraternizar, que la maestra del agua y el señor Houdini se conocieron en Broadway, mucho antes de que el ilusionista encontrara a Bess, la mujer que posteriormente se convertiría en su esposa. El casual encuentro entre ambos se produjo durante aquel legendario espectáculo donde Houdini estuvo a punto de morir ahogado mientras intentaba escapar de las profundidades de un bidón de cerveza, cuando un médico presente en la sala requirió a voces la presencia de la maestra del agua, apoltronada en la primera fila, para revivirlo.


Por las mañanas, sobre todo en los días en los que el sol se muestra benévolo con los peninsulares dejándose caer de a pleno sobre Barcelona, la Sra. Laurenz toma en el desayuno una poción de realidad libertadora aderezada con dos cucharadas de lavanda, un ligero de toque de vainilla afrancesada y cinco bayas de enebro maceradas en una copa de champán, receta especial del propio Houdini, escrita entre líneas en el libro donde él acostumbra a registrar los secretos de sus trucos de magia y que éste le entregara minutos antes de morir, en Detroit; el único objeto que el velo del olvido le permitió a la Sra. Laurenz conservar como recuerdo de aquella vida pasada.

Minutos después de ingerir el preparado, la maestra del agua se desmaterializa y escurre, cámara en mano, por entre las flores de los cactus de su jardín; un viaje espiritual que ella ha bautizado como: "el renacimiento de las flores marchitas", una majestuosa peregrinación donde los cactus hacen a un lado su labor de encontrar agua para sentarse al pie de las arenas del tiempo y oír el paso de su verbo.

—"¡Ah, Johnny, querido! me siento como la Cenicienta estrenando sus maravillosas deportivas nikes, (bueno, lo cierto es que nuestro diálogo no transcurrió exactamente así, la Sra. Laurenz tiene un gusto exquisito en lo que a la moda se refiere, les pido disculpas por el lapsus imaginativo, lo que la señora Laurenz expresó en realidad fue, transcribo textualmente: "ah, John, estoy viviendo uno de mis mejores momentos, se diría que estoy asistiendo en primer plano al redescubrimiento de la nueva Sra. Laurenz"). Eso me confesó hace apenas un par de semanas.

Nunca supe cuándo fue la primera vez que decidí reverenciarla con ese abolengo señorial que —segun la RAE— y algún que otro panfleto aclaratorio en línea, define a una mujer como persona adulta, entre otras cosas, todas dignas y representativas del respeto; pero sí recuerdo que fue a raíz de uno de sus trucos de escapismo que decidí convertirme en un Gatsby en toda regla que las noches observando, desde mi posición lejana en el puente y catalejo en mano, ojo avizor debo decir, su misterioso mundo iluminado por las antorchas de fuego que ella plantaba cada noche, como un faro de luz inapagable, en el sendero que conduce a los visitantes hacia su casa: músicos de jazz-farria, motoristas erráticolunantes, pintores, retratistas del aura y escritores, que poetizan el futuro sobre la imperfección de los cubos de hielo destinados a refrigerar los deliciosos margaritas (según cuentan los chismosos del puerto) que Phillip, el mayordomo inglés de la familia Laurenz, prepara en grandes cantidades para los invitados.

Desde que soy un Gatsby furtivo, el catalejo sufre a mares ante la probabilidad de que las lluvias otoñales apaguen las antorchas nublando  nuestra voyeresca hazaña (Siempre ese dichoso catalejo acaba por contagiarme con su quisquillosa incertidumbre).

"Sabes que si me necesitas sólo tienes que llamarme y yo iré a verte, Johnny".

Ese fue el último mensaje que la Sra. Laurenz dejó para mí flotando en la atmósfera de "la nube", enviado desde su celular, mientras visitaba el mausoleo de Houdini.

Debo reconocer ante ustedes que me mata, literalmente, cuando ella dota en natural gesto de espontaneidad a mi ceremonioso John Madison, en honor a uno de los presidentes de América, de una cercanía grata al nombrarme "Johnny", tanto como a ella le gusta que yo marque una diferenciación entre ella y el resto de mujeres con mi elegante: Sra. Nada comparable al reflejo de ilusión en sus ojos cuando el sonido acristalado de su voz hace naufragar en la orilla de su boca el nombre en clave de Erik Weisz: Houdini.

¿Puede un poeta anónimo competir con el carismático Houdini? Me pregunté mientras observaba a los invitados pasear por el jardín copa de margarita en mano.

