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martes, 20 de diciembre de 2016

Forajida.



Llueve con timidez sobre este Martes en el que tu recuerdo se desdobla en una sombra que acompaña mis pasos. El pueblo ha amanecido colmado de carteles exhibiendo tu rostro. Los poetas del Mester han puesto precio a tu cabeza.

Los caza recompensas del verso y la metáfora desmantelan los bares y vuelven los caminos del revés buscando pistas, indicios que los lleven hacia tu guarida.

Es media tarde y los caza recompenzas han irrumpido en casa con la intención de interrogarme. Ellos conocen que hace solo unos meses yo era capaz de levantar ciudades para ti con el hacer prolífico de un arquitecto bueno, cartografiar océanos, hablar con las estrellas y convocar regatas, inventar un edén para pasear desnudos, más provechoso aún que el de la biblia, en plena madrugada, y plantarlo en tu puerta antes de que la noche acabara venciéndote con su poción de sueño.

Los hombres del Mester de Juglaría saben que fui tuyo, yo, que nunca fui de nadie. Ellos saben que te llevo orgulloso tatuada en las espaldas. Pero por más mamporros que me dieron, guardé todas las claves de tu signo por respeto a tu deseo de permanecer oculta. No les hablé de tu casa junto al río ni de tus dotes de buena cocinera; ni de tu pan de leche o de tu vino. No les hablé de los tres pájaros verdes que acompañan el paso de tus días; ni dije conocer adonde te habías marchado, ni que te fuiste sin despedirte apenas. No dije que en la huida tú te habías llevado los planos de mis mundos de agua y de papel dejándome sumido en el silencio literario de la nada. No dije con que fuerza entró tu voz en mí, ni confesé que eres, y serás, lo más bonito que he tenido a día de hoy.

Vive tu paz de forajida. No reveló mi boca, amor, de ti ni una palabra.


Inexplicablemente, hoy he vuelto a esos días en los que yo te amaba como un loco que sabe que jamás será correspondido. He vuelto a aquellos tiempos en los que mi palabra, (tuya y mil veces tuya para siempre) se desnudaba y acomodaba en los espacios oscuros de mi cuarto, como una aparición blanca y resolutiva en su pureza, convocándome a consumar contigo el noble acto de la arquitectura.





viernes, 16 de diciembre de 2016

Iguana-man.





Hace poco un amigo me dijo que los escritores autodidactas solían tener durante el período de aprendizaje épocas de sequía, y no me refiero a esa sequía maldita a la que los escritores llaman bloqueo, en realidad hablo de un receso importante en la producción, el mismo que yo vengo sufriendo desde hace un par de meses; una negación extraña, diríase aversión, a todo lo relacionado con la escritura. Vamos, que veo una letra y ya mismito me amarro a dar gritos (valga la rima) de terror, como la actriz de psicosis en la ducha.

Posiblemente no sea ni seré nunca un escritor auténtico. Pese a que muchos poetas con oficio me han dicho ya, por activa y por pasiva, que tengo madera para eso de los versos, yo sigo empeñado en que no lo soy, la prueba está en que no siento pena alguna por mi prolongado desgano creativo; ni frío ni calor, la verdad sea dicha.

No sé de qué le sirve a otros poetas el arte de versar, a mí desde luego me ha consolado mucho en los momentos duros, y hasta me ha valido para escurrir el bulto en esas ocasiones en las que el amor de mi vida reclama toda mi atención en situaciones en las que el horno no estaba para galleticas ni yo, sinceramente, para hacerme el amante atento:

—Madison, me han pedido una foto de alta resolución para una revista de jazz ¿te encargas tú de enviarla? —me propone  ella.

—Ay mi amor, ahora no puede ser, estoy escribiendo.

Y, ¡zas!... portazo que te crió y taconeo en versión huida corredor a traves, porque cuando un tipo está pariendo un poema hay que dejarlo hacer no vaya a ser que el vástago salga torcido.

Sí. Mi pareja tiene la enferma costumbre de usarme como contenedor. Siempre vacía en mí todas sus movidas y frustraciones profesionales, y no le basta con desahogarse sino que, además, pretende que yo le solucione su papeleta.

—Cariño, dile a tu mánager que te lo solucione. Es su trabajo y por eso se lleva el 16%. —le sugerí.

—Pues podrías arreglarlo tú, coño, que también eres mánager. —sugirió ella.

—Pero si no perteneces a nuestra oficina, amor (gracias a dios), me estás rayando con tanta queja, para ya, por la gloria de mi padre, que yo también tengo mis propios asuntos chungos y no te los cuento. —eso le dije.

—Déjame hablar, Madison, que nunca me dejas hablar. —eso dijo, como si yo la hubiera amordazado, y continuó largando.

 Logicamente, a esas alturas de su desahogo yo ya no estaba por la labor de llevarle la contraria, tranquilizarla, lavarle el cerebro... Haciendo honor a la sinceridad, ese preciso día yo no estaba por la labor de nada. Si ella, o algún otro miembro de mi clan, me hubiera comunicado que en ese instante estaba en posesión de una mochila bomba y que se disponía a volar el piso, yo no habría hecho absolutamente nada.

Sí. Parece ser que mi desidia no es solo literaria. O quizás mi desidia personal, con su potentísimo poder a lo gas mostaza, acabó por infestar a mis musas y a mis ganas.

Lo cierto es que luego de tanto tiempo sin escribir ni una miserable, puta palabra, para no perder la costumbre de inventar o quizás porque, caray, la capacidad de crear imágenes es el único punto de encuentro entre el oficio y yo, mientras la arenga de ella transcurría en diferido, me dio por imaginar que yo era una iguana.

Sí, una iguana que vivía sola en su terrario. Una iguana muy orgullosa de su cresta, arrebatada, loca perdida con su arenita y con sus piedras, con su ración diaria gratis de fruta y de verdura de buena calidad; col rizada, champiñones, hojas de mostaza, hojas de diente de león... y lo mejor de todo el invento: una iguana soltera y sin compromiso; una iguana sin perrito ni gatico (como dicen en mi tierra), un bicharraco verde y feliz de no tener una esposa verde chillón, de ojos saltones, con una cresta a juego con la suya empeñada en hacerle la putada con todo ese asuntico de la crisis y de la cultura en España (pura mierda), y todo ese avasallamiento que todo artista español que pretenda mantener a su prole (aunque eso ya lo hago yo, reina mora) sufre a día de hoy en sus carnes.

Si para algo sirve la poética es, por supuesto, como válvula de escape. Mientras la bella largaba por esa boquita de pitiminí, yo (Juanito la iguana)  abrí mentalmente y a todo dar el grifo de los versos.


******

"Iguana-man".


Claro que sí, mi vida, yo también
tengo la vida, amor, hecha un desastre.

Estoy lo que se dice muy hecho polvo.

Soy una iguana enorme 
a la que le da igual ver la vida pasar 
a través del cristal de su terrario.

Ya sé: me necesitas.

Necesitas un héroe al que comerle
cada día la oreja con tus penas,
pero el héroe que buscas, el de antes, 
gasta ya muchas canas.
Al Superman de hoy 
le importan un pimiento el mundo, el universo 
y todas sus milongas,
los llamados terrestres
y las crisis.

