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martes, 20 de diciembre de 2016

Forajida.



Llueve con timidez sobre este Martes en el que tu recuerdo se desdobla en una sombra que acompaña mis pasos. El pueblo ha amanecido colmado de carteles exhibiendo tu rostro. Los poetas del Mester han puesto precio a tu cabeza.

Los caza recompensas del verso y la metáfora desmantelan los bares y vuelven los caminos del revés buscando pistas, indicios que los lleven hacia tu guarida.

Es media tarde y los caza recompenzas han irrumpido en casa con la intención de interrogarme. Ellos conocen que hace solo unos meses yo era capaz de levantar ciudades para ti con el hacer prolífico de un arquitecto bueno, cartografiar océanos, hablar con las estrellas y convocar regatas, inventar un edén para pasear desnudos, más provechoso aún que el de la biblia, en plena madrugada, y plantarlo en tu puerta antes de que la noche acabara venciéndote con su poción de sueño.

Los hombres del Mester de Juglaría saben que fui tuyo, yo, que nunca fui de nadie. Ellos saben que te llevo orgulloso tatuada en las espaldas. Pero por más mamporros que me dieron, guardé todas las claves de tu signo por respeto a tu deseo de permanecer oculta. No les hablé de tu casa junto al río ni de tus dotes de buena cocinera; ni de tu pan de leche o de tu vino. No les hablé de los tres pájaros verdes que acompañan el paso de tus días; ni dije conocer adonde te habías marchado, ni que te fuiste sin despedirte apenas. No dije que en la huida tú te habías llevado los planos de mis mundos de agua y de papel dejándome sumido en el silencio literario de la nada. No dije con que fuerza entró tu voz en mí, ni confesé que eres, y serás, lo más bonito que he tenido a día de hoy.

Vive tu paz de forajida. No reveló mi boca, amor, de ti ni una palabra.


Inexplicablemente, hoy he vuelto a esos días en los que yo te amaba como un loco que sabe que jamás será correspondido. He vuelto a aquellos tiempos en los que mi palabra, (tuya y mil veces tuya para siempre) se desnudaba y acomodaba en los espacios oscuros de mi cuarto, como una aparición blanca y resolutiva en su pureza, convocándome a consumar contigo el noble acto de la arquitectura.





viernes, 16 de diciembre de 2016

Iguana-man.





Hace poco un amigo me dijo que los escritores autodidactas solían tener durante el período de aprendizaje épocas de sequía, y no me refiero a esa sequía maldita a la que los escritores llaman bloqueo, en realidad hablo de un receso importante en la producción, el mismo que yo vengo sufriendo desde hace un par de meses; una negación extraña, diríase aversión, a todo lo relacionado con la escritura. Vamos, que veo una letra y ya mismito me amarro a dar gritos (valga la rima) de terror, como la actriz de psicosis en la ducha.

Posiblemente no sea ni seré nunca un escritor auténtico. Pese a que muchos poetas con oficio me han dicho ya, por activa y por pasiva, que tengo madera para eso de los versos, yo sigo empeñado en que no lo soy, la prueba está en que no siento pena alguna por mi prolongado desgano creativo; ni frío ni calor, la verdad sea dicha.

No sé de qué le sirve a otros poetas el arte de versar, a mí desde luego me ha consolado mucho en los momentos duros, y hasta me ha valido para escurrir el bulto en esas ocasiones en las que el amor de mi vida reclama toda mi atención en situaciones en las que el horno no estaba para galleticas ni yo, sinceramente, para hacerme el amante atento:

—Madison, me han pedido una foto de alta resolución para una revista de jazz ¿te encargas tú de enviarla? —me propone  ella.

—Ay mi amor, ahora no puede ser, estoy escribiendo.

Y, ¡zas!... portazo que te crió y taconeo en versión huida corredor a traves, porque cuando un tipo está pariendo un poema hay que dejarlo hacer no vaya a ser que el vástago salga torcido.

Sí. Mi pareja tiene la enferma costumbre de usarme como contenedor. Siempre vacía en mí todas sus movidas y frustraciones profesionales, y no le basta con desahogarse sino que, además, pretende que yo le solucione su papeleta.

—Cariño, dile a tu mánager que te lo solucione. Es su trabajo y por eso se lleva el 16%. —le sugerí.

—Pues podrías arreglarlo tú, coño, que también eres mánager. —sugirió ella.

—Pero si no perteneces a nuestra oficina, amor (gracias a dios), me estás rayando con tanta queja, para ya, por la gloria de mi padre, que yo también tengo mis propios asuntos chungos y no te los cuento. —eso le dije.

—Déjame hablar, Madison, que nunca me dejas hablar. —eso dijo, como si yo la hubiera amordazado, y continuó largando.

 Logicamente, a esas alturas de su desahogo yo ya no estaba por la labor de llevarle la contraria, tranquilizarla, lavarle el cerebro... Haciendo honor a la sinceridad, ese preciso día yo no estaba por la labor de nada. Si ella, o algún otro miembro de mi clan, me hubiera comunicado que en ese instante estaba en posesión de una mochila bomba y que se disponía a volar el piso, yo no habría hecho absolutamente nada.

Sí. Parece ser que mi desidia no es solo literaria. O quizás mi desidia personal, con su potentísimo poder a lo gas mostaza, acabó por infestar a mis musas y a mis ganas.

Lo cierto es que luego de tanto tiempo sin escribir ni una miserable, puta palabra, para no perder la costumbre de inventar o quizás porque, caray, la capacidad de crear imágenes es el único punto de encuentro entre el oficio y yo, mientras la arenga de ella transcurría en diferido, me dio por imaginar que yo era una iguana.

Sí, una iguana que vivía sola en su terrario. Una iguana muy orgullosa de su cresta, arrebatada, loca perdida con su arenita y con sus piedras, con su ración diaria gratis de fruta y de verdura de buena calidad; col rizada, champiñones, hojas de mostaza, hojas de diente de león... y lo mejor de todo el invento: una iguana soltera y sin compromiso; una iguana sin perrito ni gatico (como dicen en mi tierra), un bicharraco verde y feliz de no tener una esposa verde chillón, de ojos saltones, con una cresta a juego con la suya empeñada en hacerle la putada con todo ese asuntico de la crisis y de la cultura en España (pura mierda), y todo ese avasallamiento que todo artista español que pretenda mantener a su prole (aunque eso ya lo hago yo, reina mora) sufre a día de hoy en sus carnes.

Si para algo sirve la poética es, por supuesto, como válvula de escape. Mientras la bella largaba por esa boquita de pitiminí, yo (Juanito la iguana)  abrí mentalmente y a todo dar el grifo de los versos.


******

"Iguana-man".


Claro que sí, mi vida, yo también
tengo la vida, amor, hecha un desastre.

Estoy lo que se dice muy hecho polvo.

Soy una iguana enorme 
a la que le da igual ver la vida pasar 
a través del cristal de su terrario.

Ya sé: me necesitas.

Necesitas un héroe al que comerle
cada día la oreja con tus penas,
pero el héroe que buscas, el de antes, 
gasta ya muchas canas.
Al Superman de hoy 
le importan un pimiento el mundo, el universo 
y todas sus milongas,
los llamados terrestres
y las crisis.

Si no te importa, cielo, papi se desconecta. 

Se está de puta madre en el terrario. Corto y cambio.

******

Y ahí quedó la cosa, en un poema. Aunque ni puta idea de cuando vendrá el próximo. Tampoco es que me esfuerce mucho, porque como ya les he dicho:

¡Se está de puta madre en el terrario!








jueves, 6 de octubre de 2016

Cristal de Bohemia (De, “Cuentos para despertar a Eva”. Capítulo II)



Mara, madre en lengua antigua, no era la primera hembra que despertara en el capitán Madison la ferocidad del sexo a quema ropa. La llegada de Mara de Armas al meridiano de su existencia lo había llevado a replantearse su auto impuesta soledad y a preguntarse, qué había sido de aquel sentimiento llamado amor. Por un amor del pasado el capitán había levantado rejas en su pecho y enjaulado tras ellas a su corazón.



Yo, que ya he luchando contra toda la maldad
tengo las manos tan desechas de apretar, que ni te pueden sujetar,
vete de mi... 
Seré en tu vida lo mejor  de la neblina del ayer 
cuando me llegues a olvidar,
como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.


Posee un corazón poco visto, capitán, muy propenso a contraer la enfermedad de bohemia.
—¿La enfermedad de Bohemia? —preguntó el capitán al curandero persa.

—El corazón se inflama e infecta por causa del mal de amores sufriendo como resultado una necrosis. Su corazón corre el peligro  de estallar en fragmentos al mínimo percance emocional, querella o contratiempo.

Según el dictamen del curandero, experto en catalogar corazones, el músculo cardíaco del capitán Madison se había tornado entonces tan quebradizo como una copa de cristal de Bohemia.

A tan solo dos meses de su nombramiento, el joven capitán John Williams Madison, gallardo y valeroso como su abuelo, pero sin la pericia para capitanear a solas un galeón de la magnitud del Golden Hind, necesitaba aún del temple de acero de su antecesor al mando para tratar con una veintena de hombres, todos negados a juramentar lealtad a un marinero dotado con un corazón que corría el riesgo de añicarse al mínimo disgusto o percance en alta mar; veinte hombres de hielo que solo ofrendarían el filo de su acero y sus vidas a su antecesor de hielo: Sir. Francis Drake; el corsario más experimentado (según contaban los pescadores y piratas ya retirados a los jovenes marineros que llegaban al puerto de Londres, con la intención de alistarse en la tripulación de Sir Francis, a requerimiento de éste, a los taberneros y tratantes de paso que prestaban oídos a las sangrientas historias del pasado, histriónicas batallas de las que habían sido testigos sus cuerpos mutilados, tatuados con multiples cicatrices, mientras apagaban el ardor de la sed apoltronados en la barra) y temible de la historia de la piratería hasta la fecha.

