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miércoles, 16 de marzo de 2016

Efecto mariposa. Capítulo II (Paridas en la noche)









Y, precisamente, esto que va a ocurrir en breves minutos fue lo que me llevó ante aquella ollita milagrosa japonesa de la que tanto les hablé en mi anterior entrada: una cena organizada por este servidor con el objeto de presentar a mi novia ante mi familia. Y les aseguro, gente de la blogosfera, que mi única pretensión al arrodillarme como un pajuato ante la santísima Oshún era pedirle que, durante el trayecto de este sarao gastronómico amoroso, todo saliera como Dios manda y pudiéramos, todos, disfrutar de una cena exitosa y en paz. Porque, entre otras cosas, los de mi quinta, los nacidos en el 69', no superamos un infarto ni de coña según las estadísticas.

Y aquí estoy, compuesto para la ocasión, como un pincelito, vamos. Qué no, que no voy de Armani. Como ya he dicho, ésta no es la boda de la infanta sino una cena presentación, así que voy, como dice la Martirio, arreglado pero informal, vaqueros y una camisa de cuadros blanca y negra muy juvenil. Nadie quiere parecer un carcamal serio y estirado al lado de semejante belleza.

Sí, caballeros, colegas, vuelven los cuadros. Aunque estos cuadros no son unos simples cuadros de mercadillo de barrio, son de la marca: Converse.

Gladys está compuesta, (y sin novio) elegantísima. Mi Roberto está compuesto, valga la rima. Y Dicaprio, mi espectacular chihuahua, también lo está. Todos acuartelados en el salón esperando calladitos a que mi Luz llame al tiembre, envueltos en éste olor a pollo, porque toda la casa huele maravillosamente a pollo a la barbacoa, y eso no implica que mi señora mamá, Gladys, se haya dignado a usar la barbacoa de la piscina para elaborarlo. Pues no, gente. Sintiéndolo en el alma no voy a detenerme a facilitarles la receta familiar. Para eso ya está Google, con un amplio abanico de posibilidades en cuanto al ramo culinario se refiere.

¿Cómo dicen? ¿Qué no sea tan cabronazo?

Venga, va. En exclusiva para todos ustedes, la receta familiar del pollo de mi mamá, pensada para mujeres más interesadas en ganar tiempo en maquillarse que en partir la pana con un plato complicado para sus esposos:

Cortar una cebolla en juliana y dorarla en abundante aceite de oliva virgen, virgen en serio y sin fingimientos. Añadimos el pollo troceado. Lo doramos a fuego fuerte durante unos breves minutos. Añadimos 150 grs de mantequilla sin sal, y luego bañamos el pollo con esa salsa china tan conocida a la que mi hijo Rob y yo hemos bautizado con el sencillo nombre de: salsa marrón, y que todas ustedes conocen como salsa de soja de toda la vida de Dios.

Y ahora, señoras, y que los señores también tomen nota, por favor, esto que viene continuación va como el amor del bueno, ese que solo conocen los de mi quinta, a fueguito lento, muy, muy lento. Tal y como cuando están en medio de ese momentazo feliz que todos ustedes saben y se arrancan a pedir: ¡ay Dios, tú que eres tan poderoso, que esto dure y que no se me acabe nunca! Y no se me despisten fantaseando con el momento lover porque en unos quince o veinte minutos tendrán el pollo a la barbacoa más que listo.

Y justamente a eso, huele ahora nuestra maravillosa y moderna casa: a pollo a la barbacoa. Entonces suena lo que todos estamos esperando como cosa buena: el timbre. Y Gladys salta a mi lado como si alguien oculto bajo el sofá le hiciera la tremenda putada de pincharle el culo con una aguja de hacer punto de cruz y dice:

—Robertico, corre, ve a abrirle a tu futura mamá.

Bueno, ya empezamos mal. Gladys continúa con esa película de: "una mamá para Robertico".