Si no te importa, cielo, papi se desconecta. 

Se está de puta madre en el terrario. Corto y cambio.

******

Y ahí quedó la cosa, en un poema. Aunque ni puta idea de cuando vendrá el próximo. Tampoco es que me esfuerce mucho, porque como ya les he dicho:

¡Se está de puta madre en el terrario!








jueves, 24 de noviembre de 2016

Veinte coplas de amor para Penélope.




Allí donde mi médico perjura
no cabe la emoción, solo el bramido
en ardua rebelión de mi latido,
allí donde mi vida se aventura
en acto de servicio a la bravura,
le levanté a mi musa sus cuarteles.
Y entre finos bolillos y caireles,
cual Penélope teje su locura.

Mantillas de algodón de un blanco nube
recrea desde el alba hasta la noche
para esconder en ellas el derroche
de versos con que un día la retuve
en la jungla virtual por la que anduve.
Penélope no sabe que los vientos
del olvido le temen a mis tientos,
y en domar su arrebato me entretuve.


*****


Cántame desde el alma, mi guajira
o tráeme la pastilla del infarto
que mi norte sin ti es un tira- tira.
De añorarte, te juro que estoy harto.

Cántame como antaño en lunas frías
cantaban boleristas habaneros
a las mulatas suaves letanías
que mataban de envidia a los luceros.

Que este negro se muere, curandera, 
como diría Carilda, de desorden
cuando no oye sonar tu balacera
llamando a mi cordura a tomar orden.


******


Aquí traigo, tecnócratas del verso,
el corazón metrado en mil sonidos,
el hígado, un pulmón y mis riñones
abiertos en canal y macerados
con el jugo canalla de mis rimas.

Pasen señores, pasen.
La mesa está servida, catedráticos.

Paladeen y juzguen, 
qué sobra, qué le falta 
a este ejemplar trinchado en la bandeja
para ser licenciado en poesía.

Y no tengan piedad, señores del jurado,
al emitir su veredicto.

Pero deben saber, hombres de verso en pecho 
hoy, que me examinan concienzudamente,
que nada en este mundo contendrá
mi torrente novicio vanguardista.



******


Yo podría escribir sobre la lluvia,
las flores y los árboles.
Yo podría crear mil primaveras.

Desgranar flamboyanes, gorriones y paraguas.
Divagar sobre ciénagas.
Yo podría escribir sobre camelias,
yo podría versarle a las iguanas.
Matar de amor, en verso, a una mozuela,
transmutarla en horrible zarigüeya.
Porque un día cualquiera,
un Dios tal vez, me dijo:
Álzate en la palabra. Ponle velas,
hazla dueña de tu cartografía.
Navégala con arte.
Amárrala a tu estómago,
a tus dientes.
Guardala entre tus piernas.
Sé bien macho, y cócela
a tu lengua.
Sé un buen tipo y manténla,
deja que se acomode,
allá, sobre tu médula,
hasta que llegue el día
en que te sangren los vocablos.

Arréglate con ella,
que ya he cumplido el trato.
Lo que tú y ella hagan es un asunto vuestro.

Su suerte ya está echada, señor Madison.





viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen en tránsito hacia la noche, mientras yo viajo en la noche a la deriva.


Era mi deseo que estos poemas pensados para formar parte de la colección de versos "Tauromaquia"
continuaran manteniendo su condición de inéditos. Verán, yo ya le he entregado a la red (en tiempo récord) tantos trozos de mí a través de mis versos que no estoy ultimamente por la labor de compartirme. Y es por eso que hoy digo:

*Maldito guionista.

Ya no deseo ser este poeta.

No le encuentro la gracia a quedarme en calzones,
con el alma en las manos
bajo el cañón de luces y en platea,
mientras todos me aplauden divertidos.

Siempre pienso en dejarlo
y cada noche
regreso al carnaval y al maquillaje.

Regreso a decidir
qué color es mejor para versar
y qué camisa,
me viene bien para llorar con arte.

Guionista:
Consígame una vida de poeta feliz
donde por una vez no me atropellen
los poemas fatales,
y olvídese,
de una maldita vez del puto Karma.

Sí. Hace ya tiempo que me pregunto de qué sirve toda esta fantochada de echar a navegar en el océano de la blogosfera lo más roto, lo más vulnerable de mí. Creo que fue esa pregunta la que trajo poemas como éste:


*Todas esas cosas tan hermosas que un día fuimos.




Quién sabrá
cuando muera de fiebre, de vértigo, de hastío,
de un ataque de asma o deambulando
por el limbo otoñal de un buen poema,
quién sabrá que fue tuyo este Don nadie
con ojos de misterio.

Quién sabrá, poesía,
que fue mía en las noches tu voluntad de hembra,

tu pulsación de gata incapturable.

*******

Pero al ser partícipe de la noticia de la muerte del poeta y cantautor Leonard Cohen, pensé en que no había una manera más digna de despedirlo que regalarle a su alma, ahora en tránsito, estos sonetos.

Lo maravilloso de la literatura es que yo siempre podré encontrarlo entre sus versos, como si Cohen no se hubiera marchado nunca hacia otras misteriosas fronteras. Es curioso que ésta adaptación del tema "The gipsy's wife" de la autoría del propio Leonard Cohen, interpretado por el cataor flamenco "Duquende", me haya acompañado en este último mes no sólo en la edición de este tríptico de sonetos, sino también durante mi última entrada, "El Tatuaje de Sally Persson" (Ejercicios de estilo, toma 1), casi como un anuncio, una señal luminosa de los últimos coletazos de su existencia.

Va por ti, Cohen, por todas esas noches en las que tus versos me han acompañado, por todos esos amigos poetas a los que les he presentado tus poemarios y han quedado, tremendamente, satisfechos y enamorados para siempre de tus maneras poéticas tan obedientes a tu estilo, y por que los buenos poetas, siempre permanecen:


Deriva en "Do mayor".

Perdido sin el "do" de su no-verbo,
desamparado y roto en su vertiente.
Resquebrajado el casco de mis versos,
a la deriva voy, contramaestre.

A la deriva marcho en mi proeza,
a vela y sin motor, a viento limpio.
El arpón a la caza de poemas
que alimenten mis rutas de escapismo.

A la deriva mi cantar sin brújula.
Puertos de abecedarios se dibujan
como espejismos sobre el horizonte,

que me ocultan las fases de sus lunas.
A la deriva viaja entre las brumas
mi sueño de poeta cada noche.



Pasión en "Do mayor".


Me muero por rasgar, Habana vieja,
lo mestizo y vetusto de tu traje.
Gozarte hasta que el sol, con su metraje,
corrompa nuestro idilio en son de queja.

Despertar refugiado en tu cintura
de huracanados ritmos antillanos,
retener tu pasión entre mis manos
vacías de no andar tu piel madura.

Y vivo cada noche, Habana mía,
el sueño de apagar en tu abadía
esta sed sin remedio de conguero.

Nunca se fue de mí, mulata hermosa,
el colonial perfume de tu rosa,
ni el lloroso romper de tu aguacero.