Ante el mal augurio del curandero, el Golden Hind abandonó la ruta programada hacia Cartagena de Indias, practicando, por mandato de Sir Francis, el viraje inmediato rumbo a Malasia donde, se decía, encontrarían al chamán recomendado por el curandero que podría sanar el corazón de su nieto.

****

—Ha venido al lugar equivocado. Lamento decirle que mis artes no me permiten reparar corazones rotos, creo que usted lo sabe tanto como yo, capitán Madison. Si juntara las partes truncadas valiéndome de un potente conjuro a modo de adhesivo, quizás. A simple vista puede que funcione. Pero a contraluz, siempre serán visibles las antiguas marcas de la hondura de las cicatrices. ¡Ah, capitán! no me mire con esos ojos de león desangrado. Su corazón atesora una memoria del momento puntual en el que se produjo la rotura que salta por los aires como un interruptor, de esos automáticos, cuando se sabe en manos poco conocedoras del funcionamiento de sus matices emocionales ¿No se lo dijo su madre? Porque fue ella quien le dejó como herencia esa extraña particularidad.

—¿Mi madre? ¿eso cree?

—Quizás su... ¿padre?

—Sus poderes flaquean, chamán.

El capitán rió escandalosamente ante la desacertada predicción.

—Deje ya de reír. Está asustando a mis pájaros. ¡Vamos pajaritos míos, venid con papá!

El chamán abrió la jaula liberando a las aves. El enjambre multicolor de colibríes revoloteo alocado por la estancia buscando un lugar apacible donde posar sus nervios, lejos del desorden risueño del joven capitán.

—La enfermedad la heredé de mi difunta abuela paterna —aclaró el capitán— pero al parecer ella obvió la letra pequeña: proteger mi corazón a toda costa de las mujeres tóxicas y de los amores mal correspondidos.

—Pues ándese con ojo, capitán, porque usted siente una debilidad enfermiza por las mujeres, solo será cuestión de tiempo que su corazón vuelva a quedar en su próxima aventura amorosa; en una palabra...

—Cállese, pajarraco. Me está usted enterrando antes de morir.

—No se apure, capitán. Existe una cura para su rara dolencia.

—Pues no se me ande por las ramas.

—El maestro del cristal, capitán. Ese hombre puede conseguir que sus viejas heridas, ahora abiertas, dejen  de sangrar. Sólo él puede curar la enfermedad de los bohemios.

—¿Conoce a ese hombre?

—No, pero sé donde encontrarlo, mi padre me habló de él cuando yo era un niño. Le llaman el "Bufador de vidre"*.

—Estoy dispuesto a pagar lo que me pida por esa información.

—Verá, capitán Madison, el paradero de ese hombre conllevará un alto precio, y le advierto que no voy tras su oro.

—¿Ni siquiera tras el tesoro de "Nuestra Señora de Juncal"?*

El chamán sacudió la cabeza en acto de firme desaprobación.

—De acuerdo. Tengo un objeto muy especial. Una maravilla.

—¿Me está proponiendo un trueque?

—Exacto, pajarraco. La reliquia en cuestión perteneció a Barba negra.

—¿A Barba negra? ¿Esa tina mohosa y sucia donde él se bañaba los domingos?

—¿Cómo lo ha adivinado?

—Adivinar es lo mío, capitán. Pero sepa que no tengo interés en esa vulgar antiguaya de madera podrida.

—¿Antiguaya vulgar? Le devuelve el vigor a los hombres.

—No necesito vigor, capitán. —respondió molesto el chamán,  como recordatorio de su condición de hombre célibe. —Sepa que no me interesan, en lo absoluto, ninguna de esas baratijas supuestamente mágicas que usted guarda en su bodega.

—¿Y... qué será entonces, pájaro agorero?

—¡Oh!, se trata de una reliquia muy "especial" y significativa para usted.

El capitán sólo tenía entre sus posesiones, apartando su frágil corazón de cristal de Bohemia, un objeto con esa categoría de "especial": su navío. La embarcación más veloz que existía en el mundo. La única capaz de abandonar la quietud del océano y ascender a los cielos hasta atravesar las nubes en un raudo vuelo: su "Golden Hind".

—¿Y para qué necesita un chamán un navío volador?

—¿Para viajar a Beta Arae?*

—No me haga reír. Nunca podrá aproximarse siquiera a "Ara*".

—¿Usted cree?

—No existe conjuro capaz de hacer que despegue. Las velas del Golden Hind obedecen al llamado de la sangre. Sólo Sir Francis Drake y este servidor podemos capitanear ese galeón.

—¡Vaya! , entonces usted es...

—El nieto de Draco, chamán. De modo que el Golden queda excluido del trueque, pero puedo llevarle a mi bodega para que elija cualquier otro cachivache. ¿Le interesa un cargamento de lágrimas de sirenas embotelladas? Es muy efectivo para atraer a los monzones.

—¿Y a quién le importan los monzones? Lo que yo necesito es ir a Beta Arae.

—¿Y para qué, pajarraco?

—Para recuperar mis dotes adivinatorias.




lunes, 3 de octubre de 2016

De: "Cuentos para despertar a Eva".

Capítulo I.


En la mar todo era lejano.


Hacía mucho tiempo que el capitán John Williams Madison había olvidado los mapas de retorno hacia su isla natal. En la calma chicha de las noches veraniegas las leguas se le antojaban eternas. Y mientras el navío bogaba sobre el silencio oscuro de la noche como un crío huérfano, indefenso ante lo imprevisible de las aguas, asignados los turnos de guardia en la torre del vigía y en el puente, el capitán delegaba su rango en el primer oficial y se reunía  con el resto de la tripulación en la popa de proa. Charlaban, bebían ron y ponche de guarapo, y entonaban canciones hasta bien entrada la madrugada:


*Cuando te beso, 
todo un océano me corre por las venas,
nacen flores en mi cuerpo cual jardín,
y me abonas y me podas, soy feliz,
y sobre mi lengua se desviste un ruiseñor,
y entre sus alitas nos amamos sin pudor,

cuando me besas, 
un premio novel le regalas a mi boca.

Cantaban a coro mecidos por el vaivén irregular del océano, movidos por la evocación de sus amores fugaces hermanados en las pasiones abandonadas, detenidas temporalmente en tierra a la espera de que el Golden Hind avistara el próximo puerto que cobraba, ante los ojos de los marineros, la apariencia de un fantasma grávido de corta permanencia en la constante movilidad de sus vidas de nómadas.



Mendigo, malandro, negrito, mulato, marginal.
Esclavo evadido o loco perdido,
voy a hacer mi festival,
mambembe, gitano,
debajo del puente, 
cantando,
bajo de la tierra, 
cantando,
en la boca del pueblo,
 cantando...



 Expulsados por voluntad propia los mapas  hacia las Antillas de la memoria del capitán, su tierra prometida era entonces esa armazón de madera  bautizada en su día como "Cierva dorada", acondicionada para la práctica del comercio y la piratería y que había serpenteando antaño esas mismas rutas que el olvido se había encargado de borrar, con su abuelo como capitán, a la caza de tesoros que ofrecer a la corona británica.

Desde que Madison fuera ordenado por su abuelo Francis Drake capitán del Golden, un par de años antes de que se produjera su trágica muerte, no recordaba haber conocido en sus carnes el miedo a la soledad. John Williams Madison se sentía tan solitario como el océano y se había empleado, con el imbatible paso de los años, muy a fondo en comprenderla, en domesticarla y quererla. Nunca le había pesado tanto su soltería hasta encontrar a Mara.

El capitán presumía de tener en su camarote una imagen del perfil aniñado de Mara brillando sobre el blanco de las elegantes perlas que rodeaban su cuello de cisne. Ellos no se conocían personalmente, pero era un hecho probado que  aquella mujer que firmaba sus poemarios y novelas con el  seudónimo de Mara de Armas lo hacía feliz desde su exótico paraíso; una casa de madera perdida en el hemisferio sur del mundo alejada del tumultuoso bullicio de la ciudad, a orillas del río Paraná.

Mara lo hacía feliz desde su lejanía cercana en la correspondencia, aunque él no pudiera desnudarla en su santuario marino para amarla a plenitud.

Una tarde de finales de agosto, mientras el capitán paseaba por los comercios del puerto de Singapur, decidió entrar en una librería de paso. Abastecerse con algunas novelas harían más llevaderas las noches en alta mar. Por solo cincuenta rupias adquirió un lote de cinco libros que incluía uno de los poemarios de Mara: "El pan de la buena vida".

El capitán pasó toda la noche inmerso en su lectura; ciento veinte páginas que iban desde los romances lorquianos al verso blanco. El curioso poemario incluía también veinticinco recetas de repostería recogidas en la segunda parte del libro, publicado por quinta vez en edición de bolsillo con el lema:  "cocina para hombres solteros". Las pruebas evidenciaban que el capitán era uno de aquellos hombres solteros negados al arte culinario a los que hacía referencia el recetario, pero él no estaba dispuesto a hacer a un lado el sextante y las cartas de navegación para entrar en la cocina, ni a dejar aquel libro en las torpes manos de su cocinero, Ludovico, por muy buenas artes que el italiano tuviera. Y ardía en el corazón del capitán la esperanza de que fuera la propia Mara de Armas quien preparara sus delicatessen en la cocina del Golden Hind. De ningún modo abandonaría el puerto de Singapur sin conocer el paradero de aquella mujer con artes de hechicera para enamorar a golpe de verso y endulzar el estómago del más exigente comensal. El librero se mostró reacio a soltar prenda cuando el capitán se presentó en la librería indagando  por el paradero de la escritora. Finalmente, el buen hombre desembuchó gracias a los generosos doblones del capitán.

