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jueves, 6 de octubre de 2016

Cristal de Bohemia (De, “Cuentos para despertar a Eva”. Capítulo II)



Mara, madre en lengua antigua, no era la primera hembra que despertara en el capitán Madison la ferocidad del sexo a quema ropa. La llegada de Mara de Armas al meridiano de su existencia lo había llevado a replantearse su auto impuesta soledad y a preguntarse, qué había sido de aquel sentimiento llamado amor. Por un amor del pasado el capitán había levantado rejas en su pecho y enjaulado tras ellas a su corazón.



Yo, que ya he luchando contra toda la maldad
tengo las manos tan desechas de apretar, que ni te pueden sujetar,
vete de mi... 
Seré en tu vida lo mejor  de la neblina del ayer 
cuando me llegues a olvidar,
como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.


Posee un corazón poco visto, capitán, muy propenso a contraer la enfermedad de bohemia.
—¿La enfermedad de Bohemia? —preguntó el capitán al curandero persa.

—El corazón se inflama e infecta por causa del mal de amores sufriendo como resultado una necrosis. Su corazón corre el peligro  de estallar en fragmentos al mínimo percance emocional, querella o contratiempo.

Según el dictamen del curandero, experto en catalogar corazones, el músculo cardíaco del capitán Madison se había tornado entonces tan quebradizo como una copa de cristal de Bohemia.

A tan solo dos meses de su nombramiento, el joven capitán John Williams Madison, gallardo y valeroso como su abuelo, pero sin la pericia para capitanear a solas un galeón de la magnitud del Golden Hind, necesitaba aún del temple de acero de su antecesor al mando para tratar con una veintena de hombres, todos negados a juramentar lealtad a un marinero dotado con un corazón que corría el riesgo de añicarse al mínimo disgusto o percance en alta mar; veinte hombres de hielo que solo ofrendarían el filo de su acero y sus vidas a su antecesor de hielo: Sir. Francis Drake; el corsario más experimentado (según contaban los pescadores y piratas ya retirados a los jovenes marineros que llegaban al puerto de Londres, con la intención de alistarse en la tripulación de Sir Francis, a requerimiento de éste, a los taberneros y tratantes de paso que prestaban oídos a las sangrientas historias del pasado, histriónicas batallas de las que habían sido testigos sus cuerpos mutilados, tatuados con multiples cicatrices, mientras apagaban el ardor de la sed apoltronados en la barra) y temible de la historia de la piratería hasta la fecha.

Ante el mal augurio del curandero, el Golden Hind abandonó la ruta programada hacia Cartagena de Indias, practicando, por mandato de Sir Francis, el viraje inmediato rumbo a Malasia donde, se decía, encontrarían al chamán recomendado por el curandero que podría sanar el corazón de su nieto.

****

—Ha venido al lugar equivocado. Lamento decirle que mis artes no me permiten reparar corazones rotos, creo que usted lo sabe tanto como yo, capitán Madison. Si juntara las partes truncadas valiéndome de un potente conjuro a modo de adhesivo, quizás. A simple vista puede que funcione. Pero a contraluz, siempre serán visibles las antiguas marcas de la hondura de las cicatrices. ¡Ah, capitán! no me mire con esos ojos de león desangrado. Su corazón atesora una memoria del momento puntual en el que se produjo la rotura que salta por los aires como un interruptor, de esos automáticos, cuando se sabe en manos poco conocedoras del funcionamiento de sus matices emocionales ¿No se lo dijo su madre? Porque fue ella quien le dejó como herencia esa extraña particularidad.

—¿Mi madre? ¿eso cree?

—Quizás su... ¿padre?

—Sus poderes flaquean, chamán.

El capitán rió escandalosamente ante la desacertada predicción.

—Deje ya de reír. Está asustando a mis pájaros. ¡Vamos pajaritos míos, venid con papá!

El chamán abrió la jaula liberando a las aves. El enjambre multicolor de colibríes revoloteo alocado por la estancia buscando un lugar apacible donde posar sus nervios, lejos del desorden risueño del joven capitán.

—La enfermedad la heredé de mi difunta abuela paterna —aclaró el capitán— pero al parecer ella obvió la letra pequeña: proteger mi corazón a toda costa de las mujeres tóxicas y de los amores mal correspondidos.

