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martes, 20 de septiembre de 2016

La mujer colibrí.










Desde que tengo uso de razón he cumplido a raja tabla con el rito familiar implantado por mi señora madre: comer pollo los domingos; pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a la creatividad culinaria de mamá. Tenía muy claro que mi nueva vida en España no sería un impedimento para que  siguiera cumpliendo con aquella vieja tradición, porque si algo había de sobra en mi nuevo paraíso era pollo. Pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a las leyes del libre comercio.

Así fue como el pollo, esa vulgar ave de corral sin atractivo físico alguno más que en cueros, doradita y  emplatada con su correspondiente guarnición, se convirtió en algo importante, imprescindible para mi supervivencia emocional.

El pollo pasó a ser el hilo conductor comunicativo entre mamá y yo, algo que materializaba el cordón umbilical que en su momento me mantuvo amarrado a ella. Yo podía tirarme la misma eternidad degustando un muslo de pollo mientras la recordaba, hasta roía el hueso tal y como hacía en Cuba (aquello había que aprovecharlo al máximo, uno sabía que no iba a a pillar pollo hasta el domingo siguiente). Y  era con ésa misma fiereza que yo atacaba, sin ningún asomo de piedad, a los pollos españoles, como si se tratara del último pollo de la tierra en mi último día en la tierra.

Mi adoración era tan enfermiza que mi suegra aprendió a preparar el famoso pollo a la barbacoa de mamá para complacerme cuando nos reuníamos en su casa para almorzar los domingos. Mi predilección por aquel manjar del montón mutó en una aversión espantosa cuando llegué a una amarga conclusión: comer pollo los domingos era el equivalente a los años que debían pasar hasta que mamá y yo nos  reencontráramos. Entonces decidí cambiar radicalmente mis hábitos alimentarios y convertirme en vegetariano.

Un domingo, mientras almorzaba con mi hija en un restaurante vegetariano, lugar libre de pollos y de su anatomía evocatoria, aquella nostalgia por mi madre y sus costumbres domingueras eclosionó, como los volcanes, cuando la camarera se acercó a nuestra mesa para  tomarnos nota.

—¿Y qué van a beber los señores? —preguntó mientras nos proporcionaba la carta.

Al mirarla, las lágrimas llegaron con irremediable prontitud al borde de mis ojos, como si en lugar de preguntarme ella que quería beber me hubiera comunicado que —en breve— vendrían a buscarme para conducirme hacia el patíbulo, y macho que es uno, mamá se había pasado toda la vida dándome la brasa con aquello de los hombres no lloran, eché el resto en no derramar ni una solita.

—Señor ¿está usted bien? —preguntó la chica— de repente se ha puesto pálido.

La visión de mi rostro debió lucir ante sus bonitos ojos grises como la de un indio que acaba de regresar inerme de un peligroso viaje astral, de ahí su interés.

—Papi ¿te duele la tripita? la abuela María tiene un jarabe muy rico que te hará hacer caca en un periquete. Sabe a platanito.

Eso dijo mi hija solidarizándose también con la causa desconocida de mi terrible mal, y porque sabía de más cuanto puede darte la lata un dolor de tripa en plena madrugada cuando le da por hacerse el zoquete. Un par de lágrimas traidoras, cobardes, debo decir, asomaron entonces para aguarme mi fiesta: el guateque del titán de bronce. La chica sacó una servilleta de papel del bolsillo del delantal y me la ofreció amablemente.

—Ay, ¿de verdad que no le pasa nada? —quiso saber.

—No, de veras que no. No se preocupe, estoy bien, si yo estoy (como dirían en mi tierra) entero —logré decir— por favor, traígale un jugo de naranja a mi hija, para mí un whiskie doble.

La chica no tardó en regresar con las bebidas.

—¿Han pensado ya lo que van a comer? —preguntó.

La pura verdad es que yo ya no podía aguantar más.