—No —intervengo yo— Roberto no. Mamá, ve tú a atender.

—No, yo no, que yo estoy muy nerviosa.

—¿Y por qué?

—¿Porque hace quince años que en esta casa no entra una mujer?

El timbre sigue sonando descocado mientras Robertico nos mira a mamá y a mí como en los partidos de tenis, y Dicaprio comienza a dar salticos y a ladrar en plan histérico total. Porque si hay algo en esta vida que altera a mi Dicaprio es ese dichoso timbre.

—Bueno, mamá, eso no es cierto, tú eres una mujer.

—Pero yo no cuento, imbécil.

—¿Ah no? Y qué coño eres tú entonces, ¿un travesti? Roberto, que abra mamá, tú ve a ponerme un whisky para tranquilizarme.

Doble.

Finalmente nos alzamos como una familia compenetrada y milimetricamente sincronizada. Mamá corre al portero automático, Robertico al mini bar, Dicaprio se da cuenta que el patio no está para farolitos y desaparece de mi campo de visión, y yo, el rey del mambo, a la ventana.

Los ventanales recogen una vista estupenda, amplísima, del sendero de la entrada, veinte metros. Veinte metros contemplando los andares de aquella preciosidad mientras me bebo el trago que mi primogénito, Robertico, me ha servido tan bien. Veinte metros que se duplicarán en cuarenta sometidos al paso lento de Farah María montada sobre aquellos tacones-ascensores elegidos para equiparar mi altura, y cuarenta metros dan para montarse una tremenda fantasía animada mientras cae el segundo whisky de la noche, señores, con ese vestidito cortico y de hombros descubiertos...

—Papá.

—Si los cubanos hubiéramos tenido una Farah María con esos ojos matadores y ese recogido, y ese cuellecito tan fino, y esos...

—Papá.

—remeneos cadenciosos y lentos de caderita a derecha- izquierda, y yo les puedo asegurar a ustedes de buena tinta que...

—Papi...

—la Farah María original levantaba hasta a los muertos en sus buenos tiempos, cosa más grande caballero, tremendo pibón que me...

—¡Madison!

—¡Qué!, qué, hijo mío, qué mierda pasa.

—Qué sueltes la cortina que la vas a arrancar de cuajo con el ataque de nervios.

Y entonces es cuando mi querido hijo enfoca por encima de mi hombro lo mismo que un franco tirador y abre los ojos con una desmesura que me hace pensar mientras me vuelvo: pero qué bicho le ha picado a este muchacho, y ahí está ella. Seguramente se habrá quitado los tacones y salvado a pie (piececillo) partido los últimos metros que faltaban para alcanzar la entrada por las ganas de verme. O simplemente este servidor calculó mal velocidad, metros y altura del tacón. Puede. Decididamente lo mío es la literatura y no la física.

—Ca-ca- cariño —digo.

Hay que joderse. Fijo que ese recogido le habrá costado a Luz un huevo en la pelu, más el tiempo, y ya saben ustedes que el tiempo es oro, que habrá dedicado esa criatura a maquillarse y a responder a la pregunta del millón que toda mujer le hace a su armario mientras éste la cotempla mudo, tal y como su madre la echó al mundo: ¿qué me pongo?Ay, quién fuera ese armario. Y a mí solo se me ocurre soltar ca-ca. Y es para estos casos que uno tiene un hijo que vale una millonada.

—Hola. Bienvenida. Yo soy Roberto, el hijo de Madison.

Mi Luz mira hacia arriba con el cuellecito casi descolgado. Sí. Va a ser que todo el cereal que le obligué a comer a mi niño durante la infancia le ha salido de golpe: metro ochenta. Robertico da un paso al frente y le planta un beso en la mejilla. Tengo el vaso de whisky, ya vacío, tan bien agarrado que corre el peligro de perder la forma. Sí. Como bien dice mamá, quince años retirado de los escenarios amorosos provocan estos temblores en las piernas y en las manos, y en la mandíbula estilo terremoto que yo estoy padeciendo y que están, como diría esa cantante mexicana de cuyo nombre no quiero acordarme, arrasando con la vida no, conmigo. Y luego está ese jodido efecto congelador no frost, porque hasta para eso es uno moderno, en la boca del estómago, si es que es cierto que en el estómago también tiene uno boca. O será todo este carnaval de sensaciones lo que la gente llama: mariposas.