"Océano, viento y tierra en Do mayor".

Sonetear le va estrecho a mi figura,
a mi garganta de canela en rama,
pero tu boca de oro  me reclama
un soneto con alas de premura.

Tu boca de oro desde la bahía
convocándome al juego de la doma,
tu voz donde el Atlántico se asoma
se merece un cantar sin cobardía.

Un gallardo cantar sobre mi noche
en tierras de sardanas donde el broche
lo ponen siempre el mar y un sol pausado.

No albergo queja alguna, el gran dilema,
es que marché de ti, mi verde gema,
y tú nunca te fuiste de mi lado.



****


Algunos poemas de Leonard Cohen...


Ya no estoy en mi mejor momento para practicar
el oficio de los versos.
Se me da mucho mejor
estar en el cuarto ropero con Sara.
Pero incluso en este mundo alternativo
tampoco estoy ya en mi mejor momento.
Necesito la compasión de mi propia atención.
Quién podría haber adivinado
que el corazón envejece
del contacto con otros.

*******


El amor es un fuego.
Arde por todas partes.
Desfigura a todo el mundo.
Es la excusa que el mundo pone
por ser tan feo.


******

Ya no me queda talento.
Ya no puedo escribir más poemas.
Ya podéis llamarme Len o Lennie,
como siempre habéis querido hacer.
Supongo que debería dejarlo,
pero los viejos hábitos persisten
y las mujeres no hacen más que empujarme a ello.
Antes de que me acuséis de que os aburro
(para vuestro definitivo triunfo y alivio)
acordaos de que ni vosotros ni yo
podemos hacer ya el amor,
y una vez más habéis disfrutado
de la compañía de mi alma.






martes, 11 de octubre de 2016

Atlanta sin ti.




Atlanta se derrumba. Nucky Tompson
se muere con su flor en la solapa.
Antlanta se deshace en yelis tristes.
Atlanta llora un blues. Hasta la armada, 
agujerea el azul de la bahía
con las rosas oscuras de sus salvas.

No marques su teléfono , *Darmody
si no es para traerle en una caja
de nácar la balada de su anhelo, 
a su Margot de trapo y de metáforas.

No llames "a las armas", Alcapone,
que el sombrero de Nucky se desangra
si no llama a la puerta
su paloma 
que nunca fue paloma, su muchacha.
Su bolita de coco, su *Yalorde,

No es tiempo de cazar, querido capo,
versículos de octubre en la Almadraba.
Atlanta está enlutada hasta los huesos.
Ya es oficial. Ha muerto su palabra.





******

n. del.a: *Yalorde: uno de los nombres por los que se conoce a la deidad africana Ochun, diosa del amor.

*Jimmy Darmody: Personaje de la serie televisiva " Boardwalk Empire" interpretado por el actor James Edison, enmarcada en Atlanta durante el período de la ley seca.

sábado, 8 de octubre de 2016

Gravity.





Te amé más que a mi vida, que a mis muertos, 
más que a mi colección de Billy Hollyday,
que a todos mis anuarios
de la buena de Marilyn en bolas.

Más que a aquel corazón que desvirgué en otoño
y al que le prometí recogería
cuando tuviera pasta en la alcancía,

más que a su voz soprano que timbraba
en la parada orgasmos de falsete
mientras el bus nocturno demoraba.
Aún extraño su agreste soniquete.

Más,
que a sus serviles alas de alondra que mangaban
naranjas a su jefe y platanitos
para este buen cabrón que se corría
la juerga padre hasta rayar el día,
nunca tubo gandinga  para echarme.
No me dejes sin tí, siempre decía.

Más que a los baños turcos que le daba
su mano niña a mi cantar de niño,
más que a los treinta días con sus noches
que haciendo calendario forman años.
Cinco gozó en su cuarto mi derroche.

Cuánto dolió dejar a esa Lupin(a) Arsenia.
Traidor, eso me dijo, entre otras cosas,
cuando supo que alguien en España
me había puesto en el muslo sus cilicios,
junto a la femoral, ¡qué gran putada!
—La concha de tu madre, eso también lo dijo...

De modo que te quise tanto y tanto...

dueña de mis cilicios,
más que al globo terráqueo,
reina de mis solsticios,
hija de perra, ingrata,
más que a mi sangre, vida,
más que a mi santa madre, 
mi puta consentida.

Solo quiero aclarar que este cabrón, tan hombre,
aún te sigue queriendo como un crío.





Volverás (Concha Buika)

Cerró la puerta sin decir adiós,
nunca volví a verla nunca más volvió,
como yo te quise nadie, nadie te ha querido,
insensata mía, por qué te has ido. 


Y me dejaste sola como el mar,
yo vivo como el aire libre pero sin saber a donde va,
y nadie nadie nadie te ha querido,
insensata loca, por qué te has ido.

Tú volverás, y
cuando tú regreses amor, 
verás como alguien quizo ocupar 
mi pobre corazón 
por ti, y ya verás
como tú a mí me pides perdón,
y yo que ya estoy loca de amor 
yo voy y te perdono.

No eran tan falsas aquellas mentiras,
ni tan verdaderas tus verdades favoritas,
no fueron tan callados aquellos silencios,
no fueron tan malos algunos momentos,
si ahora te marchas, vete para siempre,
no te des la vuelta que las vueltas siempre duelen,
y abre la ventana que da al paraíso, 

y olvidame si puedes,

que yo no he podido.

Tú volverás...

jueves, 6 de octubre de 2016

Cristal de Bohemia (De, “Cuentos para despertar a Eva”. Capítulo II)



Mara, madre en lengua antigua, no era la primera hembra que despertara en el capitán Madison la ferocidad del sexo a quema ropa. La llegada de Mara de Armas al meridiano de su existencia lo había llevado a replantearse su auto impuesta soledad y a preguntarse, qué había sido de aquel sentimiento llamado amor. Por un amor del pasado el capitán había levantado rejas en su pecho y enjaulado tras ellas a su corazón.



Yo, que ya he luchando contra toda la maldad
tengo las manos tan desechas de apretar, que ni te pueden sujetar,
vete de mi... 
Seré en tu vida lo mejor  de la neblina del ayer 
cuando me llegues a olvidar,
como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.


Posee un corazón poco visto, capitán, muy propenso a contraer la enfermedad de bohemia.
—¿La enfermedad de Bohemia? —preguntó el capitán al curandero persa.

—El corazón se inflama e infecta por causa del mal de amores sufriendo como resultado una necrosis. Su corazón corre el peligro  de estallar en fragmentos al mínimo percance emocional, querella o contratiempo.

Según el dictamen del curandero, experto en catalogar corazones, el músculo cardíaco del capitán Madison se había tornado entonces tan quebradizo como una copa de cristal de Bohemia.