Yo nunca sería uno de los invitados a las famosas veladas que transcurrían, previa invitación, en la mansión Laurenz, por muy maravilloso y elegante que fuera el movimiento de mis caderas en la pista de baile.




Con el alma en derrota ante aquella certeza, guardé el catalejo en la mochila y me marché a casa a celebrar mi cumpleaños en solitario.



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n. del a: Querido lector, acaba usted de leer una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Efectivamente, bloggers, amigos y seguidores. Un 21 de septiembre del... servidor llegó a este mundo para dar guerra.

¡Hoy es mi cumpleaños!

Gracias a todos por la lectura.

martes, 20 de septiembre de 2016

La mujer colibrí.










Desde que tengo uso de razón he cumplido a raja tabla con el rito familiar implantado por mi señora madre: comer pollo los domingos; pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a la creatividad culinaria de mamá. Tenía muy claro que mi nueva vida en España no sería un impedimento para que  siguiera cumpliendo con aquella vieja tradición, porque si algo había de sobra en mi nuevo paraíso era pollo. Pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a las leyes del libre comercio.

Así fue como el pollo, esa vulgar ave de corral sin atractivo físico alguno más que en cueros, doradita y  emplatada con su correspondiente guarnición, se convirtió en algo importante, imprescindible para mi supervivencia emocional.

El pollo pasó a ser el hilo conductor comunicativo entre mamá y yo, algo que materializaba el cordón umbilical que en su momento me mantuvo amarrado a ella. Yo podía tirarme la misma eternidad degustando un muslo de pollo mientras la recordaba, hasta roía el hueso tal y como hacía en Cuba (aquello había que aprovecharlo al máximo, uno sabía que no iba a a pillar pollo hasta el domingo siguiente). Y  era con ésa misma fiereza que yo atacaba, sin ningún asomo de piedad, a los pollos españoles, como si se tratara del último pollo de la tierra en mi último día en la tierra.

Mi adoración era tan enfermiza que mi suegra aprendió a preparar el famoso pollo a la barbacoa de mamá para complacerme cuando nos reuníamos en su casa para almorzar los domingos. Mi predilección por aquel manjar del montón mutó en una aversión espantosa cuando llegué a una amarga conclusión: comer pollo los domingos era el equivalente a los años que debían pasar hasta que mamá y yo nos  reencontráramos. Entonces decidí cambiar radicalmente mis hábitos alimentarios y convertirme en vegetariano.

Un domingo, mientras almorzaba con mi hija en un restaurante vegetariano, lugar libre de pollos y de su anatomía evocatoria, aquella nostalgia por mi madre y sus costumbres domingueras eclosionó, como los volcanes, cuando la camarera se acercó a nuestra mesa para  tomarnos nota.

—¿Y qué van a beber los señores? —preguntó mientras nos proporcionaba la carta.

Al mirarla, las lágrimas llegaron con irremediable prontitud al borde de mis ojos, como si en lugar de preguntarme ella que quería beber me hubiera comunicado que —en breve— vendrían a buscarme para conducirme hacia el patíbulo, y macho que es uno, mamá se había pasado toda la vida dándome la brasa con aquello de los hombres no lloran, eché el resto en no derramar ni una solita.

—Señor ¿está usted bien? —preguntó la chica— de repente se ha puesto pálido.

La visión de mi rostro debió lucir ante sus bonitos ojos grises como la de un indio que acaba de regresar inerme de un peligroso viaje astral, de ahí su interés.

—Papi ¿te duele la tripita? la abuela María tiene un jarabe muy rico que te hará hacer caca en un periquete. Sabe a platanito.

Eso dijo mi hija solidarizándose también con la causa desconocida de mi terrible mal, y porque sabía de más cuanto puede darte la lata un dolor de tripa en plena madrugada cuando le da por hacerse el zoquete. Un par de lágrimas traidoras, cobardes, debo decir, asomaron entonces para aguarme mi fiesta: el guateque del titán de bronce. La chica sacó una servilleta de papel del bolsillo del delantal y me la ofreció amablemente.

—Ay, ¿de verdad que no le pasa nada? —quiso saber.

—No, de veras que no. No se preocupe, estoy bien, si yo estoy (como dirían en mi tierra) entero —logré decir— por favor, traígale un jugo de naranja a mi hija, para mí un whiskie doble.

La chica no tardó en regresar con las bebidas.

—¿Han pensado ya lo que van a comer? —preguntó.

La pura verdad es que yo ya no podía aguantar más.