—Pues ándese con ojo, capitán, porque usted siente una debilidad enfermiza por las mujeres, solo será cuestión de tiempo que su corazón vuelva a quedar en su próxima aventura amorosa; en una palabra...

—Cállese, pajarraco. Me está usted enterrando antes de morir.

—No se apure, capitán. Existe una cura para su rara dolencia.

—Pues no se me ande por las ramas.

—El maestro del cristal, capitán. Ese hombre puede conseguir que sus viejas heridas, ahora abiertas, dejen  de sangrar. Sólo él puede curar la enfermedad de los bohemios.

—¿Conoce a ese hombre?

—No, pero sé donde encontrarlo, mi padre me habló de él cuando yo era un niño. Le llaman el "Bufador de vidre"*.

—Estoy dispuesto a pagar lo que me pida por esa información.

—Verá, capitán Madison, el paradero de ese hombre conllevará un alto precio, y le advierto que no voy tras su oro.

—¿Ni siquiera tras el tesoro de "Nuestra Señora de Juncal"?*

El chamán sacudió la cabeza en acto de firme desaprobación.

—De acuerdo. Tengo un objeto muy especial. Una maravilla.

—¿Me está proponiendo un trueque?

—Exacto, pajarraco. La reliquia en cuestión perteneció a Barba negra.

—¿A Barba negra? ¿Esa tina mohosa y sucia donde él se bañaba los domingos?

—¿Cómo lo ha adivinado?

—Adivinar es lo mío, capitán. Pero sepa que no tengo interés en esa vulgar antiguaya de madera podrida.

—¿Antiguaya vulgar? Le devuelve el vigor a los hombres.

—No necesito vigor, capitán. —respondió molesto el chamán,  como recordatorio de su condición de hombre célibe. —Sepa que no me interesan, en lo absoluto, ninguna de esas baratijas supuestamente mágicas que usted guarda en su bodega.

—¿Y... qué será entonces, pájaro agorero?

—¡Oh!, se trata de una reliquia muy "especial" y significativa para usted.

El capitán sólo tenía entre sus posesiones, apartando su frágil corazón de cristal de Bohemia, un objeto con esa categoría de "especial": su navío. La embarcación más veloz que existía en el mundo. La única capaz de abandonar la quietud del océano y ascender a los cielos hasta atravesar las nubes en un raudo vuelo: su "Golden Hind".

—¿Y para qué necesita un chamán un navío volador?

—¿Para viajar a Beta Arae?*

—No me haga reír. Nunca podrá aproximarse siquiera a "Ara*".

—¿Usted cree?

—No existe conjuro capaz de hacer que despegue. Las velas del Golden Hind obedecen al llamado de la sangre. Sólo Sir Francis Drake y este servidor podemos capitanear ese galeón.

—¡Vaya! , entonces usted es...

—El nieto de Draco, chamán. De modo que el Golden queda excluido del trueque, pero puedo llevarle a mi bodega para que elija cualquier otro cachivache. ¿Le interesa un cargamento de lágrimas de sirenas embotelladas? Es muy efectivo para atraer a los monzones.

—¿Y a quién le importan los monzones? Lo que yo necesito es ir a Beta Arae.

—¿Y para qué, pajarraco?

—Para recuperar mis dotes adivinatorias.




lunes, 3 de octubre de 2016

De: "Cuentos para despertar a Eva".

Capítulo I.


En la mar todo era lejano.


Hacía mucho tiempo que el capitán John Williams Madison había olvidado los mapas de retorno hacia su isla natal. En la calma chicha de las noches veraniegas las leguas se le antojaban eternas. Y mientras el navío bogaba sobre el silencio oscuro de la noche como un crío huérfano, indefenso ante lo imprevisible de las aguas, asignados los turnos de guardia en la torre del vigía y en el puente, el capitán delegaba su rango en el primer oficial y se reunía  con el resto de la tripulación en la popa de proa. Charlaban, bebían ron y ponche de guarapo, y entonaban canciones hasta bien entrada la madrugada:


*Cuando te beso, 
todo un océano me corre por las venas,
nacen flores en mi cuerpo cual jardín,
y me abonas y me podas, soy feliz,
y sobre mi lengua se desviste un ruiseñor,
y entre sus alitas nos amamos sin pudor,

cuando me besas, 
un premio novel le regalas a mi boca.

