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jueves, 11 de agosto de 2016

El hijo de Simbad.









Siempre que contemplo un folio en blanco quedo sumido en la evocación de las relucientes velas nuevas de un navío a punto de zarpar para escribir en ellas la historia de sus rutas, tal y como ahora recuerdo, desnudo frente a este procesador de texto blanco y moderno, mi punto de partida hacia las rutas que habrían de hermanarme con mis mundos.

Según cuenta mi madre: Yo no quise nacer.

Qué negación absurda la mía a abandonar la calidez del vientre, bahía maternal, estrecha cala
resguardando mi frágil pequeñez de posibles peligros de futuro.

Ahora entiendo por qué no quise nunca quedarme demasiado en ningún paraíso edificado por muy maravilloso que éste fuera. Cada cierto tiempo hacía el equipaje. Daba igual dónde fuera, por que yo era feliz errando con mi prole de grumetes tempranos.

Jamás temí a la noche, sí a ese tumulto negro incontenible que se te viene encima silencioso, cargado de misterio, de sombras y de puertas a otros mundos: la noche tras mis párpados con todas esas voces muertas del pasado que me salen al paso mientras duermo. Siempre necesité avistar un faro, una luz como guía para salvar mi alma de marchar con todos esas almas familiares; faros-amores, faros-hijos, y el mejor faro revelado tardíamente: el faro-literario.

Sí. Yo siempre fui marino, como lo fue Simbad o Sandokan, el tigre de Malasia.

Un marino solitario y monógamo, escribidor de versos con algún que otro código moral en mis arterias. El regalo de dios para salvarme de ceder ante el pecado de la piratería.







3 comentarios:

  1. Qué prosa poética tan hermosa, Jonh...
    Es verdaderamente un placer estético y emocional, leer un texto que te toca el alma como el éste.
    Un abrazo, capitán.
    Mar.

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  2. María, no sé cómo agradecer tus visitas, por otro lado, tampoco estoy muy hecho a esos elogios, me descolocan y casi nunca sé que decir. Gracias no es suficiente, lo sé, así que toma también este achuchón virtual.

    Espero llegue y cumpla el cometido de recargar tus pilas emocionales para este verano, que como ves ya está a punto de acabar, con lo que a mí me gusta, las pilas poéticas no hace falta, esas ya tienen energía de sobra. Doy fe de ello, poeta.

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  3. Como le ha ocurrido a María, las cuerdas de tu guitarra marinera, también me han rozado el alma con tu hermosa prosa poética.

    Si, llevas razón, contemplar un folio en blanco es también imaginarte esas relucientes velas de un navío dispuesto a recorrer mil mares con el timón en la mano, tal y como lo hacía Simbad el marino o cualquiera de esos lobos de mar... Y con los que me identifico, pues desde mi más tierna infancia mi suerte me ha llevado a atracar en muchas dársenas perdiendo mi equipaje social por el camino...

    Un abrazo fuerte.

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