A tan solo dos meses de su nombramiento, el joven capitán John Williams Madison, gallardo y valeroso como su abuelo, pero sin la pericia para capitanear a solas un galeón de la magnitud del Golden Hind, necesitaba aún del temple de acero de su antecesor al mando para tratar con una veintena de hombres, todos negados a juramentar lealtad a un marinero dotado con un corazón que corría el riesgo de añicarse al mínimo disgusto o percance en alta mar; veinte hombres de hielo que solo ofrendarían el filo de su acero y sus vidas a su antecesor de hielo: Sir. Francis Drake; el corsario más experimentado (según contaban los pescadores y piratas ya retirados a los jovenes marineros que llegaban al puerto de Londres, con la intención de alistarse en la tripulación de Sir Francis, a requerimiento de éste, a los taberneros y tratantes de paso que prestaban oídos a las sangrientas historias del pasado, histriónicas batallas de las que habían sido testigos sus cuerpos mutilados, tatuados con multiples cicatrices, mientras apagaban el ardor de la sed apoltronados en la barra) y temible de la historia de la piratería hasta la fecha.

Ante el mal augurio del curandero, el Golden Hind abandonó la ruta programada hacia Cartagena de Indias, practicando, por mandato de Sir Francis, el viraje inmediato rumbo a Malasia donde, se decía, encontrarían al chamán recomendado por el curandero que podría sanar el corazón de su nieto.

****

—Ha venido al lugar equivocado. Lamento decirle que mis artes no me permiten reparar corazones rotos, creo que usted lo sabe tanto como yo, capitán Madison. Si juntara las partes truncadas valiéndome de un potente conjuro a modo de adhesivo, quizás. A simple vista puede que funcione. Pero a contraluz, siempre serán visibles las antiguas marcas de la hondura de las cicatrices. ¡Ah, capitán! no me mire con esos ojos de león desangrado. Su corazón atesora una memoria del momento puntual en el que se produjo la rotura que salta por los aires como un interruptor, de esos automáticos, cuando se sabe en manos poco conocedoras del funcionamiento de sus matices emocionales ¿No se lo dijo su madre? Porque fue ella quien le dejó como herencia esa extraña particularidad.

—¿Mi madre? ¿eso cree?

—Quizás su... ¿padre?

—Sus poderes flaquean, chamán.

El capitán rió escandalosamente ante la desacertada predicción.

—Deje ya de reír. Está asustando a mis pájaros. ¡Vamos pajaritos míos, venid con papá!

El chamán abrió la jaula liberando a las aves. El enjambre multicolor de colibríes revoloteo alocado por la estancia buscando un lugar apacible donde posar sus nervios, lejos del desorden risueño del joven capitán.

—La enfermedad la heredé de mi difunta abuela paterna —aclaró el capitán— pero al parecer ella obvió la letra pequeña: proteger mi corazón a toda costa de las mujeres tóxicas y de los amores mal correspondidos.

—Pues ándese con ojo, capitán, porque usted siente una debilidad enfermiza por las mujeres, solo será cuestión de tiempo que su corazón vuelva a quedar en su próxima aventura amorosa; en una palabra...

—Cállese, pajarraco. Me está usted enterrando antes de morir.

—No se apure, capitán. Existe una cura para su rara dolencia.

—Pues no se me ande por las ramas.

—El maestro del cristal, capitán. Ese hombre puede conseguir que sus viejas heridas, ahora abiertas, dejen  de sangrar. Sólo él puede curar la enfermedad de los bohemios.

—¿Conoce a ese hombre?

—No, pero sé donde encontrarlo, mi padre me habló de él cuando yo era un niño. Le llaman el "Bufador de vidre"*.

—Estoy dispuesto a pagar lo que me pida por esa información.

—Verá, capitán Madison, el paradero de ese hombre conllevará un alto precio, y le advierto que no voy tras su oro.

—¿Ni siquiera tras el tesoro de "Nuestra Señora de Juncal"?*

El chamán sacudió la cabeza en acto de firme desaprobación.

—De acuerdo. Tengo un objeto muy especial. Una maravilla.

—¿Me está proponiendo un trueque?

—Exacto, pajarraco. La reliquia en cuestión perteneció a Barba negra.

—¿A Barba negra? ¿Esa tina mohosa y sucia donde él se bañaba los domingos?

—¿Cómo lo ha adivinado?

—Adivinar es lo mío, capitán. Pero sepa que no tengo interés en esa vulgar antiguaya de madera podrida.

—¿Antiguaya vulgar? Le devuelve el vigor a los hombres.

—No necesito vigor, capitán. —respondió molesto el chamán,  como recordatorio de su condición de hombre célibe. —Sepa que no me interesan, en lo absoluto, ninguna de esas baratijas supuestamente mágicas que usted guarda en su bodega.

—¿Y... qué será entonces, pájaro agorero?

—¡Oh!, se trata de una reliquia muy "especial" y significativa para usted.

El capitán sólo tenía entre sus posesiones, apartando su frágil corazón de cristal de Bohemia, un objeto con esa categoría de "especial": su navío. La embarcación más veloz que existía en el mundo. La única capaz de abandonar la quietud del océano y ascender a los cielos hasta atravesar las nubes en un raudo vuelo: su "Golden Hind".

—¿Y para qué necesita un chamán un navío volador?

—¿Para viajar a Beta Arae?*

—No me haga reír. Nunca podrá aproximarse siquiera a "Ara*".

—¿Usted cree?

—No existe conjuro capaz de hacer que despegue. Las velas del Golden Hind obedecen al llamado de la sangre. Sólo Sir Francis Drake y este servidor podemos capitanear ese galeón.

—¡Vaya! , entonces usted es...

—El nieto de Draco, chamán. De modo que el Golden queda excluido del trueque, pero puedo llevarle a mi bodega para que elija cualquier otro cachivache. ¿Le interesa un cargamento de lágrimas de sirenas embotelladas? Es muy efectivo para atraer a los monzones.

—¿Y a quién le importan los monzones? Lo que yo necesito es ir a Beta Arae.

—¿Y para qué, pajarraco?

—Para recuperar mis dotes adivinatorias.




lunes, 3 de octubre de 2016

De: "Cuentos para despertar a Eva".

Capítulo I.


En la mar todo era lejano.


Hacía mucho tiempo que el capitán John Williams Madison había olvidado los mapas de retorno hacia su isla natal. En la calma chicha de las noches veraniegas las leguas se le antojaban eternas. Y mientras el navío bogaba sobre el silencio oscuro de la noche como un crío huérfano, indefenso ante lo imprevisible de las aguas, asignados los turnos de guardia en la torre del vigía y en el puente, el capitán delegaba su rango en el primer oficial y se reunía  con el resto de la tripulación en la popa de proa. Charlaban, bebían ron y ponche de guarapo, y entonaban canciones hasta bien entrada la madrugada:


*Cuando te beso, 
todo un océano me corre por las venas,
nacen flores en mi cuerpo cual jardín,
y me abonas y me podas, soy feliz,
y sobre mi lengua se desviste un ruiseñor,
y entre sus alitas nos amamos sin pudor,

cuando me besas, 
un premio novel le regalas a mi boca.

Cantaban a coro mecidos por el vaivén irregular del océano, movidos por la evocación de sus amores fugaces hermanados en las pasiones abandonadas, detenidas temporalmente en tierra a la espera de que el Golden Hind avistara el próximo puerto que cobraba, ante los ojos de los marineros, la apariencia de un fantasma grávido de corta permanencia en la constante movilidad de sus vidas de nómadas.



