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jueves, 24 de marzo de 2016

Vino español. Capítulo III (Paridas en la noche)





Sí señores, creánme cuando digo que dejamos el pollo listo para la operación bikini: literalmente en los huesos. Luz María la que más. Incluso hubo un momento en el que deseé con una fuerza tremenda, diríase extra- terrestre, ser un pollo para que me troceara con un amor dulcísimo y me cocinara a fuego lento, y me montara con esmero sobre una elegante bandeja y me llevara ante mi Luz, hambrienta, loca literalmente por hincarme el diente y chuparme, y roerme por entero hasta dejarme así como les digo: literalmente en los huesos.

Ay, bueno, sí, les he colado un adverbio de esos que no gustan para nada a la academia. La de policía no, la del gremio de los escritores profesionales. Pero miren que sonoridad tiene: "LITERALMENTE".

Literalmente es la leche.

Si alguno de ustedes ha tenido el valor de lanzarse con la receta del pollo a la barbacoa se dará cuenta que este servidor, no miente.

Todo marchaba de lujo. Lo cierto es que Oshún se había ganado con su buena labor como interventora de paz en esa cena no una ofrenda girasolar a toda caña y pastilla, sino una visita de este servidor a su lejano santuario en el Cobre. Y justo cuando la cocinera —Gladys— dejó aquel maravilloso postre en la mesa, sonó el timbre.

—¿Tú has quedado con alguien, Robertico? —pregunté a mi hijo por simple curiosidad.

—No, yo no. —dijo él.

—Mierda —dijo Gladys de repente —olvidé cancelar mi cita con Méndez.

—¿Qué Méndez? —pregunté yo perdido.

Sí, señores. Es el efecto contraproducente del maridaje maldito entre el whisky y el Sangre de Toro.

Regla número uno del bebedor: nunca jamás de los jamases mezcles. Y si por casualidad te da el punto y te saltas la regla, entonces aguántate, colega, porque en esa escena es cuando uno se siente tan confundido como Dinio bailando en una discoteca en Ibiza o tan perdido como Dicaprio. Y no me refiero, precisamente, a mi Dicaprio —mi chihuahua no bebe— me refiero a Leonarditi Dicaprio, el actor de cine, chapoteando en aquellas aguas turbulentas y heladas donde se hundió aquel famoso barquito que todo el mundo sabe, pidiendo encarecidamente entre estertores un sitio en la tablita a aquella muchachita indolente, sabiendo de antemano que ella no te va a dar ni siquiera una pastillita para la fiebre porque eso no entra en el guion.

—Y qué Méndez va a ser, mijo. Tu psiquiatra —aclaró mi espléndida madre.

—No, Gladys, no, Méndez es mi colega. Sí, es psiquiatra, el mejor de todo Madrid, pero no: "mi-psiquiatra". —aclaré yo más esplendido aún—. Rob, ve a abrirle a doc.

Doc, que es como le llamamos los colegas porque se parece mogollón al actor que interpreta el personaje de Doc en esa peli de Steven Spielberg: "Regreso al futuro".

— Bueno, tampoco es para alarmarse. Visitar a un psiquiatra es algo de lo más normal, —dijo Gladys.

Como si todo madrileño tuviera un psiquiatra en su ajetreada vida. Pero no me lo dijo a mí, se lo dijo a Luz María que la miraba y me miraba a mí en un vaivén entre el susto, la curiosidad y la pena.

—Es que mi hijo John, —continuó Gladys, —sufría unas pesadillas terribles y Méndez le echó un cable cuando murió su...

—¡Gladys! —atajé—. pero ella ni puto caso.

—Ay sí, niña, recuerdo que cuando a ni hijo se le aparecía aquella muerta en cueros en su cuarto...

—Rob, suelta ya el vino —casi en un grito se lo dije y, Robertico, saltó en la silla. Pero Gladys a lo suyo.

—Niña, bueno, eso era lo que él decía, que una muerta con el pelo mojado, sí...

—¡Ya, Gladys!

—Y entonces él, mi hijo, gritaba. Ay, virgencita del cobre, como gritaba ese hombre, por tu vida...

—¡Mamá!

—Muchísimo, como en una película de Hitcoch. Y entonces, Doc, Bueno, el doctor Méndez...

—Gla-dys- Sán-chez. —dije con determinación atronadora.

Que en realidad se traduce como: cierra ahora mismito esa bocaza o va a arder no solo Troya, sino todita la casa y contigo dentro, mierda.

—¿Qué pasa? ¿Se me ha corrido el rimel?

¿El rímel? La madre que la trajo al mundo, que es mi difunta abuela. Pues resulta que no era yo el único "Confusio" confundido en aquel sarao. Ya había caído una botella de vino en combate, un combate trial (a tres gañotes), porque mi Luz María beber, lo que es beber, le había dado bien poco a aquella maravilla española, solo una copita y ni siquiera entera, aún le quedaba un dedo. Y la segunda botella, luciendo su esbeltez sobre la mesa, ya estaba casi a punto de pasar a mejor vida. En mi vida había echado tanto de menos a papá. Madison tenía a mamá bien caladita, conocía muy bien su punto flaco —la lengua—, y le paraba los pies, perdón, la lengua, solo con abrir un pelín los ojos. Pero a mí no me funcionó esa mecánica nacional de mi papá. En cuanto la miré con ojos de sijú platanero, bien saltones, Gladys creyó la muy salá' que se le había corrido el pavimento de las pestañas postizas. Y yo sentí unas ganas tremendas de decirle a Luz, allí, sentada a mi lado con la piernecita cruzada y los ojitos muy abiertos, esos ojitos verdes retransmitiéndome telepáticamente: coño, con qué clase de loco me he ido yo a liar: —joder mami, que no, que no estoy loco, boba, yo la única locura que padezco ahora mismo es que estoy coladísimo por tí. Te lo juro por la gloria de mi padre.

Y que todo ese brete de la muerta eran tonterías de mamá, aunque en el fondo no lo eran. Realmente se me presentaba en mi cuarto aquella chica muerta en plena madrugada y se quedaba allí de pie, mirándome, desnuda a los pies de mi cama. Y yo le preguntaba, acojonado, —¿qué quieres?/pero ella no decía ni este tremendo cuerpo, porque aquello si que era un cuerpo y no el de los bomberos, es todo mío. Además, es lo peor que alguien que visita a un psiquiatra puede aclararle a su novia de hace solo un par de semanas, porque todos los locos de remate dicen siempre lo mismo: yo no estoy loco.

Para cuando Rob y Méndez aparecieron en el salón yo ya estaba muy "Zeus", la verdad.

—Camarero, —un Martini, haga usted el favor.

Ay, perdónenme, señores lectores, pero se aproxima la hora del almuerzo; hora de un aperitivo feliz. Me hubiera encantado que el memo del camarero hubiera tenido el detalle de preguntarme, muy serio él: —señor, ¿mezclado o agitado? en plan agente 007. Porque el bar es muy de alcurnia y los astronómicos precios de la carta hacen a sus clientes merecedores de un trato especial. Aunque, nada que ver. A Bond, James bom-bón, le quedan muchos veranos en las playas de Mallorca para agarrar este moreno caribeño que yo gasto, y a mí mucho gym para agarrar la perfección inglesa de su esculpida figura.

Bueno, salgo a la calle a fumar un pitillo. Regreso en cinco minutos y seguimos charlando.


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