Luz se adelanta y me besa en la mejilla, muy cerquita de la comisura de los labios y me agarra de la mano. Aunque la mesa está dispuesta nos sentamos todos en el sofá.

—¿Qué? ¿Tomamos algo, o nos vamos directamente a la mesa? —pregunta Gladys.

Y entre todos, una vez más milimetrados incluida Luz, nos decidimos por marchar a la mesa. Mamá va a la cocina a por el pollo. Aparece en un santiamén y comenzamos a cenar, a meterle mano a los entrantes; Jamón de jabugo cinco jotas y varias cosillas más, así, en plan sencillito, gambas blancas oriundas de la costa de Huelva, las mejores de todo el territorio, mientras nos deleitamos con un estupendo Sangre de toro que entra con una facilidad del copón.

—¿Tú tienes hijos? —pregunta Gladys a Luz.

Hasta ese momento mi señora mamá se había mantenido tal y como yo le había ordenado: calladita.

—Aunque, tú eres muy jovencita, ¿no?

Gladys ni siquiera ha dado lugar a que Luz responda la primera pregunta cuando ya le ha lanzado la segunda.

—Y vives con tus padres, según me ha contado mi hijo John.

Y la tercera, entre gamba y pollo, porque al parecer la señora no ha preparado solo un par de preguntas formales para su debut en"Salsa Rosa", sino un combo de preguntas orientadas a espantar a Luz María. Yo ya no puedo más y Robertico corre el peligro de acabar sin globos oculares de tanto abrir los ojos, o borracho de tanto darle al Sangre de Toro creyendo, pobre infeliz, que no lo estoy mirando. Cuando todo esto acabe me va a oír.

Señores, nunca, háganme caso, nunca, nunca, depositen su suerte en manos de una santa santísima japonesa como hice yo. Sí que me estaba ayudando Oshún, valgame Dios. Gracias qué solo le pedí por la cena. Y que conste, lo único que le prometí a cambio fue un ramito de girasoles de Las Ramblas, porque sabía de más que ella no iba a hacerme ni puto caso. Fue esa la razón por la que decidí no prometerle romper mi estrecha relación con la maría y algún que otro vicio nocturno que no merece la pena nombrar, porque no viene al caso.

Uy. Me dicen los camareros del bar en el que me encuentro tan a gustito, más a gustito que Ortega Cano, chupando Wifi, que ya cierran. Vale. Tengo que trasladar la oficina secreta hacia otra latitud. Nos vemos en el siguiente punto de conexión Wifi. Espérenme que no tardo.

Mientras encuentro un garito decente donde reconectarme a la red disfruten de este maravilloso tema de la cantante Pink: True Love.








3 comentarios:

  1. Jajajajaja... tremendo, Madison, tremendo.
    Te felicito por la fluidez, la naturalidad del relato. Hasta con la receta del pollo.
    Tenés unas cuantas fallas de tipeo, pero eso es solucionable.
    Abrazos, a la espera de la próxima entrega.

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  2. Querida Mirella, una vez más gracias por el apoyo.

    El texto está aún en proceso. Me encantaría terminar la historia. No sé cuánto tiempo me llevará pero en ello estoy.

    Gracias por la visita.

    Un abrazo.

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  3. Querida Mirella, una vez más gracias por el apoyo.

    El texto está aún en proceso. Me encantaría terminar la historia. No sé cuánto tiempo me llevará pero en ello estoy.

    Gracias por la visita.

    Un abrazo.

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