Mendigo, malandro, negrito, mulato, marginal.
Esclavo evadido o loco perdido,
voy a hacer mi festival,
mambembe, gitano,
debajo del puente, 
cantando,
bajo de la tierra, 
cantando,
en la boca del pueblo,
 cantando...



 Expulsados por voluntad propia los mapas  hacia las Antillas de la memoria del capitán, su tierra prometida era entonces esa armazón de madera  bautizada en su día como "Cierva dorada", acondicionada para la práctica del comercio y la piratería y que había serpenteando antaño esas mismas rutas que el olvido se había encargado de borrar, con su abuelo como capitán, a la caza de tesoros que ofrecer a la corona británica.

Desde que Madison fuera ordenado por su abuelo Francis Drake capitán del Golden, un par de años antes de que se produjera su trágica muerte, no recordaba haber conocido en sus carnes el miedo a la soledad. John Williams Madison se sentía tan solitario como el océano y se había empleado, con el imbatible paso de los años, muy a fondo en comprenderla, en domesticarla y quererla. Nunca le había pesado tanto su soltería hasta encontrar a Mara.

El capitán presumía de tener en su camarote una imagen del perfil aniñado de Mara brillando sobre el blanco de las elegantes perlas que rodeaban su cuello de cisne. Ellos no se conocían personalmente, pero era un hecho probado que  aquella mujer que firmaba sus poemarios y novelas con el  seudónimo de Mara de Armas lo hacía feliz desde su exótico paraíso; una casa de madera perdida en el hemisferio sur del mundo alejada del tumultuoso bullicio de la ciudad, a orillas del río Paraná.

Mara lo hacía feliz desde su lejanía cercana en la correspondencia, aunque él no pudiera desnudarla en su santuario marino para amarla a plenitud.

Una tarde de finales de agosto, mientras el capitán paseaba por los comercios del puerto de Singapur, decidió entrar en una librería de paso. Abastecerse con algunas novelas harían más llevaderas las noches en alta mar. Por solo cincuenta rupias adquirió un lote de cinco libros que incluía uno de los poemarios de Mara: "El pan de la buena vida".

El capitán pasó toda la noche inmerso en su lectura; ciento veinte páginas que iban desde los romances lorquianos al verso blanco. El curioso poemario incluía también veinticinco recetas de repostería recogidas en la segunda parte del libro, publicado por quinta vez en edición de bolsillo con el lema:  "cocina para hombres solteros". Las pruebas evidenciaban que el capitán era uno de aquellos hombres solteros negados al arte culinario a los que hacía referencia el recetario, pero él no estaba dispuesto a hacer a un lado el sextante y las cartas de navegación para entrar en la cocina, ni a dejar aquel libro en las torpes manos de su cocinero, Ludovico, por muy buenas artes que el italiano tuviera. Y ardía en el corazón del capitán la esperanza de que fuera la propia Mara de Armas quien preparara sus delicatessen en la cocina del Golden Hind. De ningún modo abandonaría el puerto de Singapur sin conocer el paradero de aquella mujer con artes de hechicera para enamorar a golpe de verso y endulzar el estómago del más exigente comensal. El librero se mostró reacio a soltar prenda cuando el capitán se presentó en la librería indagando  por el paradero de la escritora. Finalmente, el buen hombre desembuchó gracias a los generosos doblones del capitán.

Con el devenir de los meses ambos fueron haciendo a un lado las formalidades en el trato y pasaron, sin darse apenas cuenta, del ceremonial  señora y el estimado capitán, a: mi admirada Mara,  capitán John Williams Madison (a excepción de su santa madre, en gloria desde hacía cinco años, nadie lo llamaba por su nombre de pila al completo, sólo capitán), o capitán Madison, hasta acabar en: mi estrella polar, mi fuerza extraña, de puño y letra del propio capitán, y "mi capitán", brillando en la caligrafía esmerada, en tinta Rosa fucsia, con la que Mara de Armas solía responder sus cartas, siempre impregnadas con el aroma de los ingredientes exóticos que ella empleaba para hornear sus bollos de miel: canela, cacao importado de Brasil, pimienta de jamaica...

Una foto y un buen puñado de cartas no atesoraban más valor que la misma Mara de Armas en persona. El capitán Madison estaba tan decidido a saltar la estática barrera coralina de la comunicación epistolar, que hasta le había prendido una vela y entonado la Salve de los marineros a aquella virgen de la que su abuelo fuera en vida devoto, la Virgen del Carmen, y ofrendado flores y palomas y collares de plata al despuntar el alba, a aquella poderosa reina del mar en la que su madre depositaba el desenlace o arreglo definitivo de los tormentos del corazón, Yemaya Olokun. Todo con tal de ver materializado el sueño de contemplar a Mara de Armas desandar a pie grácil la pasarela que unía el puerto con el varaje del Golden Hind; lo que fuera por degustar, al menos por un día, uno de esos desayunos copiosos que tienen cabida luego de una noche de pasión mientras Mara, sentada en su regazo de hombre maduro, reía como un cascabelito al verlo zampar sus bollos de miel con la fascinación desmedida que sienten los críos por las golosinas.

Mara era la pieza imprescindible que completaba el puzzle de su hombría. Algo valioso que ya había tenido con anterioridad en otro estado físico y que él había perdido en algún tramo del camino.

En las noches en que la mar se mostraba piadosa, el capitán Madison se recluía en su camarote y fabulaba despierto con la verticalidad de los cabellos castaños de Mara sobre su espalda desnuda camino de la ducha. Fabulaba con su dulzor tímido mientras, Andrómeda, desfilaba en sllow mottion a través del ojo de buey del camarote al compás de la voz en el gramófono:"voy soñando con tus besos por el callejón del agua/ no despertarme del sueño campanas de la Giralda... 

Su dulzor estallando en hecatombe junto a ese otro Madison que él había sido en el pasado. Fabulaba a ojos abiertos con sus pies de geisha recorriendo su espalda tatuada por los azotes del Sol en cubierta en las largas travesías, con un mundo donde el camarote, colmado de suspiros aleatorios, cumplía el milagro de derribar sus cortafuegos de mujer precavida, dispuesta entonces a complacer sus ansias amatorias de lobo transoceánico.

Fabulaba... con la pasión de un escritor en buena racha hasta quedar plácidamente dormido, o hasta que, por fuerzas mayores,  el primer oficial requería su presencia en el puente y la evocación de aquella Mara, reconstruida por él con los fragmentos almáticos que ella le mostraba entre líneas, quedaba flotando en el camarote hasta la próxima ensoñación.

El capitán John Williams Madison la deseaba con la misma desesperación con la que su tripulación esperaba oír la voz del vigía en la torreta vociferando de a pleno: ¡tierraaaaaa!, para adentrarse en las tabernas del puerto de Tombuctú, Antioquía, Katmandú... en busca de compañía femenina, luego de varios meses en alta mar, tanto-tanto, que sería capaz de entregarle a quien se lo pidiera en el próximo puerto todo el botín atesorado en sus bodegas, si ese "alguien" fuera capaz de proporcionarle un futuro junto a Mara.