Con el devenir de los meses ambos fueron haciendo a un lado las formalidades en el trato y pasaron, sin darse apenas cuenta, del ceremonial  señora y el estimado capitán, a: mi admirada Mara,  capitán John Williams Madison (a excepción de su santa madre, en gloria desde hacía cinco años, nadie lo llamaba por su nombre de pila al completo, sólo capitán), o capitán Madison, hasta acabar en: mi estrella polar, mi fuerza extraña, de puño y letra del propio capitán, y "mi capitán", brillando en la caligrafía esmerada, en tinta Rosa fucsia, con la que Mara de Armas solía responder sus cartas, siempre impregnadas con el aroma de los ingredientes exóticos que ella empleaba para hornear sus bollos de miel: canela, cacao importado de Brasil, pimienta de jamaica...

Una foto y un buen puñado de cartas no atesoraban más valor que la misma Mara de Armas en persona. El capitán Madison estaba tan decidido a saltar la estática barrera coralina de la comunicación epistolar, que hasta le había prendido una vela y entonado la Salve de los marineros a aquella virgen de la que su abuelo fuera en vida devoto, la Virgen del Carmen, y ofrendado flores y palomas y collares de plata al despuntar el alba, a aquella poderosa reina del mar en la que su madre depositaba el desenlace o arreglo definitivo de los tormentos del corazón, Yemaya Olokun. Todo con tal de ver materializado el sueño de contemplar a Mara de Armas desandar a pie grácil la pasarela que unía el puerto con el varaje del Golden Hind; lo que fuera por degustar, al menos por un día, uno de esos desayunos copiosos que tienen cabida luego de una noche de pasión mientras Mara, sentada en su regazo de hombre maduro, reía como un cascabelito al verlo zampar sus bollos de miel con la fascinación desmedida que sienten los críos por las golosinas.

Mara era la pieza imprescindible que completaba el puzzle de su hombría. Algo valioso que ya había tenido con anterioridad en otro estado físico y que él había perdido en algún tramo del camino.

En las noches en que la mar se mostraba piadosa, el capitán Madison se recluía en su camarote y fabulaba despierto con la verticalidad de los cabellos castaños de Mara sobre su espalda desnuda camino de la ducha. Fabulaba con su dulzor tímido mientras, Andrómeda, desfilaba en sllow mottion a través del ojo de buey del camarote al compás de la voz en el gramófono:"voy soñando con tus besos por el callejón del agua/ no despertarme del sueño campanas de la Giralda... 

Su dulzor estallando en hecatombe junto a ese otro Madison que él había sido en el pasado. Fabulaba a ojos abiertos con sus pies de geisha recorriendo su espalda tatuada por los azotes del Sol en cubierta en las largas travesías, con un mundo donde el camarote, colmado de suspiros aleatorios, cumplía el milagro de derribar sus cortafuegos de mujer precavida, dispuesta entonces a complacer sus ansias amatorias de lobo transoceánico.

Fabulaba... con la pasión de un escritor en buena racha hasta quedar plácidamente dormido, o hasta que, por fuerzas mayores,  el primer oficial requería su presencia en el puente y la evocación de aquella Mara, reconstruida por él con los fragmentos almáticos que ella le mostraba entre líneas, quedaba flotando en el camarote hasta la próxima ensoñación.

El capitán John Williams Madison la deseaba con la misma desesperación con la que su tripulación esperaba oír la voz del vigía en la torreta vociferando de a pleno: ¡tierraaaaaa!, para adentrarse en las tabernas del puerto de Tombuctú, Antioquía, Katmandú... en busca de compañía femenina, luego de varios meses en alta mar, tanto-tanto, que sería capaz de entregarle a quien se lo pidiera en el próximo puerto todo el botín atesorado en sus bodegas, si ese "alguien" fuera capaz de proporcionarle un futuro junto a Mara.


Nosotros seremos lo que tú quieras que seamos,
yo soy lo que te de la gana,
échamelo todo en cara.
También soy el que te acaricia en las mañanas,
yo soy el que te ama,
el que te da las ganas y desganas.
Yo soy el que te cuenta las pestañas.
Yo soy el que arropa
cuando estás durmiendo y te quedas helada.

Yo soy el que navega contra el viento,

ahora dime que no
perdemos los dos,
si te vas...





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n.del a: *“Cuando te beso", letra y música del maestro Juan Luis Guerra.





domingo, 2 de octubre de 2016

Decálogo del cabreo padre.





"Publica y serás crucificado"
(Guillermo Cabrera Infante)



Los escritores novatos creemos saberlo todo solo por que un buen día, Tim Berners Lee, el padre de Internet,  tuvo la brillante idea de poner en marcha un proyecto para facilitar el intercambio de información entre científicos e investigadores, que años más tarde, desembocó en el gigante del que ahora todos hacemos uso: Internet.

Desde que Google ha decretado barra libre hay mucha peña escribiendo, mucha peña que ha dado el salto a la fama, (den gracias a papi-web) y mucha peña que no tiene ni puta idea.

Comenzaré aclarando que no soy escritor, sino blogger. Hay una diferencia abismal entre esos dos conceptos. Uno no es escritor hasta que el oficio se completa, de modo que es inútil auto-llamarse y auto-laurearse como escritor estando en plena formación.

El tatuaje es un centro de experimentación, (creo haberlo dicho en más de una ocasión), abierto a la crítica. Lo que acabo de afirmar es perfectamente demostrable en los archivos. De momento no se me ha caído nada porque alguien me señale un error, o varios, en el texto. Lo tengo todo muy en su sitio, (la bilirrubina bien alta, ni siquiera tomo esas pastillitas azules para papipitufos azules sin capacidad de reacción en las noches azules). Hay muchas entradas donde se me señalan faltas ortográficas, errores de estilo, incluso, un comentarista me deja en la caja de comentarios una pregunta curiosa que me hace volver sobre mis pasos y darme cuenta que había omitido información importante para la comprensión del relato (el comentarista se quejaba de no entender ciertas escenas) e incluído mucha basura irrelevante.

Gracias, señor lector, tu comentario aún permanece en la entrada como recordatorio de la importancia de la opinión de quién se ha tomado el trabajo de abrir una entrada de un autor en tránsito, autor anónimo, y dedicado unos minutos.

Decálogo para escritores en tránsito.

1. Dale tus escritos a tu mamá. Las madres son como los borrachos pero en una versión sobria, nunca mienten, pero antes preguntate si tu vieja va a dejar de lado la cena o la compra para leer tus tremendísimas "perlitas". Mientras no estés seguro de ello, ni lo intentes.

2. Escucha con atención lo que los lectores, sean escritores o no, opinen sobre tu trabajo, y saca tus propias conclusiones (Dale por el c.u.l.o a tu ego)


3. Comparte tu trabajo con  escritores que ya conozcan el oficio. Su opinión te ahorrará tiempo en cuanto a aprendizaje y aportará riqueza y conocimiento atu carrera.

4. Sé un tío legal, o una tía con ovarios, y no me visites sólo para que te devuelva el favor. A mí me la sudan las visitas.

5. Ama a tus comentaristas. (A los verdaderos, esos que te leen porque realmente les gusta lo que escribes y no por no por la simple razón de cumplir).

6. No te cagues en los muertos. (Gabo, Faulkner, Truman Capote, Hemingway, Charles Bukowski... todos esos hombres dejaron sus obras para que las disfrutemos y aprendamos de ellos)

Lee bueno.

7. Un escritor muestra su valía sobre el terreno. Si quieres mostrar que eres vanguardista y muy cañero, demuestralo con una de tus paridas, no cargues contra los defensores de la buena literatura solo para chupar cámara en las redes sociales de turno.

8. Nadie nace sabio. Hay mucha peña colaborando en tu formación: lectores, tu santa madre con sus ácidas críticas, tus colegas principiantes, el tipo que te lee en las redes sociales y comparte tu relato, aún sabiendo lo mucho que te falta para enterarte de los que vale un peine en literatura...

Sé agradecido.

9. Que publiques en tu blog y que un montón de peña te deje sus comentarios adulatorios, en este caso, no significa que seas el escritor del año. (La sinceridad es un arma de doble filo, duele, hiere que te digan que eso que tú has escrito es aburrido, tedioso, una milonga de las buenas, en fin, tu barco pierde agua por muchos sitios, colega, pero es el único modo de saber si realmente lo estás haciendo bien).

10. A quien le pica es por que ajos come.

Gracias.

Soy J. Madison y ha sido un placer escribir para ustedes.




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n.del.a: Gracias siempre a todos los que han hecho posible mi crecimiento hasta la fecha: Gavrí Akhenazi, Mirella Santoro, Morgana de Palacios, Eva Lucía Armas, a todos mis compañeros.

Gracias mil a mis comentaristas por su tiempo, apoyo y cariño, opiniones y correcciones.

Perdón una vez más, María Campra Peláez (mamá escritora) por aquel incidente.

Abrazo.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Mundos paralelos.


En un lugar lejano, no registrado en lo tangible de los mapas, existe un hombre. Fuma tabaco negro de la marca comercial Captain black en una pipa de marfil. Su mujer se la regaló por el aniversario de sus bodas de plata.


Lleva barba y coleta, y una chaqueta azul cruzada al frente con botones dorados,  como los viejos marineros.