—¿Sabe usted que se parece muchísimo a mi vieja? —se lo pregunté así mirándola fijamente a los ojos. Pero qué imbecilidad, ¿verdad? es increíble lo gilipollas que vuelve a uno la nostalgia. Cómo podía saber esa muchacha que ella era clavadita a mi mamá si no se habían visto ni por postalitas, como diría mi vieja. Ellas eran tan parecidas que incluso compartían la temporalidad de llevar el pelo corto, mamá en los 70' y ella en sus actuales 90'.

—¿A su madre? ¿yo? —eso dijo, mirándome de arriba a abajo en un intento de encontrar algún rasgo genético que nos hermanara a ambos (imposible, yo soy, enteramente, cagado a mi difunto abuelo).

—Sí, usted, cuando  mi mamá era joven —dije para tranquilizarla— ¡Ella era tan linda! Mi mamá tenía a todo el barrio alborotao'. —agregué.

La chica debió mal interpretar mi carnaval de evocadores "era" como que mamá estaba muerta considerando oportuno darme el pésame.

—No, no, que mi mamá no se ha muerto ni nada de eso. Si estoy hecho polvo es por culpa del desgraciado que me la quitó. Él, y nadie más que él, es el culpable de nuestra separación.

—Sí, se llama Fidel —argumentó la pipiola de mi hija— papi siempre dice que ese hombre es un hombre muy malo, el diablo colorao' que le llama, y también que es un hijo de su...

—¡Niña, esa boquita! —grité, temeroso de que la señorita pipiola diera en público una muestra locuaz de lo deslenguados y creativos que pueden llegar a ser los tacos de un hijo dolido por la larga ausencia de su madre.

—De su mamá, papi, de su mamá.

—No se preocupe, lo entiendo —dijo la chica—  y sé cuánto pesa la distancia cuando se trata de una madre porque soy natural de Moscú. Ya sé que Moscú está a la vuelta de la esquina comparado con La Habana, pero no a la vuelta de mi casa.

Lo cierto es que nunca más volví a dejarme caer por aquel restaurante.

Una de esas tardes en las que solía echarme  a dormir la siesta con mis hijas soñé que mamá se había convertido en un pajarito y que vivía en una casita de madera dentro de mi pecho. Un colibrí preso que en las tardes lluviosas de domingo golpeaba con sus alas las rejas de su cárcel  pidiéndome salir. Entonces su hijo predilecto, el devorador de pollos, la dejaba en libertad, mamá planeaba un rato por el cuarto y luego, junto a la ventana, sufríamos la hipnosis que provoca la lluvia al contemplarla.

Fui tan feliz en aquel sueño con mi madre-colibrí posada sobre mi hombro.

No les he dicho que la mujer-colibrí (comencé a llamarla de ese modo luego de aquel sueño) sufre de aerofobia. Tardé mucho en convencerla para que accediera a tomar un vuelo a España.

—Mamá, no me hagas esa mierda, carajo, tú eres la mujer colibrí y las colibríes no tienen miedo a volar y yo tengo una mamitis de ampanga.

—Pues lo tengo, corazón mío. Bien sabe la Santísima Virgen de la Caridad que no miento.

—Oye, esos hijos de puta no dejan entrar a tu corazón en su país, ¿lo pillas? aún no, así que tendrás que venir tú. Me estoy muriendo por verte.

—Pues si no hay más remedio... —eso dijo mamá.

Algunos sueños llevan impresos en su a.d.n la condición de hacerse realidad. Un año después de aquella conversación telefónica mamá subió a un avión con destino a España, iba más sedada que los zombies de la serie "The walking dead".

 Finalmente la mujer colibrí y yo tuvimos nuestra sesión de lluvia, por septiembre, mientras comíamos pollo junto a la ventana de mi cuarto y nos poníamos al día, devolviéndole a los domingos el esplendor de antaño.








domingo, 18 de septiembre de 2016

Tauromaquia.


Tauromaquia.


Hoy la palabra se me presenta en cueros. Se ha liado la manta a la cabeza y en rebeldía, ejerce impúdica su danza exenta de esos adornos torpes que —según ella— nublarían sus dictados.

Así andan las cosas. Y yo no puedo más que contemplar, desde el bloqueo, la sencillez de su estructura estrófica embuida en un tanga como único amuleto para salvar su suerte.

En realidad nunca me impresionaron los desnudos, lo mío es fantasear con lo que hay debajo del vestido; pero a ella ya no le interesa el maquillaje, ni la fastuosidad, prefiere andar en cueros por mi casa como una libertaria que le da un ultimátum a su hombre: y bien, Mady, ¿me tomas o me dejas?, mientras yo entro en la última de las tres fases del fuego y mancillo su honor a grito limpio en inglés, en español castizo y en cubano.