Nosotros seremos lo que tú quieras que seamos,
yo soy lo que te de la gana,
échamelo todo en cara.
También soy el que te acaricia en las mañanas,
yo soy el que te ama,
el que te da las ganas y desganas.
Yo soy el que te cuenta las pestañas.
Yo soy el que arropa
cuando estás durmiendo y te quedas helada.

Yo soy el que navega contra el viento,

ahora dime que no
perdemos los dos,
si te vas...





************


n.del a: *“Cuando te beso", letra y música del maestro Juan Luis Guerra.





domingo, 2 de octubre de 2016

Decálogo del cabreo padre.





"Publica y serás crucificado"
(Guillermo Cabrera Infante)



Los escritores novatos creemos saberlo todo solo por que un buen día, Tim Berners Lee, el padre de Internet,  tuvo la brillante idea de poner en marcha un proyecto para facilitar el intercambio de información entre científicos e investigadores, que años más tarde, desembocó en el gigante del que ahora todos hacemos uso: Internet.

Desde que Google ha decretado barra libre hay mucha peña escribiendo, mucha peña que ha dado el salto a la fama, (den gracias a papi-web) y mucha peña que no tiene ni puta idea.

Comenzaré aclarando que no soy escritor, sino blogger. Hay una diferencia abismal entre esos dos conceptos. Uno no es escritor hasta que el oficio se completa, de modo que es inútil auto-llamarse y auto-laurearse como escritor estando en plena formación.

El tatuaje es un centro de experimentación, (creo haberlo dicho en más de una ocasión), abierto a la crítica. Lo que acabo de afirmar es perfectamente demostrable en los archivos. De momento no se me ha caído nada porque alguien me señale un error, o varios, en el texto. Lo tengo todo muy en su sitio, (la bilirrubina bien alta, ni siquiera tomo esas pastillitas azules para papipitufos azules sin capacidad de reacción en las noches azules). Hay muchas entradas donde se me señalan faltas ortográficas, errores de estilo, incluso, un comentarista me deja en la caja de comentarios una pregunta curiosa que me hace volver sobre mis pasos y darme cuenta que había omitido información importante para la comprensión del relato (el comentarista se quejaba de no entender ciertas escenas) e incluído mucha basura irrelevante.

Gracias, señor lector, tu comentario aún permanece en la entrada como recordatorio de la importancia de la opinión de quién se ha tomado el trabajo de abrir una entrada de un autor en tránsito, autor anónimo, y dedicado unos minutos.

Decálogo para escritores en tránsito.

1. Dale tus escritos a tu mamá. Las madres son como los borrachos pero en una versión sobria, nunca mienten, pero antes preguntate si tu vieja va a dejar de lado la cena o la compra para leer tus tremendísimas "perlitas". Mientras no estés seguro de ello, ni lo intentes.

2. Escucha con atención lo que los lectores, sean escritores o no, opinen sobre tu trabajo, y saca tus propias conclusiones (Dale por el c.u.l.o a tu ego)


3. Comparte tu trabajo con  escritores que ya conozcan el oficio. Su opinión te ahorrará tiempo en cuanto a aprendizaje y aportará riqueza y conocimiento atu carrera.

4. Sé un tío legal, o una tía con ovarios, y no me visites sólo para que te devuelva el favor. A mí me la sudan las visitas.

5. Ama a tus comentaristas. (A los verdaderos, esos que te leen porque realmente les gusta lo que escribes y no por no por la simple razón de cumplir).

6. No te cagues en los muertos. (Gabo, Faulkner, Truman Capote, Hemingway, Charles Bukowski... todos esos hombres dejaron sus obras para que las disfrutemos y aprendamos de ellos)

Lee bueno.

7. Un escritor muestra su valía sobre el terreno. Si quieres mostrar que eres vanguardista y muy cañero, demuestralo con una de tus paridas, no cargues contra los defensores de la buena literatura solo para chupar cámara en las redes sociales de turno.

8. Nadie nace sabio. Hay mucha peña colaborando en tu formación: lectores, tu santa madre con sus ácidas críticas, tus colegas principiantes, el tipo que te lee en las redes sociales y comparte tu relato, aún sabiendo lo mucho que te falta para enterarte de los que vale un peine en literatura...

Sé agradecido.

9. Que publiques en tu blog y que un montón de peña te deje sus comentarios adulatorios, en este caso, no significa que seas el escritor del año. (La sinceridad es un arma de doble filo, duele, hiere que te digan que eso que tú has escrito es aburrido, tedioso, una milonga de las buenas, en fin, tu barco pierde agua por muchos sitios, colega, pero es el único modo de saber si realmente lo estás haciendo bien).

10. A quien le pica es por que ajos come.

Gracias.

Soy J. Madison y ha sido un placer escribir para ustedes.




**************

n.del.a: Gracias siempre a todos los que han hecho posible mi crecimiento hasta la fecha: Gavrí Akhenazi, Mirella Santoro, Morgana de Palacios, Eva Lucía Armas, a todos mis compañeros.

Gracias mil a mis comentaristas por su tiempo, apoyo y cariño, opiniones y correcciones.

Perdón una vez más, María Campra Peláez (mamá escritora) por aquel incidente.

Abrazo.

martes, 27 de septiembre de 2016

Sicario (la morte è il mio mestiere)




La historia de "Sicario" bien podría ser la historia de cualquier hombre.




Si en algún momento de la lectura usted se siente identificado con el personaje, le pido encarecidamente: ¡no mate al amor! Qué culpa tiene el amor de sus problemas.

Algunos poemas bien podrían desarrollarse como guion de cine, pero ni yo soy guionista ni ustedes, queridos lectores, están para escuchar mis mamarrachadas de poeta despechado. Comprendo perfectamente el significado de la frase: cállate, Madison, que el patio no está para farolitos.

En cualquier caso, pueden ponerse cómodos en su butaca e imaginar que están en una sala de cine... y que en la entrada hay una chica divina de la muerte vendiendo unas palomitas de muerte, en esta casa no se cobra por darle a la sesera. Y ya que están, imaginen que Nancy Sinatra aparece en pantalla en primer plano, con su pelo yeyé, cantándoles el "Bang-bang", vestida de rosa chicle, inmóvil, muy a gusto, tan a gusto como una iguana tomando el sol a las 2:00 de la tarde en el desierto.





Y qué quieren que les diga, a mí el color rosa me ha parecido siempre un color espantoso para vestir a una mujer, incluso mis hijas han renegado del rosa desde que eran unos micos, sin ánimo de ofender, yo prefiero el negro...

Ay cállate Stevie Wonder, cállate-cállate de una maldita vez, hombre, me tienes negro cantándome "La mujer de rojo" y tú sabes de sobra que ese estilo musical no encaja en este guion.






Ya sé que los ochenta fueron los mejores años de mi vida, ni falta que hace que me lo recuerdes. Una época en la que yo no estaba enamorado de nadie ni nadie lo estaba de mí, y nadie perdía el tiempo en hacerle la putada a nadie, así que, si no te importa, cierra el piano y sal de mi cabeza. 