Cantaban a coro mecidos por el vaivén irregular del océano, movidos por la evocación de sus amores fugaces hermanados en las pasiones abandonadas, detenidas temporalmente en tierra a la espera de que el Golden Hind avistara el próximo puerto que cobraba, ante los ojos de los marineros, la apariencia de un fantasma grávido de corta permanencia en la constante movilidad de sus vidas de nómadas.



Mendigo, malandro, negrito, mulato, marginal.
Esclavo evadido o loco perdido,
voy a hacer mi festival,
mambembe, gitano,
debajo del puente, 
cantando,
bajo de la tierra, 
cantando,
en la boca del pueblo,
 cantando...



 Expulsados por voluntad propia los mapas  hacia las Antillas de la memoria del capitán, su tierra prometida era entonces esa armazón de madera  bautizada en su día como "Cierva dorada", acondicionada para la práctica del comercio y la piratería y que había serpenteando antaño esas mismas rutas que el olvido se había encargado de borrar, con su abuelo como capitán, a la caza de tesoros que ofrecer a la corona británica.

Desde que Madison fuera ordenado por su abuelo Francis Drake capitán del Golden, un par de años antes de que se produjera su trágica muerte, no recordaba haber conocido en sus carnes el miedo a la soledad. John Williams Madison se sentía tan solitario como el océano y se había empleado, con el imbatible paso de los años, muy a fondo en comprenderla, en domesticarla y quererla. Nunca le había pesado tanto su soltería hasta encontrar a Mara.

El capitán presumía de tener en su camarote una imagen del perfil aniñado de Mara brillando sobre el blanco de las elegantes perlas que rodeaban su cuello de cisne. Ellos no se conocían personalmente, pero era un hecho probado que  aquella mujer que firmaba sus poemarios y novelas con el  seudónimo de Mara de Armas lo hacía feliz desde su exótico paraíso; una casa de madera perdida en el hemisferio sur del mundo alejada del tumultuoso bullicio de la ciudad, a orillas del río Paraná.

Mara lo hacía feliz desde su lejanía cercana en la correspondencia, aunque él no pudiera desnudarla en su santuario marino para amarla a plenitud.

Una tarde de finales de agosto, mientras el capitán paseaba por los comercios del puerto de Singapur, decidió entrar en una librería de paso. Abastecerse con algunas novelas harían más llevaderas las noches en alta mar. Por solo cincuenta rupias adquirió un lote de cinco libros que incluía uno de los poemarios de Mara: "El pan de la buena vida".

El capitán pasó toda la noche inmerso en su lectura; ciento veinte páginas que iban desde los romances lorquianos al verso blanco. El curioso poemario incluía también veinticinco recetas de repostería recogidas en la segunda parte del libro, publicado por quinta vez en edición de bolsillo con el lema:  "cocina para hombres solteros". Las pruebas evidenciaban que el capitán era uno de aquellos hombres solteros negados al arte culinario a los que hacía referencia el recetario, pero él no estaba dispuesto a hacer a un lado el sextante y las cartas de navegación para entrar en la cocina, ni a dejar aquel libro en las torpes manos de su cocinero, Ludovico, por muy buenas artes que el italiano tuviera. Y ardía en el corazón del capitán la esperanza de que fuera la propia Mara de Armas quien preparara sus delicatessen en la cocina del Golden Hind. De ningún modo abandonaría el puerto de Singapur sin conocer el paradero de aquella mujer con artes de hechicera para enamorar a golpe de verso y endulzar el estómago del más exigente comensal. El librero se mostró reacio a soltar prenda cuando el capitán se presentó en la librería indagando  por el paradero de la escritora. Finalmente, el buen hombre desembuchó gracias a los generosos doblones del capitán.

Con el devenir de los meses ambos fueron haciendo a un lado las formalidades en el trato y pasaron, sin darse apenas cuenta, del ceremonial  señora y el estimado capitán, a: mi admirada Mara,  capitán John Williams Madison (a excepción de su santa madre, en gloria desde hacía cinco años, nadie lo llamaba por su nombre de pila al completo, sólo capitán), o capitán Madison, hasta acabar en: mi estrella polar, mi fuerza extraña, de puño y letra del propio capitán, y "mi capitán", brillando en la caligrafía esmerada, en tinta Rosa fucsia, con la que Mara de Armas solía responder sus cartas, siempre impregnadas con el aroma de los ingredientes exóticos que ella empleaba para hornear sus bollos de miel: canela, cacao importado de Brasil, pimienta de jamaica...