—¿Sabe usted que se parece muchísimo a mi vieja? —se lo pregunté así mirándola fijamente a los ojos. Pero qué imbecilidad, ¿verdad? es increíble lo gilipollas que vuelve a uno la nostalgia. Cómo podía saber esa muchacha que ella era clavadita a mi mamá si no se habían visto ni por postalitas, como diría mi vieja. Ellas eran tan parecidas que incluso compartían la temporalidad de llevar el pelo corto, mamá en los 70' y ella en sus actuales 90'.

—¿A su madre? ¿yo? —eso dijo, mirándome de arriba a abajo en un intento de encontrar algún rasgo genético que nos hermanara a ambos (imposible, yo soy, enteramente, cagado a mi difunto abuelo).

—Sí, usted, cuando  mi mamá era joven —dije para tranquilizarla— ¡Ella era tan linda! Mi mamá tenía a todo el barrio alborotao'. —agregué.

La chica debió mal interpretar mi carnaval de evocadores "era" como que mamá estaba muerta considerando oportuno darme el pésame.

—No, no, que mi mamá no se ha muerto ni nada de eso. Si estoy hecho polvo es por culpa del desgraciado que me la quitó. Él, y nadie más que él, es el culpable de nuestra separación.

—Sí, se llama Fidel —argumentó la pipiola de mi hija— papi siempre dice que ese hombre es un hombre muy malo, el diablo colorao' que le llama, y también que es un hijo de su...

—¡Niña, esa boquita! —grité, temeroso de que la señorita pipiola diera en público una muestra locuaz de lo deslenguados y creativos que pueden llegar a ser los tacos de un hijo dolido por la larga ausencia de su madre.

—De su mamá, papi, de su mamá.

—No se preocupe, lo entiendo —dijo la chica—  y sé cuánto pesa la distancia cuando se trata de una madre porque soy natural de Moscú. Ya sé que Moscú está a la vuelta de la esquina comparado con La Habana, pero no a la vuelta de mi casa.

Lo cierto es que nunca más volví a dejarme caer por aquel restaurante.

Una de esas tardes en las que solía echarme  a dormir la siesta con mis hijas soñé que mamá se había convertido en un pajarito y que vivía en una casita de madera dentro de mi pecho. Un colibrí preso que en las tardes lluviosas de domingo golpeaba con sus alas las rejas de su cárcel  pidiéndome salir. Entonces su hijo predilecto, el devorador de pollos, la dejaba en libertad, mamá planeaba un rato por el cuarto y luego, junto a la ventana, sufríamos la hipnosis que provoca la lluvia al contemplarla.

Fui tan feliz en aquel sueño con mi madre-colibrí posada sobre mi hombro.

No les he dicho que la mujer-colibrí (comencé a llamarla de ese modo luego de aquel sueño) sufre de aerofobia. Tardé mucho en convencerla para que accediera a tomar un vuelo a España.

—Mamá, no me hagas esa mierda, carajo, tú eres la mujer colibrí y las colibríes no tienen miedo a volar y yo tengo una mamitis de ampanga.

—Pues lo tengo, corazón mío. Bien sabe la Santísima Virgen de la Caridad que no miento.

—Oye, esos hijos de puta no dejan entrar a tu corazón en su país, ¿lo pillas? aún no, así que tendrás que venir tú. Me estoy muriendo por verte.

—Pues si no hay más remedio... —eso dijo mamá.

Algunos sueños llevan impresos en su a.d.n la condición de hacerse realidad. Un año después de aquella conversación telefónica mamá subió a un avión con destino a España, iba más sedada que los zombies de la serie "The walking dead".

 Finalmente la mujer colibrí y yo tuvimos nuestra sesión de lluvia, por septiembre, mientras comíamos pollo junto a la ventana de mi cuarto y nos poníamos al día, devolviéndole a los domingos el esplendor de antaño.








11 comentarios:

  1. Sólo puedo decir que me has emocionado, y mucho. Te felicito por esta evocación en prosa y sobre todo por esa mujer colibrí. Me encantó tu relato y ese apodo para esta mujer especial.

    Mil besitos

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    1. Sí, mi madre es una mujer muy especial.

      Gracias por la lectura y comentarios, Auroratris.