Este es un post de tipos duros, de pistoleros que sufren en silencio por amor; un post dedicado a esos currantes que sueñan con montárselo con su piba
a lo Nucky Thompson cuando salen del trabajo, con un Clavelito rojo en la solapa tope de elegante. Way tío, dabute...




De acuerdo, chicas, reconozco que Nucky no es un tipo muy agraciado, pero qué más da, la belleza está en el interior (y también en la billetera, Nucky tiene más pasta en el banco que el señor Barcenas)

Muy bien, sí, ya me callo.

Estimados lectores, sin más dilación:

Sicario.

(Espero que  no me disparen al terminar).


**********


La soldado de Dios.


Pido a Dios que te mate.

Te lleve por delante. Te silencie.

Algunos días,
esos días benévolos,
le pido solamente: haz que me olvide,
llévatela, señor.

Ve y tráele a otro tipo que la quiera
y que la haga sentir en las mañanas
hasta que el reino
de los hombres colapse
y tus ángeles quieran ser muy hombres
para gozar también.

Y entonces llegas, Dios,
tan de mañana,
y la traes tan húmeda a mis manos
y la montas desnuda sobre mí.

Me traes a esa "muerta" y yo permito
cabalgue mi violencia,
me sueñe y me imagine
orgasmo tras orgasmo,
a grito limpio
tu nombre entre sus dientes,
el cuarto y los vecinos, mi minúsculo
reino colapsado,
vencido en mi ataúd.


*************

The hero.

Que estoy enamorado, lo admito, como un perro.

Me puedes arrastrar, pisotearme
aquí, en lo privado de este cuarto,
que no soy menos hombre.

Soy tan hombre que puedo soportar
tus exterminios
sin derrumbarme, con la cabeza en alto.

Eso te gusta.
Te exita te suplique: no me dejes.
Te exita
el arte de tu guerra en la que soy
arrinconado por tu rosa en éxtasis.

Arremete, madame.
No escatimes en armas ni estrategias
por muy letal que sea el gas mostaza,

que voy a darte lucha y belicismo
hasta que Ares me lleve por delante.


****



He vuelto de la guerra.

La piel viento y metralla
y el corazón henchido de condecoraciones.

He vuelto.
Luzco ante ti la gloria de la Estrella de plata,
la del honor,
la púrpura,

los nudillos gastados de morderlos
y una hoja de servicios -impecable-
narrando a bomba y tiro mis victorias.

Nadie,
nadie sabrá jamás de las hazañas
del mutilado
sin corazón
sin lengua
y sin riñones.

Ya ves amor,
he vuelto de tu guerra,
de tu sórdida guerra de amantes despechados.

De esta vendetta estúpida donde no gana nadie.


************


Sicario.




Te amé con tantas ganas que tu cuerpo
fue mi dogma de fe.
La oración inmediata
rallando en la ceguera del fanático.

Te amé
hundido en el pecado
del idólatra
con el fuego impaciente del novel
que añora conseguir la fórmula perfecta
para ascender al pódium de la fama,

con la pregunta del enamorado
que deshoja violetas adivinas,

con los rigores muertos de un cadáver
inconmovible ante su turba fúnebre.

Te amé,
borrando todo rastro de inocencia,
de humanidad en mí,
de llanto,
de decoro,
vestido de coloso indestructible.
Con mi disfraz de déspota, de sádico marqués,
en ese gran papel de "Harry el sucio"
patrullando lo oscuro de tu centro,

de cazador Van Helsing desollando
tu libido vampírica.

Te amé,
con el encanto frío del sicario
que mata cada noche al corazón
para sobrevivir a tu corona.


**************





Dios, tú no comprendes nada.

Que puedes tú saber
de mí.

Tú que no has padecido las fiebres de matar,
tú qué nos padecido
cuánto puede exfoliarse un corazón
cuando el amor se vuelve solo carne,
y la pasión un triste comediant
disfrazado de trinos que entre aplausos
recoge sus girones.

Tú qué jamás has sido
esa Pompeya frágil que doblega
sus días de esplendor a las cenizas
de su letal Vesubio,

altísimo Señor.


*************


A la mierda Cupido.

Hazte a un lado Cupido.Ya no quiero
morir en tu estocada, desangrarme
llorando verso almibarado y lírico.
Mi amor es más de diablo sin alardes
que entrega el corazón sin ataduras.
No quiero tus lisonjas y bondades,
tu edén, tus estrellitas y piropos
de lengua tropelosa y torpe Náyade.

Ya te dí suficiente novelita
más que Corín Tellado, Dios me guarde
de escuchar, niño pijo, tu discurso
de polillas caducas al desmadre.

De su rosa cañí perdí el secano,
mi fórmula de abono no le *piace.

Ahórrate la flecha, viejo arquero.
El amor es un asco: ¡Bon voyage!


*

Fue mío de un disparo, comisario
con unas simples rosas amarillas
que cargué en el cañón de mi pistola.

Un tierno ramillete de rosas amarillas
que según los flamencos traen mal fario.

Despacio, en un blackout fatídico,
cayó a mis pies de bruces.
Y aquel cuerpo pequeño
no causó ruido alguno al derrumbarse.

No hicieron ningún ruido
ni sus rizos,
ni su rostro perfecto,
ni sus alas,
ni sus manitas breves
aún asidas al arco.

Qué poco pesa el alma sin dolor.

A la mierda Cupido.


*






Muerto el amor, se me murió la noche.
En su pálida frente de *obsidiana
se esfuma mi pasado, amplio derroche
del amante que siempre dio en la diana.

Muerta la noche. Muerta su cintura
de estrellas, su mirar de estalactita,
el vitral negro azul de su estructura,
sus piernas de mujer cosmopolita.

Su espalda de silíceo, sus caderas
de marciana rebelde, sus dos brazos
de maternal lobezna, sus
ojeras
de veladora nata de mis pasos.


*

Y mientras te pensaba,
azul tu raza, el gesto y los cabellos,
por que todas las grandes hechiceras
cargan algo de azul para la suerte,
toda diamantes y alas y estrellitas
sirviendo leche-miel y pan migado
a nuestros dragoncitos desdentados y fieros,
me llegó Don Sicario con su vida elegante
(de Valentino)
con sus cuatro mil muertes,
y la tarde de oro
bañando de amarillos su sombrero fedora.

Lloraba como un crío
por su ciega matanza cupidiana:

— Se me nubló la paz, cosa difícil,
pensando en el declive de ese baby.
En su cuerpo tan breve
y en sus mínimos labios
y en su lengua de culebrilla dócil
farfullando mi nombre en su agonía,
y aquella palabrita detestable
abarcando el espacio,
tan dulce,
de esos últimos, lentos estertores,
que llegan con la muerte:
—¡Canalla!

Y luego, en un suspiro desgarrador y sordo:
—¡Que te den, cabro-nazi!
(haciendo la peineta)

Debo reconocer que el crío es: sorprendente.

Y ahora tengo la alfombra,
mi carísima alfombra de lana del Nepal,
todo el cuarto infestado de confetis.
Por el amor del cielo, Madison, por dios santo,
una puta nevada
de corazones bobos
de papel rojo púrpura
danzando en el espacio.