Siempre fue más activo durante la noche y en cuanto oscurece, el hombre sube al ático de la casa a escribir sus historias:  cuentos que narran los naufragios de embarcaciones tan chiquitas como una cáscara de nuez vapuleadas por álgidas tormentas, historias sobre los ángeles a los que se encomiendan los ocupantes de la nuez minutos antes de morir, novelas de sirenas cuya fisonomía dista de la que rememoran las leyendas. Las sirenas que habitan en sus libros no pierden el tiempo en seducir a los marinos con sus cantos ni en salvarlos de morir ahogados. Ellas prefieren vivir tranquilas al margen de esos hombres, y ocultar a sus crías de la codicia de los balleneros por sus lágrimas de perlas, en las bodegas del cinturón de galeones que conforman el cementerio de navíos "Merrows".

"Ceasg", la casa de madera construida por él en la cumbre más alta de aquel lugar sin nombre es, a la vista de los lugareños, un buque acorazado bogando sobre la cresta de una imponente ola congelada por las nevadas. Presidiendo el salón de la casa, la chimenea de piedra alberga un fuego magnífico que caldea durante todo el día los tres pisos con la entereza de un sol perenne.

En la habitación donde el hombre teclea hay un trago de vodka junto a la máquina de escribir, un perro labrador —Diamante— echado bajo el escritorio de nogal, junto a sus piernas, y la voz de una mujer que canta viejos standars de jazz al fondo de la casa, en la cocina, mientras hornea bollos y galletas; una mujer de anís y de jengibre que lo hace estremecer cuando lo llama mío.

El hombre se pregunta que hubiera sido de él sin su épica mujer de pan con voz de niña, una mujer que le hace el amor en las mañanas como si el mundo que ambos comparten fuera a partirse en dos en la próxima hora atropellado por el tren de mercancías que pertrecha de víveres y demás provisiones a los comerciantes de la zona.

Se pregunta, mientras la ve entrar en el despacho con la bandeja que contiene su cena, si en otra vida él también tuvo esa mujer con alas de amapolas chinescas que destierra al infierno sus miedos cuando revolotea desnuda por el cuarto; se pregunta qué suerte hubiera corrido su existencia en un mundo sin ella.

—Cariño.

—¿Mum, capitán?

La mujer deja la cena en el escritorio. El capitán sin nombre interrumpe el teclear durante unos segundos.

—¿Crees que pueda existir un mundo paralelo a Ceags, a nosotros? —pregunta el hombre a su mujer.

Mientras tanto, otro hombre (un poeta) imagina en su piso de Barcelona una segunda vida distinta de la suya en un país distante al que no ha dado todavía un nombre. Hay un trago de vodka en la mesilla de su cuarto del que bebe espaciadamente. La historia discurre en libertad sobre el papel entretejida a las estrofas del romance: una casa preciosa construida en lo alto de un monte —Ceasg— que siempre huele a bollos de leche y a jengibre y una mujer de pan con voz de niña, Eva, cantando muy al fondo de la casa, en la cocina, "Blue Moon".






miércoles, 21 de septiembre de 2016

La maestra del agua.




La maestra del agua.


Ella es escritora y fotógrafa.




Ah... olvidaba decir a los curiosos que la mujer de la que les hablo es además, en el ejercicio de su diario: "maestra del agua".

Pero si tuviera que definir su verdadera vocación entonces debería contarles que — la Sra. Laurenz— es, por encima de todo, una escapista profesional que tuvo la gran suerte de ser, en su anterior versión, discípula del mejor ilusionista de todos los tiempos: Harry Houdini.

Se comenta en los cafés de moda donde los escritores acuden en las tardes de sábado a confraternizar, que la maestra del agua y el señor Houdini se conocieron en Broadway, mucho antes de que el ilusionista encontrara a Bess, la mujer que posteriormente se convertiría en su esposa. El casual encuentro entre ambos se produjo durante aquel legendario espectáculo donde Houdini estuvo a punto de morir ahogado mientras intentaba escapar de las profundidades de un bidón de cerveza, cuando un médico presente en la sala requirió a voces la presencia de la maestra del agua, apoltronada en la primera fila, para revivirlo.


Por las mañanas, sobre todo en los días en los que el sol se muestra benévolo con los peninsulares dejándose caer de a pleno sobre Barcelona, la Sra. Laurenz toma en el desayuno una poción de realidad libertadora aderezada con dos cucharadas de lavanda, un ligero de toque de vainilla afrancesada y cinco bayas de enebro maceradas en una copa de champán, receta especial del propio Houdini, escrita entre líneas en el libro donde él acostumbra a registrar los secretos de sus trucos de magia y que éste le entregara minutos antes de morir, en Detroit; el único objeto que el velo del olvido le permitió a la Sra. Laurenz conservar como recuerdo de aquella vida pasada.

Minutos después de ingerir el preparado, la maestra del agua se desmaterializa y escurre, cámara en mano, por entre las flores de los cactus de su jardín; un viaje espiritual que ella ha bautizado como: "el renacimiento de las flores marchitas", una majestuosa peregrinación donde los cactus hacen a un lado su labor de encontrar agua para sentarse al pie de las arenas del tiempo y oír el paso de su verbo.

—"¡Ah, Johnny, querido! me siento como la Cenicienta estrenando sus maravillosas deportivas nikes, (bueno, lo cierto es que nuestro diálogo no transcurrió exactamente así, la Sra. Laurenz tiene un gusto exquisito en lo que a la moda se refiere, les pido disculpas por el lapsus imaginativo, lo que la señora Laurenz expresó en realidad fue, transcribo textualmente: "ah, John, estoy viviendo uno de mis mejores momentos, se diría que estoy asistiendo en primer plano al redescubrimiento de la nueva Sra. Laurenz"). Eso me confesó hace apenas un par de semanas.

Nunca supe cuándo fue la primera vez que decidí reverenciarla con ese abolengo señorial que —segun la RAE— y algún que otro panfleto aclaratorio en línea, define a una mujer como persona adulta, entre otras cosas, todas dignas y representativas del respeto; pero sí recuerdo que fue a raíz de uno de sus trucos de escapismo que decidí convertirme en un Gatsby en toda regla que las noches observando, desde mi posición lejana en el puente y catalejo en mano, ojo avizor debo decir, su misterioso mundo iluminado por las antorchas de fuego que ella plantaba cada noche, como un faro de luz inapagable, en el sendero que conduce a los visitantes hacia su casa: músicos de jazz-farria, motoristas erráticolunantes, pintores, retratistas del aura y escritores, que poetizan el futuro sobre la imperfección de los cubos de hielo destinados a refrigerar los deliciosos margaritas (según cuentan los chismosos del puerto) que Phillip, el mayordomo inglés de la familia Laurenz, prepara en grandes cantidades para los invitados.

Desde que soy un Gatsby furtivo, el catalejo sufre a mares ante la probabilidad de que las lluvias otoñales apaguen las antorchas nublando  nuestra voyeresca hazaña (Siempre ese dichoso catalejo acaba por contagiarme con su quisquillosa incertidumbre).

"Sabes que si me necesitas sólo tienes que llamarme y yo iré a verte, Johnny".

Ese fue el último mensaje que la Sra. Laurenz dejó para mí flotando en la atmósfera de "la nube", enviado desde su celular, mientras visitaba el mausoleo de Houdini.

Debo reconocer ante ustedes que me mata, literalmente, cuando ella dota en natural gesto de espontaneidad a mi ceremonioso John Madison, en honor a uno de los presidentes de América, de una cercanía grata al nombrarme "Johnny", tanto como a ella le gusta que yo marque una diferenciación entre ella y el resto de mujeres con mi elegante: Sra. Nada comparable al reflejo de ilusión en sus ojos cuando el sonido acristalado de su voz hace naufragar en la orilla de su boca el nombre en clave de Erik Weisz: Houdini.

¿Puede un poeta anónimo competir con el carismático Houdini? Me pregunté mientras observaba a los invitados pasear por el jardín copa de margarita en mano.

Yo nunca sería uno de los invitados a las famosas veladas que transcurrían, previa invitación, en la mansión Laurenz, por muy maravilloso y elegante que fuera el movimiento de mis caderas en la pista de baile.




Con el alma en derrota ante aquella certeza, guardé el catalejo en la mochila y me marché a casa a celebrar mi cumpleaños en solitario.



*************************


n. del a: Querido lector, acaba usted de leer una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Efectivamente, bloggers, amigos y seguidores. Un 21 de septiembre del... servidor llegó a este mundo para dar guerra.

¡Hoy es mi cumpleaños!

Gracias a todos por la lectura.

martes, 20 de septiembre de 2016

La mujer colibrí.










Desde que tengo uso de razón he cumplido a raja tabla con el rito familiar implantado por mi señora madre: comer pollo los domingos; pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a la creatividad culinaria de mamá. Tenía muy claro que mi nueva vida en España no sería un impedimento para que  siguiera cumpliendo con aquella vieja tradición, porque si algo había de sobra en mi nuevo paraíso era pollo. Pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a las leyes del libre comercio.

Así fue como el pollo, esa vulgar ave de corral sin atractivo físico alguno más que en cueros, doradita y  emplatada con su correspondiente guarnición, se convirtió en algo importante, imprescindible para mi supervivencia emocional.

El pollo pasó a ser el hilo conductor comunicativo entre mamá y yo, algo que materializaba el cordón umbilical que en su momento me mantuvo amarrado a ella. Yo podía tirarme la misma eternidad degustando un muslo de pollo mientras la recordaba, hasta roía el hueso tal y como hacía en Cuba (aquello había que aprovecharlo al máximo, uno sabía que no iba a a pillar pollo hasta el domingo siguiente). Y  era con ésa misma fiereza que yo atacaba, sin ningún asomo de piedad, a los pollos españoles, como si se tratara del último pollo de la tierra en mi último día en la tierra.