      Un abrazo

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  2. Muy bello Jonh. Ya me estaba temiendo que no hubiera reencuentro. Me ha gustado mucho.
    A veces uno despierta aún extasiado por el sueño que ha tenido.

    En el primer párrafo debe decir "del libre comercio", en el cuarto "reencontráramos" y más abajo "traígale un jugo de naranja".

    Un gran abrazo amigo.

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    1. Arreglado hermano, gracias a Dios que reparaste en ello por que voy tan lanzado, que me las pelo en la carrera vamos, que no caí.

      Gracias Gil.

      No pierdas el camino, compay.

      Abrazo.

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  3. Muy hermoso, me ha encantado, en especial la forma tan hermosa con la describes los momentos narrados y que decir de esa mujer tan especial...maravilloso, Jonh, como siempre.

    Besos.

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    1. Mi madre ya aparece, con otro nombre claro, en la colección de relatos "Paridas en la noche", es una mujer increíble, la hemos tenido, todos los hijos, para hablar y consultarle cualquier cosa de nuestro interés no solo ahora que somos adultos, también en la adolescencia, una época bastante difícil donde todo son inseguridades.

      No quiero ni recordar eso. Me encanta mi vida de adulto.

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  4. Hacemos de nuestra vida una sucesión de pequeños ritos y nos apegamos a ellos de manera caso irracional.Comer pollo los domingos en compañía de la propia madre estoy segura que es uno de los mâs entrañables. Lindo relato.Besos

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    1. Jordi, que feliz me hacen tus visitas, de verdad.

      Mi madre tiene mucho arte para la cocina. Le quedan de escándalo los calamares en salsa americana. Ese fue el plato que comí el día que me marché. Esta receta unida a la del pollo, una delicia.

      Cuando viene a verme se entretiene en guisar esas maravillas... y en contarme los pitillos que fumo al día. :)))))))

      Eso también.

      Gracias por la visita.

      Un abrazo.

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  5. La familia en la cultura latina mediterránea y, en especial, la hispana crea unos vínculos muy estrechos. Y mira qué puntería, justo mi madre ha venido a visitarme a este paraíso que es la isla Esmeralda. Y ella también va a comer Buena comida, que no será tan Buena ni variada como la Española, pero la calidad es excelente y el sabor de la carne no está anda mal. Por un lado entiendo el desapego familiar que hay en otros países occidentales y la libertad (y responsabilidad) individual que conlleva. Por otro lado consider que tener una comunidad en la que siempre vas a poder confiar y que siempre va a estar ahí tiene algunas ventajas nada desdeñables...
    Aparte de lo que te ha indicado Gildardo, tienes un "como la un indio" al que le falta el "de".
    Un abrazo! ^_^

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  6. ¡Jorgeeeeeee!

    Millón de gracias por la visita.

    Así es, los latinos somos tremendamente familiares, la familia es un punto de apoyo importante en la vida. Yo soy muy de vivir en tribu. Partiendo de lo prolífica que fue mi madre en cuanto a descendencia, una expwriencia muy enriquecedora, también yo me ocupé de hacer una buena tribu. Los mejores recuerdos de mi infancia están vinculados a las vivencias en el seno familiar.

    Espero que tu madre se lo haya pasado bien, la comida es lo de menos, aunque no sea mediterránea. Lo mejor para los dos es pasar tiempo juntos.

    ¡Qué envidia nos das viviendo en tu exótica isla!

    Te envío un fuerte abrazo.


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  7. ¡Jorgeeeeeee!

    Millón de gracias por la visita.

    Así es, los latinos somos tremendamente familiares, la familia es un punto de apoyo importante en la vida. Yo soy muy de vivir en tribu. Partiendo de lo prolífica que fue mi madre en cuanto a descendencia, una expwriencia muy enriquecedora, también yo me ocupé de hacer una buena tribu. Los mejores recuerdos de mi infancia están vinculados a las vivencias en el seno familiar.

    Espero que tu madre se lo haya pasado bien, la comida es lo de menos, aunque no sea mediterránea. Lo mejor para los dos es pasar tiempo juntos.

    ¡Qué envidia nos das viviendo en tu exótica isla!

    Te envío un fuerte abrazo.


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