Una foto y un buen puñado de cartas no atesoraban más valor que la misma Mara de Armas en persona. El capitán Madison estaba tan decidido a saltar la estática barrera coralina de la comunicación epistolar, que hasta le había prendido una vela y entonado la Salve de los marineros a aquella virgen de la que su abuelo fuera en vida devoto, la Virgen del Carmen, y ofrendado flores y palomas y collares de plata al despuntar el alba, a aquella poderosa reina del mar en la que su madre depositaba el desenlace o arreglo definitivo de los tormentos del corazón, Yemaya Olokun. Todo con tal de ver materializado el sueño de contemplar a Mara de Armas desandar a pie grácil la pasarela que unía el puerto con el varaje del Golden Hind; lo que fuera por degustar, al menos por un día, uno de esos desayunos copiosos que tienen cabida luego de una noche de pasión mientras Mara, sentada en su regazo de hombre maduro, reía como un cascabelito al verlo zampar sus bollos de miel con la fascinación desmedida que sienten los críos por las golosinas.

Mara era la pieza imprescindible que completaba el puzzle de su hombría. Algo valioso que ya había tenido con anterioridad en otro estado físico y que él había perdido en algún tramo del camino.

En las noches en que la mar se mostraba piadosa, el capitán Madison se recluía en su camarote y fabulaba despierto con la verticalidad de los cabellos castaños de Mara sobre su espalda desnuda camino de la ducha. Fabulaba con su dulzor tímido mientras, Andrómeda, desfilaba en sllow mottion a través del ojo de buey del camarote al compás de la voz en el gramófono:"voy soñando con tus besos por el callejón del agua/ no despertarme del sueño campanas de la Giralda... 

Su dulzor estallando en hecatombe junto a ese otro Madison que él había sido en el pasado. Fabulaba a ojos abiertos con sus pies de geisha recorriendo su espalda tatuada por los azotes del Sol en cubierta en las largas travesías, con un mundo donde el camarote, colmado de suspiros aleatorios, cumplía el milagro de derribar sus cortafuegos de mujer precavida, dispuesta entonces a complacer sus ansias amatorias de lobo transoceánico.

Fabulaba... con la pasión de un escritor en buena racha hasta quedar plácidamente dormido, o hasta que, por fuerzas mayores,  el primer oficial requería su presencia en el puente y la evocación de aquella Mara, reconstruida por él con los fragmentos almáticos que ella le mostraba entre líneas, quedaba flotando en el camarote hasta la próxima ensoñación.

El capitán John Williams Madison la deseaba con la misma desesperación con la que su tripulación esperaba oír la voz del vigía en la torreta vociferando de a pleno: ¡tierraaaaaa!, para adentrarse en las tabernas del puerto de Tombuctú, Antioquía, Katmandú... en busca de compañía femenina, luego de varios meses en alta mar, tanto-tanto, que sería capaz de entregarle a quien se lo pidiera en el próximo puerto todo el botín atesorado en sus bodegas, si ese "alguien" fuera capaz de proporcionarle un futuro junto a Mara.


Nosotros seremos lo que tú quieras que seamos,
yo soy lo que te de la gana,
échamelo todo en cara.
También soy el que te acaricia en las mañanas,
yo soy el que te ama,
el que te da las ganas y desganas.
Yo soy el que te cuenta las pestañas.
Yo soy el que arropa
cuando estás durmiendo y te quedas helada.

Yo soy el que navega contra el viento,

ahora dime que no
perdemos los dos,
si te vas...





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n.del a: *“Cuando te beso", letra y música del maestro Juan Luis Guerra.





domingo, 2 de octubre de 2016

Decálogo del cabreo padre.





"Publica y serás crucificado"
(Guillermo Cabrera Infante)



Los escritores novatos creemos saberlo todo solo por que un buen día, Tim Berners Lee, el padre de Internet,  tuvo la brillante idea de poner en marcha un proyecto para facilitar el intercambio de información entre científicos e investigadores, que años más tarde, desembocó en el gigante del que ahora todos hacemos uso: Internet.