Mi adoración era tan enfermiza que mi suegra aprendió a preparar el famoso pollo a la barbacoa de mamá para complacerme cuando nos reuníamos en su casa para almorzar los domingos. Mi predilección por aquel manjar del montón mutó en una aversión espantosa cuando llegué a una amarga conclusión: comer pollo los domingos era el equivalente a los años que debían pasar hasta que mamá y yo nos  reencontráramos. Entonces decidí cambiar radicalmente mis hábitos alimentarios y convertirme en vegetariano.

Un domingo, mientras almorzaba con mi hija en un restaurante vegetariano, lugar libre de pollos y de su anatomía evocatoria, aquella nostalgia por mi madre y sus costumbres domingueras eclosionó, como los volcanes, cuando la camarera se acercó a nuestra mesa para  tomarnos nota.

—¿Y qué van a beber los señores? —preguntó mientras nos proporcionaba la carta.

Al mirarla, las lágrimas llegaron con irremediable prontitud al borde de mis ojos, como si en lugar de preguntarme ella que quería beber me hubiera comunicado que —en breve— vendrían a buscarme para conducirme hacia el patíbulo, y macho que es uno, mamá se había pasado toda la vida dándome la brasa con aquello de los hombres no lloran, eché el resto en no derramar ni una solita.

—Señor ¿está usted bien? —preguntó la chica— de repente se ha puesto pálido.

La visión de mi rostro debió lucir ante sus bonitos ojos grises como la de un indio que acaba de regresar inerme de un peligroso viaje astral, de ahí su interés.

—Papi ¿te duele la tripita? la abuela María tiene un jarabe muy rico que te hará hacer caca en un periquete. Sabe a platanito.

Eso dijo mi hija solidarizándose también con la causa desconocida de mi terrible mal, y porque sabía de más cuanto puede darte la lata un dolor de tripa en plena madrugada cuando le da por hacerse el zoquete. Un par de lágrimas traidoras, cobardes, debo decir, asomaron entonces para aguarme mi fiesta: el guateque del titán de bronce. La chica sacó una servilleta de papel del bolsillo del delantal y me la ofreció amablemente.

—Ay, ¿de verdad que no le pasa nada? —quiso saber.

—No, de veras que no. No se preocupe, estoy bien, si yo estoy (como dirían en mi tierra) entero —logré decir— por favor, traígale un jugo de naranja a mi hija, para mí un whiskie doble.

La chica no tardó en regresar con las bebidas.

—¿Han pensado ya lo que van a comer? —preguntó.

La pura verdad es que yo ya no podía aguantar más.

—¿Sabe usted que se parece muchísimo a mi vieja? —se lo pregunté así mirándola fijamente a los ojos. Pero qué imbecilidad, ¿verdad? es increíble lo gilipollas que vuelve a uno la nostalgia. Cómo podía saber esa muchacha que ella era clavadita a mi mamá si no se habían visto ni por postalitas, como diría mi vieja. Ellas eran tan parecidas que incluso compartían la temporalidad de llevar el pelo corto, mamá en los 70' y ella en sus actuales 90'.

—¿A su madre? ¿yo? —eso dijo, mirándome de arriba a abajo en un intento de encontrar algún rasgo genético que nos hermanara a ambos (imposible, yo soy, enteramente, cagado a mi difunto abuelo).

—Sí, usted, cuando  mi mamá era joven —dije para tranquilizarla— ¡Ella era tan linda! Mi mamá tenía a todo el barrio alborotao'. —agregué.

La chica debió mal interpretar mi carnaval de evocadores "era" como que mamá estaba muerta considerando oportuno darme el pésame.

—No, no, que mi mamá no se ha muerto ni nada de eso. Si estoy hecho polvo es por culpa del desgraciado que me la quitó. Él, y nadie más que él, es el culpable de nuestra separación.

—Sí, se llama Fidel —argumentó la pipiola de mi hija— papi siempre dice que ese hombre es un hombre muy malo, el diablo colorao' que le llama, y también que es un hijo de su...

—¡Niña, esa boquita! —grité, temeroso de que la señorita pipiola diera en público una muestra locuaz de lo deslenguados y creativos que pueden llegar a ser los tacos de un hijo dolido por la larga ausencia de su madre.

—De su mamá, papi, de su mamá.

—No se preocupe, lo entiendo —dijo la chica—  y sé cuánto pesa la distancia cuando se trata de una madre porque soy natural de Moscú. Ya sé que Moscú está a la vuelta de la esquina comparado con La Habana, pero no a la vuelta de mi casa.

Lo cierto es que nunca más volví a dejarme caer por aquel restaurante.

Una de esas tardes en las que solía echarme  a dormir la siesta con mis hijas soñé que mamá se había convertido en un pajarito y que vivía en una casita de madera dentro de mi pecho. Un colibrí preso que en las tardes lluviosas de domingo golpeaba con sus alas las rejas de su cárcel  pidiéndome salir. Entonces su hijo predilecto, el devorador de pollos, la dejaba en libertad, mamá planeaba un rato por el cuarto y luego, junto a la ventana, sufríamos la hipnosis que provoca la lluvia al contemplarla.

Fui tan feliz en aquel sueño con mi madre-colibrí posada sobre mi hombro.

No les he dicho que la mujer-colibrí (comencé a llamarla de ese modo luego de aquel sueño) sufre de aerofobia. Tardé mucho en convencerla para que accediera a tomar un vuelo a España.

—Mamá, no me hagas esa mierda, carajo, tú eres la mujer colibrí y las colibríes no tienen miedo a volar y yo tengo una mamitis de ampanga.

—Pues lo tengo, corazón mío. Bien sabe la Santísima Virgen de la Caridad que no miento.

—Oye, esos hijos de puta no dejan entrar a tu corazón en su país, ¿lo pillas? aún no, así que tendrás que venir tú. Me estoy muriendo por verte.

—Pues si no hay más remedio... —eso dijo mamá.

Algunos sueños llevan impresos en su a.d.n la condición de hacerse realidad. Un año después de aquella conversación telefónica mamá subió a un avión con destino a España, iba más sedada que los zombies de la serie "The walking dead".

 Finalmente la mujer colibrí y yo tuvimos nuestra sesión de lluvia, por septiembre, mientras comíamos pollo junto a la ventana de mi cuarto y nos poníamos al día, devolviéndole a los domingos el esplendor de antaño.








jueves, 15 de septiembre de 2016

Tango del pecado (Paridas en la noche)








¿Y... dónde fue que lo dejamos? Ah... ya; en pleno apogeo de la era blandiblu

Hacía una noche espléndida con un cielo espléndido, encendido encendidísimo, gente; porque brillaba una luna allá en lo más alto enorme, de esas de aaaaaah largo, saben.

Si pude darme cuenta del estado de la luna fue porque Luz dijo exactamente cuando entró en mi cuarto: ¡aaaah!... con los ojos puestos en el cielo. Y luego: ay, en un gritico de esos sexys que a ella tanto le gustan mientras se sentaba en una de las esquinitas de la cama. Y yo pase de la luna y le dije a la desesperada.

—¿Te encuentras mal, cariño? ¿Quieres que papi te traiga un cubito para vomitar?

Porque el parket es muy delicado, saben, y también porque mi consciencia de pepito Madison me tenía ya loco con todo ese asunto de la marihuana.

—Me siento de maravilla, amor. —dijo al fin Luz María, muy suave.

De maravilla, así, desparramada por mi cama de diseño con dosel de ochocientos cincuenta euros, sin zapatos (dios santo, que piececillos tan monos y delicados, para arrodillarse así, a lo Tarantino, y comérselos sin dejarle ni siquiera los huesos) quitándose las pinzas de su maravilloso recogido. ¡Qué alivio saber que mi Luz se encontraba muy o.k! Porque ese estado maravillal me daba la oportunidad de desparramarme yo también. Uno tiene derecho a desparramarse y a liberarse como los teléfonos móviles.

—¿Te importa que me quite la camisa, Luz María? —Pregunté.

En la vida hay que ser cortés y elegante. Según Gladys —mi mamá— con elegancia y con dulzura, papi elefante se la clavó a la hormiga.

—Que va, hombre, a mí que me va a importar si ésta es tu casa. —dijo Luz.

Y me lo dijo así con ojitos curiosos. Porque uno no se desnuda en los portales mientras está en medio del querer. Y entonces me quité los zapatos. Y la camisa. No, los pantalones no, aún no tocaba eso. Y ella dijo: ay. Así como de impacto total, y yo dije preocupado —ay de qué, Luz María.

—Nada, que me encantan tus tatuajes. Jo, papá no me deja hacerme uno de esos.

Comprensible, yo tampoco dejo que Robertico se tatúe. Antes de dar ese paso hay que pensarlo bien, peña, porque un tatuaje es todo lo contrario al amor; un tatoo es para la eternidad.

Pensé que no nos vendría mal algo de música para ambientar la situación, y un segundo destornillador para Luz María. Y un segundo pitillo de maría para papi.

—Pero solo para papi, eh, Luz María. Para ti solo un destornillador que es más que suficiente. Para que veas que no soy tan machista como tú piensas, a mí no me importa en lo absoluto que mi hembra se desmadre. Lo que haga falta, nena. Yo te trae papi la cajita de herramientas si es necesario.