Me siento como un memo que no tiene ni idea de como proceder ante el destape de esa perra loca que no lleva siquiera un triste brillo para caerme en gracia; tan confuso que no sé si encajarle un fajo de billetes en la goma del tanga en un intento vil de camelarla, o si darle esquinazo; olvidar que una noche —mientras ahogaba en vodka mi habanidad nostálgica— sentí el impulso ciego de vestirme de luces; echarme al ruedo como hacen los toreros espontáneos, espada al ristre ponerla de rodillas con un par de estocadas y rematar la faena cortándole las orejas y el rabo.

Presiento que no habrá puerta grande en mucho tiempo, ni paseo en volandas, ni trofeos.

La Doña se ha emperrado en asestarme su más fiera cornada.




Estado de mutismo.


Ya vienen a buscarla
los soldados del trueno y la desidia.

Ya llegan,
armados con mordazas
marchando uniformados de azul frío.

Ya la arrancan a golpes de mi lengua.

La violentan. La arrastran
y la dejan caer,
estrepitosamente, ante mis ojos
sobre las cataratas del silencio.


**************


Y me llamó, su voz atrincherada
allá, donde concluyen
mis pactos y tratados con los hombres.
Los ecos de mi sangre, mis recuerdos.

Llamó,
desde donde mi "yo" más racional
hace frontera
con la voz libertaria de mi espíritu.

Mas no quise atender aquel resuello
por no contaminar con mi vacío
su lírico legado.

Tal y como diría
papá Hemingway,
las tristezas de un hombre se destierran
en cualquier bar de paso,

jamás en la palabra.


***************



¡Mi capitán, sirena a la vista!


Desprotegida,
Ariel de juventud
que ha perdido en el trueque
sus brújulas a puerto y sus zapatos,
ella
entra en mi orbe levantando espejismos
sobre mis horizontes de grumete.

Ella desdobla y multiplica el camarote
en cientos de universos
cuando despliega heroica —tan niña—
las fichas de su puzzle metafórico
sobre las coordenadas de mi cama.

Capitales y razas se erigen y ventean en sus manos,
y el secreto del mar se nos revela.


*************


Poetry in motion.


Pensé que solo irían en mi busca
marinos pesarosos y atalayas
galeras y piratas derrotistas,
la mar soliviantando las batallas.

La oí desde el delirium de mi encierro
en cruda arremetida, consagrada,
desnuda en mi hemiciclo sin recatos,
espléndida sin muros ni corazas,
cantando en desafío desde el púlpito:
Destruye sin temores mis medallas
mi podio de vestal, mis capiteles
lo frívolo y distante de mi casta,
mi lira, mis romances y mis mundos
de rompe corazones desalmada.

Quebrántame la paz hasta el ahogo
secuéstrame en la vid de tu palabra,
bébete mi cantar de Melibea
y llévame en tu sangre adonde vayas.


**************

Pablo Alborán y Bebe interpretando "Por fin".






Qué intenso es esto del amor,
qué garra tiene el corazón, sí, jamás pensé que sucediera así. 
Bendita toda conexión 
entre tu alma y mi voz, 
jamás creí que me iba a suceder a mí.

Por fin lo puedo sentir,

te conozco y te reconozco que por fin sé lo que es vivir,

con un suspiro en el pecho y con cosquillas 
por dentro... Por fin sé por qué estoy así.



Tú me has hecho mejor, mejor de lo que era...

y entregaría mi voz 
a cambio de una vida entera.



Tú me has hecho entender 
que aquí nada es eterno,

pero tu piel y mi piel pueden detener el tiempo.



No he parado de pensar
hasta dónde soy capaz de llegar,
por que mi vida está en tus manos y en tu boca.

Me he convertido en lo que nunca imaginé,
has dividido en dos mi alma y mi ser,
porque una parte va contigo 
aunque a veces no lo sepas ver.

Por fin lo puedo sentir,
te conozco y te reconozco que por fin
sé lo que es vivir,
con un suspiro en el pecho,
y con cosquillas 
por dentro...
Por fin sé por qué estoy así.

Tú me has hecho mejor, mejor de lo que era...
y entregaría mi voz a cambio de una vida entera.

Tú me has hecho entender 
que aquí nada es eterno,

pero tu piel y mi piel pueden detener el tiempo.