Desde que Google ha decretado barra libre hay mucha peña escribiendo, mucha peña que ha dado el salto a la fama, (den gracias a papi-web) y mucha peña que no tiene ni puta idea.

Comenzaré aclarando que no soy escritor, sino blogger. Hay una diferencia abismal entre esos dos conceptos. Uno no es escritor hasta que el oficio se completa, de modo que es inútil auto-llamarse y auto-laurearse como escritor estando en plena formación.

El tatuaje es un centro de experimentación, (creo haberlo dicho en más de una ocasión), abierto a la crítica. Lo que acabo de afirmar es perfectamente demostrable en los archivos. De momento no se me ha caído nada porque alguien me señale un error, o varios, en el texto. Lo tengo todo muy en su sitio, (la bilirrubina bien alta, ni siquiera tomo esas pastillitas azules para papipitufos azules sin capacidad de reacción en las noches azules). Hay muchas entradas donde se me señalan faltas ortográficas, errores de estilo, incluso, un comentarista me deja en la caja de comentarios una pregunta curiosa que me hace volver sobre mis pasos y darme cuenta que había omitido información importante para la comprensión del relato (el comentarista se quejaba de no entender ciertas escenas) e incluído mucha basura irrelevante.

Gracias, señor lector, tu comentario aún permanece en la entrada como recordatorio de la importancia de la opinión de quién se ha tomado el trabajo de abrir una entrada de un autor en tránsito, autor anónimo, y dedicado unos minutos.

Decálogo para escritores en tránsito.

1. Dale tus escritos a tu mamá. Las madres son como los borrachos pero en una versión sobria, nunca mienten, pero antes preguntate si tu vieja va a dejar de lado la cena o la compra para leer tus tremendísimas "perlitas". Mientras no estés seguro de ello, ni lo intentes.

2. Escucha con atención lo que los lectores, sean escritores o no, opinen sobre tu trabajo, y saca tus propias conclusiones (Dale por el c.u.l.o a tu ego)


3. Comparte tu trabajo con  escritores que ya conozcan el oficio. Su opinión te ahorrará tiempo en cuanto a aprendizaje y aportará riqueza y conocimiento atu carrera.

4. Sé un tío legal, o una tía con ovarios, y no me visites sólo para que te devuelva el favor. A mí me la sudan las visitas.

5. Ama a tus comentaristas. (A los verdaderos, esos que te leen porque realmente les gusta lo que escribes y no por no por la simple razón de cumplir).

6. No te cagues en los muertos. (Gabo, Faulkner, Truman Capote, Hemingway, Charles Bukowski... todos esos hombres dejaron sus obras para que las disfrutemos y aprendamos de ellos)

Lee bueno.

7. Un escritor muestra su valía sobre el terreno. Si quieres mostrar que eres vanguardista y muy cañero, demuestralo con una de tus paridas, no cargues contra los defensores de la buena literatura solo para chupar cámara en las redes sociales de turno.

8. Nadie nace sabio. Hay mucha peña colaborando en tu formación: lectores, tu santa madre con sus ácidas críticas, tus colegas principiantes, el tipo que te lee en las redes sociales y comparte tu relato, aún sabiendo lo mucho que te falta para enterarte de los que vale un peine en literatura...

Sé agradecido.

9. Que publiques en tu blog y que un montón de peña te deje sus comentarios adulatorios, en este caso, no significa que seas el escritor del año. (La sinceridad es un arma de doble filo, duele, hiere que te digan que eso que tú has escrito es aburrido, tedioso, una milonga de las buenas, en fin, tu barco pierde agua por muchos sitios, colega, pero es el único modo de saber si realmente lo estás haciendo bien).

10. A quien le pica es por que ajos come.

Gracias.

Soy J. Madison y ha sido un placer escribir para ustedes.




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n.del.a: Gracias siempre a todos los que han hecho posible mi crecimiento hasta la fecha: Gavrí Akhenazi, Mirella Santoro, Morgana de Palacios, Eva Lucía Armas, a todos mis compañeros.

Gracias mil a mis comentaristas por su tiempo, apoyo y cariño, opiniones y correcciones.

Perdón una vez más, María Campra Peláez (mamá escritora) por aquel incidente.

Abrazo.