Pues muy bien, gente. Luz María con su destornillador; yo con mi petardo de María, el cuarto a media luz como en ese tango, las cortinas corridas, sí hombre precavido vale por dos, porque siempre hay un gracioso en la lejanía armado con unos prismáticos queriendo montárselo a costa de la creatividad de uno, y la banda de "Pretty woman" sonando en el reproductor.

—Ay, que bonita esa peli de "Oficial y caballero", verdad papi —dijo Luz.

Y yo allí en la gloria contemplándola desde la butaca diciendo sí sí sí con la cabecita para arriba y para abajo fumándome mi pitillo.

—Ay que lindo cuando Richard Gere llega a la fábrica buscándo a Debra Winger, tan guapo vestido así de militar. Te imaginas, papi —eso dijo Luz, metiéndose un buen trancazo de destornillador con toda la finura del mundo sí.

¿Qué si me lo imagino?

Precisamente, peña, imaginar es mi especialidad y es a lo que me dedico en mis ratos libres; uno pierde una barbaridad de tiempo en esa mamonada de inventarse historias y es ahí cuando comienza lo de ser escritor. Primero hay que imaginar y luego viene esa candanga del planteo:

Yo entrando en el Gregorio Marañón. Yo entrando en uno de los quirófanos operativos del Gregorio Marañón, porque mi Luz María no trabaja en una fábrica, como la actriz protagonista de la película en cuestión ocupando un puesto en la cadena de montaje, sino en ese hospital. Aunque yo estoy convencido de que si el guionista de Oficial y caballero le hubiera preguntado a Debra Winger —la actriz protagonista— bueno Debra, la verdad y solamente la verdad, tú no te me cortes un pelo, reina mora, que aquí estamos para servirte en lo que haga falta, ¿a ti que te viene mejor para entrar en situación romántica?: fábrica o quirófano. Fijo que esa mujer se hubiera pedido: quirófano.

Muy bien. Al lío.

Yo vestido de oficial, super O.K; con mi arma reglamentaria asida al cinturón, como los pistoleros del siglo XXI. Yo entrando en quirófano. Yo acercándome —lentamente— a mi Luz María. La enfermera exclamando: ¡oh! El mariquita del anestesista exclamando: ¡oh! El cirujano haciendo a un lado el escalpelo y aplaudiendo. El ayudante del cirujano aplaudiendo. El equipo médico al completo aplaudiendo, silbando. El paciente en la inopia, tendido boca arriba en la mesa de operaciones con mas cables que una central eléctrica y el pecho hecho una mierda, rajado a corazón abierto. Yo tomando —artísticamente— en brazos a mi Luz María, toda sexy ella vestidita de verde quirófano, con su gorro verde quirófano a juego con el mobiliario verde quirófano y su tapa bocas y sus glamurosos guantes de silicona, y ese olor medicamentoso y enfermo que emanan los trabajadores de la salud. Y entonces es cuando suena ese pitido agua fiestas —largo— y el comemierda del cirujano grita:

—¡Caballero, déjense ya de tanto romance coño que el paciente se va! ¡Qué se nos va, carajo!

Mierda. Esto no es marihuana ni de coña. La maría no da por imaginar esas fantasías de escritor gilipollas.

—Espérate aquí un segundo, Luz María. Tengo que llamar a un colega.

—¿A las tres de la madrugada?

—I's very important, amor. Dale, tu ponte cómoda que yo vuelvo en un momento.

Y entonces bajé a hacer esa llamada, como no.

—Qué coño pasa. Es que no puede uno follar tranquilo, —ladró mi coleguita al otro lado de la línea.

—De verdad de la buena, tío ¿qué mierda fue la que me vendiste?

—¿Algún problema con mi material, Madi?

—Bueno, Luz María está aquí toda desparramada por el cuarto, blandiblu total papi papi papi imaginando que yo soy Richard Gere y que voy a buscarla vestido de madero —en plan Oficial y caballero— al Gregorio Marañón. Te vas a cagar si a Luz le pasa algo, Rafael.

Bueno, tuve que plantearle el dilema de esa manera. Ni de coña podía yo confesarle a mi colega del alma que era yo el que me había montado aquel numerito fantasioso. Luz María sólo dijo: te imaginas.

—Pero si lo que te llevaste es un material de excelente calidad importado de tierras jamaicanas, Madison. Te juro por la salud de mi vieja que la hierba no ha tenido absolutamente nada que ver con el flipe de Luz María. Es que mi prima es así de peliculera.

—¿Có-mo di-ces, Rafa?

—De fantasiosa, hermano, quise decir fantasiosa.

Sí. Ya nos íbamos entendiendo. Un tipo fantasioso, una mujer lindísima y fantasiosa. En pocas palabras: un cóctel molotov, peña.

—Esa marihuana es fiable. Totalmente. Te doy mi palabra, tío —concluyó mi camello-colega.

Y concluí yo la llamada, porque de repente escuché a traves del teléfono algo así como un golpe de látigo en el suelo, que no es de parket como el de mi chalet, Rafa no es tan pijo, y una voz femenina en tono imperativo; la voz de Candy:

—Cuelga inmediatamente ese teléfono, perro.

Y mi Rafa, con lo héroe y lo macho que se hace los sábados por la noche relatándonos sus caiditas de Roma sexuales en medio de su trapicheo jamaicano, allí, en Callao:

—Sí, mi ama. Lo que usted diga, mi ama.Todo sí sí sí, y todo sumisión.

Solucionado el asunto subí para el cuarto, según fui subiendo peldaños me fui enterando de lo que allí sonaba en ese instante: Calle trece. Una banda muy acorde con los destornilladores, el whysky y una marihuana premium con denominación de origen como bien asegura su distribuidor —Rafa— de excelente calidad, importada desde tierras jamaicanas. Y aquel cantante largando a todo tren por esa boquita:

súbele el volumen a la música satánica,

y súbele el volumen a la música satánica...

Insitándonos con aquel tango-ton, "El tango del pecado", sí, peña, porque aquello que sonaba en mi reproductor era una fusión entre el tango y el reguetón, a encuerarnos y a tirar la casa por la ventana de una maldita vez.

...porlaventanadeunamalditavez.

Y así, tal cual lo he transcrito para ustedes, fue como yo lo oí a mis espaldas en la voz de mi señora mamá, Gladys.

—Ay ay y ay, John Madison...

—Gladys, fuera de mi cuarto. Qué vergüenza que te dediques a espiarme mientras escribo.

—...ay, que ya nos conocemos y sé muy bien como de satánico y de caliente vas a poner el cuarto en el siguiente post.

—Eso a ti ni ta va ni te viene. Haz el favor de marcharte, Gladys Sánchez. Tengo que publicar la entrada antes de irme a currar.

—Y no se te ocurra decir que si Robokowski hacía, que si Robokowski deshacía.

—Esto ya es demasiado, Gladys.

—Sí sí. Ya me gustaría a mí saber lo que pensaba realmente la mamá de ese escritor de todas esas barbaridades que escribía, pero bueno, que sepas que a mí me da igual porque ese tal... Pataski,

—Bukowski, mamá, fenómeno Bukowski. Señor, institución Charles Bukowski.

—Pues eso, que el tal Bukoswski no es hijo mío. Ah, no. Tú no publicas ya más mierda pornográfica en blogger, como que yo me llamo Gladys Sánchez.
Pervertido. Cochino, que eres un cochino.

—Gladys, no toques la portátil.

—Niño, sueltame la mano, coño, que soy tu mamá...

Y afortunadamente, aquí está la entrada, peña. Gladys está cabreadísima conmigo. Tres días lleva sin dirigirme la palabra. Tendré que volver a los viejos hábitos: escribir en los garitos.

















SEO poético, (sólo para poetas)









Por estos días me he empleado a fondo en visitar una buena cantidad de webs, de esas que ofrecen a los bloggers consejos sobre cómo levantar su garito hasta el infinito y más allá, frase del personaje pixiano Buz Light Year que yo he hecho mía en diferentes artículos y relatos (Gracias, querido Buz).

Luego de indigestarme con tanto mandamiento googleriano he caído en la cuenta que ninguno de esos gurus han ideado un método verdaderamente funcional para los niños bonitos de la literatura: los poetas. Sí, señores poetas, amigos le poetas, amigos lectores que hoy me leen, voy a decirlo sin tapujos ni pelos en la lengua: los señores gurus no tienen ni puta idea de como diseñar una estrategia SEO para poetas. Por favor, pido que conste en acta lo a gustísimo que me he quedado.

Antes de comenzar debo decir que según mi investigación el SEO que se mueve actualmente en red está encaminado a las empresas, algo impensable para un poeta; la poesía no es un producto empresarial o una marca con la que se comercia. Como nota aclaratoria diré, afirmo, que no soy escritor, ni lo soy ni me siento, simplemente alguien que ama la literatura y que disfruta soltando estas perlitas en la red.

Soy blogger y a mucha honra.

Bueno, vamos allá, directo y al mentón, con el primer consejo a analizar:

Publicar contenidos que atraigan.

Según los gurus consiste en lanzarse en picado con la mediación de una herramienta
a la búsqueda de blogs con categoría y rango similar al mío con el objeto de dilucidar que temáticas consiguen atraer un mayor número de enlaces o menciones desde otros blogs...

Imaginen lo que supone dicha acción para un poeta. Una de las primeras cosas que uno aprende en el oficio es a ser creativo. Si realmente se quiere cumplir con esta premisa es preciso olvidarse de ir corriendo a escribir sobre sombreros y rosas solo porque son los temas más populares, más demandados en los parámetros de búsquedas que los usuarios realizan a diario en la red. Un escritor que se precie debe ser ante todo fiel a sus preferencias literarias y a sí mismo. La voz del autor no debe estar nunca, bajo ningún concepto, al servicio de esas tendencias que se mueven debido a la influencia de la modas, sin que mi planteamiento signifique que no se pueda escribir sobre los temas más candentes de la actualidad.