Y maldita la gracia, yo me esperaba sangre.
En su defecto,
del torso hecho pedazos, de la frente,
no cesa de brotarle esa basofia.

Virgen de los sicarios.
Más que un ángel de amor
es un pavo relleno.


*************


Yo no estoy preparado para el duelo.

Sí dios tiene grandeza me permita
viajar antes que tú,
que a todos los que quiero.

Yo no estoy preparado para ver
como los vivos ponen
tus mejores vestidos y mis cartas
en cajas al destierro,
tus libros,
tu carmín
y tus zapatos...

Tengo un problema serio con la muerte:
No aguanto que me robe lo que quiero.


**************


Mi venganza mayor, será morir
asistiendo al sepelio de lo nuestro.

Ver como te derrumbas moribunda,
el corazón en llamas,
mientras este voyeur contempla en bambalinas
que no existes sin mi mejor receta
para salir ilesa de lo adverso,

sin mis cuarenta y seis batallas
desnudas en tu boca de Calígula,
sin mi trago de vodka y mi pitillo
temblando en tu nocturno,
sin mi fuego cruzado,
sin mis ganas,

dejar que el luto por lo nuestro
devore mis espaldas
sin pelearte.


*************


Qué alguien traiga el maldito desfibrilador.


Mi muerte es otra historia.

Estoy en ese sueño,
desnudo y sobre ti,
en el que mi cantar penetra y sale de tu capitanía
en lenta procesión espiritual.

Te digo tantas cosas;
ésas que nunca digo a nadie.
Las voy sembrando al borde de tu boca
con la paciencia de un viejo jardinero.

Mi muerte es descubrir
que todo lo vivido
es solo un sueño.


*

Mi corazón se cae desde el cielo mayor
y no hay ninguna red
ni manos de bondad que lo sostengan.

Me muero.

Me muero en do mayor que es como mueren
los hombres de verdad,
los pasionales.

Los que llevan al pecho
la medalla de oro
de segundos Romeos.
Oro de "24 kilotones".
Sin trampa ni cartón, oro del bueno.

No te sientas culpable de esta muerte.
Me maté porque quise.
Porque me dio la gana.

Me maté porque quise y también porque te quiero.


*********************


 Amor a lo Buscemi.





Tengo esa fantasía de llegar a tu puerta,
elegante, bien fino,
a lo Buscemi.

Es sábado, un sábado magnífico
y llevo un clavel rojo en la solapa.

 Es tarde,
todo lo tarde como para impedir
que una señora salte de su cama
en camisón a consolar a un tipo,
un camisón eterno, inacabable,
largo
hasta
el
piso,
transparente.

Tú me preguntarás mi santo y seña desde el interior
y yo diré mi nombre.

Responderás qué no.

Buscemi es la serpiente,
es el amo de todas las manzanas
que brotan de ese árbol.
Aquel árbol del que te habló mamá cuando tú
eras
tan pequeña como lo eres ahora
haciendo contrapeso
con tu peso de hembra- inmensa-hembra,
sobre esa puerta- obstáculo y maldita
(te gustan demasiado las manzanas).

Y a las serpientes se les deja en la calle
para que el hombre del saco se las lleve.

Un corto y diminuto no que en realidad
es: SÍ.

Ese tira y afloja femenino,

ese vete (tan cruel) que no te quiero,

ese ancestral patrón repetitivo
entre el hombre y su hembra.

Sí. Tú siempre abres la puerta.
porque todo, absolutamente todo
es posible en mi Hollywood onírico.

Y para qué engañarse, tú deseas
todo lo que yo traigo y represento:
un Buscemi ajustado a tu medida
que sabe bien montar a la palabra.

No sé si llevo rosas.
Conociendo a Buscemi,
un pistolero con vocación enferma
por las flores, seguro que las llevo.

Y entonces entro.

Y te amo
de pie contra la puerta
en la cama,
(Buscemi sólo llega hasta la cama)
sobre la mesa del salón,
bajo la ducha,
en la cocina...
mientras te digo suave y al oído,
(uno a uno, palabra por palabra)
todos esos poemas que escribí para ti
un sábado cualquiera.

Buscemi es un cabrón piquito de oro,
pero tú quieres todo del cabrón de Buscemi.
Te vuelve loca ese ladrón de corazones.

Es lo que piensas
mientras Busemi fuma su pos-coital pitillo
desnudo junto a ti,
en tu cama fantástica de santa.
La santidad que enamoró a
Nucky Thomson.

A Sicario le tiran
otras paridas más trascendentales
para morir en acto de servicio.

Cabalgar en la noche, tan desnuda,
con la espada a los vientos
mientras gritas mi nombre a las estrellas
es una invocación muy peligrosa.
Y ciertos personajes
pueden entrar al quite y tan al quite
como para matar de lleno a los actores.

*********************


Ya te lo dije, no soy un pistolero.


El hombre del revólver y la luna partida en mil pedazos,
ese Sicario que le reza a la virgen
que todo matarife necesita para lavar pecados,
el asesino a sueldo
que pugna por ganar tu corazón,
es en realidad el pistolero.

Y a veces lo consigue.
En el fondo te gusta ese Sicario
que mata mientras Billie
se muere por las noches
en requiebros
en su móvil.

Pero yo no soy ese matador de cupidos
aunque vista de luces para ti.

Yo soy el soñador que te corteja,
yo soy
tu tejedor de estrellas,
el poeta que  espera
al otro lado
de todos los azogues de tus mundos,
Alicia de mis sueños.

En este instante, 22:09 de la noche,
hora española, estoy junto al espejo.

¿Vendrás a rescatarme?


**


Por fin tengo al amor oculto en ese espejo solitario
donde me miro a veces.

Lo tengo y con sus huesos
me he hecho un relicario 
con el que me santigüo por las noches
para dormir en paz.

Qué juego tan extraño es el amor.

Vivía convencido de que nunca amaría
para no troquelarme las arterias
y no morir, ahogado,
en los pozos oscuros de pasión
de mi sola fortuna.

Por fin siento al amor durmiendo
en las oceanidades de mi alma

Por fin llevo al amor como una lanza
deliciosa
hundida en el costado.

Y esa tenencia me hace
sentir tan indefenso,
como si el mundo
pesara kilotones en mis ojos.

Tan solo y tan perdido,
 tan niño,
que me cuesta
controlar en las noches
esta férrea armadura de Sicario.

************


*************

La morte è il mio mestiere.






Y bien, esto ha sido todo, les agradecería no usaran mi caja de comentarios para dejarme sus rollos sentimentales. Estoy seguro de que en alguna parte de la blogosfera hay un Dr. Love, todo es cuestión de salir a buscarlo. La caja de comentarios es única y exclusivamente para asuntos literarios. (Aunque si les hace bien contarme que su mujer les dejó, que fue a por tabaco y no regresó nunca y que no tienen ni maldita idea de como se hacen unos garbanzos, adelante. Soy muy respetuoso con el secreto de confidencialidad.


Soy J. Madison y ha sido un placer escribir para vosotros.