Pasamos al punto dos: añadir a tu post una infografía.

No creo, desde lo más profundo y sincero de mi yo poético, que una ingrofía sea, precisamente, poética. Imagino lo que pensarían los lectores si al abrir una de mis entradas se encontraran de golpe con uno de mis maravillosos "info-poemas": que mientras hacía aquel híbrido alienígena estaba, sencillamente, bien pasadito de tragos.

Añadir una tabla de contenidos.

Este punto me encanta, la verdad, pero no es compatible con ninguno de los registros poéticos. A menos que estemos hablando de un poemario donde la extensión requiera de un índice. Advierto que no es común postear un poemario al completo. Aunque no hay reglas en cuanto al formato que los poetas elegimos para mostrar nuestro arte.

Según estos señores un menú de contenidos luego del primer párrafo introductorio mejora la experiencia del usuario. Hiendo al grano. La tabla de contenidos da al visitante la  posibilidad de elegir con exactitud adónde quiere ir.

Pregunto a los gurus ¿hacia dónde debo redireccionar a mis lectores?

¿Al quinto verso?

¿A la segunda estrofa del romance que mis lectores se disponen a leer?

¿Al decimoquinto haiku? En caso de existir un decimoquinto, claro.

Insertar tu palabra clave al principio de las 100 primeras palabras y al final del contenido.

Tengamos en cuenta lo que no han tenido en cuenta los señores gurus mientras elaboraban su listado de consejos SEO, el proceso creativo de un poeta no puede estar supeditado a insertar una palabra determinada en esas primeras primeras estrofas del poema solo para facilitar la indexación de nuestro post. Esto convertiría la escritura en un proceso mecánico y robotizado que robaría inevitablemente el alma de la composición. Precisamente no anda uno pensando en su palabra clave cuando los versos dicen de un modo visceral: abre que voy. Ese primer volcado que el poeta hace en su cuaderno o procesador de textos es, digamos, el eje, la estructura arquitectónica del poema que será completada, pulida con la ayuda del conocimiento que el autor posea en cuanto a los aspectos técnicos. Aunque como último recurso podríamos hacer de tripas corazón apelando a los sinónimos de las palabras claves contenidas en el código de nuestro HTLM.

Longitud del contenido recomendado: 1.500 palabras.

Realmente se trata de un consejo muy válido cuando se trata de prosa, (relato, cuento, ensayo, artículo) pero inservible para los blogs que cultivan solo poesía, a menos que se trate de una colección breve de poemas. Tengamos en cuenta que un poeta, un buen poeta, no edita un poemario semanalmente, pues, y por si no fuera poco, un blog exige una actualización frecuente de los contenidos, coincidiendo con los gurus yo recomiendo hacer una publicación semanal como mínimo. En la mayoría de casos la extensión de un poema no es un acto premeditado, sino que está sujeta al mensaje a transmitir, y a la necesidad o estilo del autor para cumplimentar debidamete esa entrega. De este modo pueden existir poemas de cuatro versos, cuarenta, doscientos... con mayor o menor cantidad de palabras con respecto a la cifra.

Quizás con en este poema de la poetisa cubana Carilda Oliver con una extensión media, cuatro estrofas que no alcanzan a esas 1500 palabras como longitud recomendada, pueda argumentar con mayor claridad mis planteamientos.


Te borraré con una esponja de vinagre...


Te borraré con una esponja de vinagre,
con un poco de asco.
Te borraré con una lágrima importante
o con un gesto de descaro.

Te borraré leyendo metafísica,
con un telefonazo o los saludos
que doy a la ceniza;
con una tos o un cárdeno minuto.

Te borraré con el vino de los locos,
sacándome estos ojos;
con un varón metido aquí en mi tumba.

Te borraré con juegos inocentes,
con la vida o la muerte;
¡aunque me vuelva monja o me haga puta!



Un poema redondo donde no falta ni sobra palabra alguna.

A continuación algunos consejos, divinos, el SEO alberga también un lado bueno del que podemos servirnos, tranquilamente, los poeta sin traicionarnos y sin que representen un quebradero de cabeza a la hora de versar, porque no todo va a ser cargar contra los gurus.


Utiliza títulos atractivos que ejerzan como gancho.

Nuestro post es sólo una de las tantas noticias que pasa a velocidad de infarto ante los lectores cuando es compartido en las distintas redes sociales. No se convierte en un poema, relato o... hasta que el lector decide bucear en él (o no). Un buen título siempre es de gran ayuda cuando se trata de llamar la atención de los lectores.

Una imagen vale un potosí.

Si un buen titular puede atraer la esquiva mirada de los lectores, la acción se implementa cuando elegimos una imagen rompedora, que este vinculada al post, para aderezarlo como Dios manda.

Dale caña a la herramienta de vídeo de youtuve para complementar tus poemas. 

Al insertar un vídeo en el post harás más cómoda, y hasta placentera, (la música amansa a las fieras, valga la rima) la estancia de los visitantes prolongando el tiempo de estadio en el post.








Facilita a tus lectores que compartan el contenido en las redes sociales.

Evita el contenido duplicado. (Google sanciona a los plagiadores con la no indexación)

Comprimir las imágenes para facilitar su carga.

Renombrar las imágenes contenidas en el post. 

Uno de los tantos servicios que Google ofrece a los usuarios es la búsqueda de imágenes, de modo que los lectores pueden encontrarnos también si  incluimos nuestra  palabra clave, o en su defecto datos que relacionen la imagen con nuestra web en el renombrado. Las imágenes contenidas en el post no tienen por si solas valor o significado para el bot, a menos que incluyamos segmentos de textos que acompañen a la imagen y que le ofrezcan datos que nos relacionen con los parametros de búsqueda que establecen los usuarios.

Lo que realmente le interesa al bot son los datos que aparecen en los bloques de textos.

Caja de comentarios: 

Es tu oportunidad para crear comunidad. En mi opinión la caja de comentarios no debe ser nunca vetada, debe estar siempre abierta a sugerencias preguntas y comentarios de todo tipo. Se un buen anfitrión y da respuesta a los comentarios de tus visitantes. (Google tiene en cuenta las muestras de interés hacia tu web para la indexación)

Añade enlaces internos y externos a tus contenidos.

En este post en concreto hay dos enlaces externos, uno de ellos a un artículo, muy bueno por cierto, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, relatando los métodos que usaban autores como Hemingway o Sartre para escribir sus novelas.

Utiliza el corrector ortográfico. 

Como ya he especificado en el apartado referente a las imágenes, si hay algo por lo que Google siente especial predilección es por el texto. Google no indexa las páginas que contenga errores o que no posean coherencia en cuanto a la redacción. (Vaya con la ortografía que es mi punto débil, así que no se molesten en recordármelo)

El diseño también cuenta.

Has que tus lectores se lo pasen bien durante la visita, has que se sientan cómodos en un espacio agradable, organizado, bonito también, donde todo esté a un golpe de clic sin perderse en tu laberinto. Para Google la experiencia usuario tiene un alto valor, aunque el diseño de tu blog no sea de su interés, el solo ve segmentos de textos, lo es para el usuario.

Me encantan los garitos con clase, que las camareras me atiendan bien, trato cercano, que tengan coctelería variada en la carta, con buen jazz como telón de fondo, si puede ser en directo, mejor. Cuando encuentro un lugar de esa guisa siempre vuelvo, aunque el coste de las copas sea equiparable al bolsillo de un actor de Hollywood. Tomen este ejemplo en lo referente a la comodidad de los bebedores para diseñar vuestro blog.

Decididamente creo que Google, esa terrible arma de doble filo, llegó a las vidas de los escritores para ayudar a muchos de ellos a salir del anonimato, pero también, en pleno ejercicio de su poder de doble filo, para hacerles una tremenda putada.

Atrás quedaron los memorables tiempos en que los escritores se sentaban frente a la máquina de escribir a urdir sus historias sin que aquel acto conllevara a ocuparse (y preocuparse) valga la... de todas esas gilipolleces de orden comercial y altamente competitivas en cuanto a la popularidad de una web se refiere.

Lo macabro de todo está asunto es que el oficio va cayendo cada vez más en picado sin que se pueda hacer nada para evitarlo. El porcentaje de éxito de la web de un escritor se mide en estos momentos por su ranking de visita y comentarios, más que por la calidad de sus contenidos, y esto es algo que hacemos los lectores. Google no tiene en lo absoluto nada que ver en todo este asunto; en mi opinión somos los lectores quienes decidimos que leer y que contenidos merece la pena compartir en las redes sociales, somos los lectores quienes realmente tenemos en nuestras manos el poder, diríase, labor, de levantar o condenar al olvido la carrera de un escritor.

Los lectores son, en mancomunidad con los autores, los  encargados de salvaguardar uno de los tesoros más grandes de la historia del hombre: la palabra.

Soy J. Madison, aprendiz de poeta y blogger, retransmitiendo desde el cuartel general: una cafetería  cercana al curro.

Gracias por la lectura.

A mí también me gustan los comentarios, aunque no haya dado el pelotazo con las "Cincuenta sombras de Grey". Así que no me seas canalla y deja unas palabras ahí debajo.

Aviso a los gurus: si están decididos a darme por ahí con comentarios abrasivos, sepan ustedes que ya me he puesto la armadura, de modo que no pierdan su preciado tiempo.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Cuentos para despertar a Eva.









La noche cayó sobre el Golden Hind tiñendo de penumbras la cubierta y el velamen. En medio de la oscuridad, el capitán Madison, alzado junto al timón del navío, vio asentarse sobre el barandal de barlovento al ángel del silencio. La aureola azulada que siempre lo acompañaba durante sus viajes nocturnos iluminó débilmente la embarcación.

—Ella lo necesita con urgencia, capitán Madison —dijo el ángel plegando lentamente las alas mientras caminaba a su encuentro— y solo hay un remedio para su enfermedad, un cuento milagroso. De esos que hacen de miel el corazón y remiendan el alma.

—¿Y por qué no la has traído contigo? —preguntó el capitán captando el mensaje sublimado en la charla.

—Eso no puede ser.

—Eres un ángel, nada es imposible para uno de tu condición.

—Está dormida.

—¿Dormida?

—Sí, capitán, como esa princesa del cuento.

—¿Te refieres a "La bella durmiente", o a "Blanca Nieves"? Puedo corregir el rumbo. El Golden nos llevará hasta la desembocadura del Paraná en unos seis, siete días a lo sumo.

—¿Pretende besarla tal y como ocurre en ese cuento de hadas? No puedo creer que habiendo navegado tanto mundo sea usted tan ingenuo.

—Ya sé que solo se trata de un cuento popular, pero estoy muy seguro de que si ella escucha mi voz junto a su cama, despertará.

—Pero no tenemos una semana, capitán Madison.

—¿Y cuánto entonces?

—Me apena comunicarle que solamente disponemos de un par de horas.

Solo había una mujer en tierra a la que se le permitía —por su antigua estirpe poética— mantener una conexión abierta con los ángeles, y el capitán únicamente abandonaría su ruta —la ruta de la seda— si esa mujer a la que los poetas del mester de Clerecía habían bautizado siendo niña con el nombre de Eva, requería de sus artes mágicas de cuentero para salvarla del sueño eterno.

Durante su adolescencia, él había salvado a una cría de ballena beluga varada en la Playa del Estuario. La colonia de ballenas quedó tan agradecida por su proeza que bendijo de por vida al capitán con la habilidad para comprender los códigos de comunicación entre las especies marinas y con la capacidad de resistir el peligro de las inmersiones a niveles insospechados.

—De acuerdo, lo haremos a mi modo. Mantén el rumbo, ángel —ordenó el capitán.

El ángel quedó al mando de la nave mientras el capitán, desposeído de las botas y la camisa, saltaba desde la proa hacia la más profunda noche de la mar; allá donde no alcanza más que quien posee el don del contador de historias. Batracios, mantas rayas gigantes y una legión de hipocampos abrieron camino al capitán hacia los fondos arenosos, tan antiguos y desconocidos por el hombre que helaban las entrañas y las palpitaciones dejando la lengua en celadura muerta. Un singular ruedo de animales marinos aguardaba impaciente la llegada del viejo marinero.

—Alga del tinte ¿te has lavado los dientes?

—Sí, mi capitán.

—¿Has hecho los deberes Helechilla?

_Claro. ¿Pero, cuándo comienza el cuento?

—Todavía no, aún no ha llegado ella.

—¿Ariel, mi capitán? Ariel ya está sentada junto a Liágora.

—No. Ariel no, tenemos que esperar a Eva. Ella necesita la medicina de este cuento más que nadie.

A muchas leguas de distancia, Eva, la Eva que aparecía registrada en el cuaderno de bitácora versal del capitán John Madison oyó, entretejida a su mortal letargo, la voz de agua del corsario practicando el conjuro telepático que le comunicaba las coordenadas precisas del punto de encuentro.
A ella le gustaba su voz; ese caudal de azúcar antillano al que los delfines obedecían ciegamente cuando, fondeado el navío muy próximo a los bancos de sardinas, el capitán pedía en su lengua vernácula las sedujeran, atrayéndolas luego hacia sus redes con el incentivo de compartir la pesca; esa voz había sido su compañera durante muchas noches desde aquella primera vez que ella contrajera la enfermedad del crisantemo rojo. Todas las noches, sobre todo las de los sábados, el cormorán moñudo que el capitán había comprado a precio de ganga en un mercadillo ambulante de Antioquía junto con una alfombra persa y diez ánforas de plata, volaba hasta su casa a orillas del río Paraná para llevarle las historias en verso que él escribía para ella a la luz de una vela en su camarote, y que ejercían como único paliativo de sus terribles males.

Sin embargo, el capitán sabía que no era suficiente con las coordenadas. Si de verdad pretendía que su voz despertara a Eva del sueño del crisantemo rojo, sería fundamental ir más allá de las formalidades del conjuro: activar el vínculo espiritual entre ellos. Él nunca había tenido una voz educada para el canto, pero sí la cadencia de los viejos poetas cuando se aventuraban en el arte de la declamación. Y a ello acudió.

"Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos,
quiero ver a qué sabe tu olvido
sin poner en mis ojos tus manos.

Esta noche no voy a rogarte.
Esta noche te vas de a de veras.
Qué difícil tener que dejarte,
sin que sienta que ya no me quieras".

Proclamó la voz del capitan estremeciendo profundamente con su registro grave a su sin par público de criaturas marinas.




domingo, 4 de septiembre de 2016

“Operación de rescate y salvamento”.










De vez en cuando se viste uno de marinero y sale a pescar en su catamarán. A veces vuelvo a casa con las manos vacías, pero hay días de suerte en los que mi red se llena de auténticas maravillas literarias.

La selección que hoy desfila por la pasarela de: "Hasta las pelotas del pelotudo de Harry", va por todos esos amigos lectores y poetas que saben, de verdad de la buena, que el tiempo seguirá su ruta imparable de destrucción del hombre por el hombre, y cuando no quede nada a lo que aferrarnos, en algún lugar seguirá palpitando la palabra a la espera de que los nuevos poetas acudan en su rescate para recordarnos quienes somos.

Y como nadie puede describir mejor el contenido de una obra que el propio autor, (miren, ya sé que me repito como el ajo con esta frase, pero aguantense porque este es el lema de esta casa) con todos ustedes:

 Enlace a la biblioteca virtual:

"Hasta las pelotas del pelotudo de Harry"









jueves, 1 de septiembre de 2016

“Hasta las pelotas del pelotudo de Harry”.












¿Harry, Harry? ¿qué Harry, tío? ¿Harry el sucio, (se preguntarán ustedes) ese pobre diablo que se hace llamar Harry para ganar más seguidoras a su cuenta de facebook, ese mismo Harry que ahora está el pobre  en situación de desempleo? ¿ese? ¿ese tipo al que "Aiguas de Barcelona" le cortó el suministro por no abonarle la correspondiente factura del mes en tiempo y forma? (sí, uno se entera de todo en facebook, hasta de lo que no le concierne), ¿o Harry el sucio, el personaje hollywoodiense?

Pues no, miren ustedes. Sepan que ni por asomo me estoy refiriendo a ninguno de los dos, y créanme si digo que lo siento, sobre todo por ese último Harry, el pistolero-legal experto en resolver crímenes de mucha monta que encasilló durante tantos años a Clint Eastwood en el papel de poli bueno, me estoy refiriendo a Harry Potter, el niño mago. Es ese muchachito inglés quien realmente...


Para acceder al artículo pincha en el enlace:

“Hasta las pelotas del pelotudo de Harry”

miércoles, 24 de agosto de 2016

Me ha dicho la hechicera que hoy no duerme.









Le he preguntado a la deidad que habita en mi interior si "la hechicera" aún vive, y desde la mañana abierta a mí en clamores encendidos, recibí de ese dios una visión: una mujer sencilla atravesando el tráfico en vaqueros sumida en su diario redentor, desafiando, con su glorioso paso de Minerva hacia el trabajo, la tempestad ruidosa de la muerte.

Supe que su alquimia permanece, como un tsunami amaestrado en un rincón secreto de su cámara; oculto a los curiosos ojos de los hombres y del mundo.





lunes, 22 de agosto de 2016

Manual de un domador.








Y si un día cualquiera se detienen
los ruidos de tu pulso, fiera mía,
ya no tendrá sentido este uniforme
de cínico gendarme, ni esta filia
absurda por los látigos. Si lejos
de mí murieras, fiera, lo sabría
mi viejo corazón por la estocada.
Esa punzada oscura, esas esquirlas
intuitivas que impactan en el pecho
anunciando a la muerte y sus guerrillas.

Entonces yo tendría, fiera indómita,
que violentar la impronta de mi física
y presentar de súbito renuncia.

Qué más da si recurro en rebeldía
a la cicuta, al arte del balconing.
Dios no va a echarme en cara que yo elija
en desacato decretar el cierre,
porque Dios sabe, vida de mi vida,
no podré remontar fiera del alma.

Pero vivimos, fiera, y cada día
el circo exige en pago su "performance'.

Los dos sabemos bien, fiera bravía,
que tus zarpas de bestia ponzoñoza
no pretenden matar mis alegrías.
Lo tuyo, corazón, puro teatro
y lo mío la fe en la adrenalina
haciendo de carnaza ante tus fauces.

Yo te juro por Dios, que al quinto infierno
porque ya no nos queda otra salida
mandaría mi látigo y el circo
pues soy tu domador, fiera bravía.






Cada noche mi vida es para tí
como un juego cualquiera
y nada más,
porque a mí me atormenta
en el alma,
tu frialdad.

Yo quisiera saber si tu alma es igual
a la de cualquier mujer
porque a mí me atormenta
en el alma,
tu frialdad

Y sueño con gran pasión
que vives para mí
como yo vivo niña
por ti. 


Tu frialdad. (Triana)