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lunes, 3 de octubre de 2016

De: "Cuentos para despertar a Eva".

Capítulo I.


En la mar todo era lejano.


Hacía mucho tiempo que el capitán John Williams Madison había olvidado los mapas de retorno hacia su isla. En la calma chicha de las noches veraniegas las leguas se le antojaban eternas. Y mientras el navío bogaba sobre el silencio oscuro de la noche como un crío huérfano, indefenso ante lo imprevisible de las aguas, asignados los turnos de guardia en la torre del vigía y en el puente, el capitán delegaba en el primer oficial y se reunía  con el resto de la tripulación en la popa de proa. Allí charlaban, bebían ron y ponche de guarapo, y entonaban canciones hasta bien entrada la madrugada:


*Cuando te beso, 
todo un océano me corre por las venas,
nacen flores en mi cuerpo cual jardín,
y me abonas y me podas, soy feliz,
y sobre mi lengua se desviste un ruiseñor,
y entre sus alitas nos amamos sin pudor,

cuando me besas, 
un premio novel le regalas a mi boca.

Cantaban a coro mecidos por el vaivén irregular del océano movidos por la evocación de sus amores fugaces hermanados en las pasiones abandonadas temporalmente en tierra a la espera de que el Golden avistara el próximo puerto que cobraba, ante los ojos de los marineros, la apariencia de un fantasma grávido de corta permanencia en la constante movilidad de sus vidas de nómadas.



Mendigo, malandro, negrito, mulato, marginal.
Esclavo evadido o loco perdido,
voy a hacer mi festival,
mambembe, gitano,
debajo del puente, 
cantando,
bajo de la tierra, 
cantando,
en la boca del pueblo,
 cantando...



 Expulsados por voluntad propia los mapas  hacia las Antillas de la memoria del capitán, su tierra prometida era entonces esa armazón de madera  bautizada en su día como "Cierva dorada", acondicionada para la práctica del comercio y la piratería, que había serpenteando antaño esas mismas rutas que el olvido se había encargado de borrar con su abuelo como capitán, a la caza de tesoros que ofrecer a la corona británica.

Desde que Madison fuera ordenado por su abuelo capitán del Golden, un par de años antes de que se produjera su trágica muerte, no recordaba haber conocido el miedo a la soledad. John Williams Madison se sentía tan solitario como el océano y se había empleado, con el paso de los años, muy a fondo en comprenderla.

Lo cierto es que nunca le había pesado tanto su soltería hasta encontrar a Mara.

El capitán presumía de tener en su camarote una imagen del perfil aniñado de Mara brillando sobre el blanco de las elegantes perlas que rodeaban su cuello de cisne. Ellos no se conocían personalmente, pero era un hecho probado que  aquella mujer que firmaba sus poemarios y novelas con el  seudónimo de Mara de Armas lo hacía feliz desde su exótico paraíso: una casa de madera perdida en el hemisferio sur del mundo alejada del bullicio de la ciudad, a orillas del río Paraná.

Mara lo hacía feliz desde su lejanía cercana en la correspondencia, aunque él no pudiera desnudarla en su santuario marino para amarla.

Una tarde de finales de agosto, mientras el capitán paseaba por los comercios del puerto de Singapur, decidió entrar en una librería de paso. Abastecerse con algunas novelas harían más llevaderas las noches en alta mar. Por solo cincuenta rupias adquirió un lote de cinco libros que incluía uno de los poemarios de Mara: "El pan de la buena vida".

El capitán pasó toda la noche inmerso en su lectura; ciento veinte páginas que iban desde los romances lorquianos al verso blanco. El poemario incluía también veinticinco recetas de repostería recogidas en la segunda parte del libro, publicado por quinta vez en edición de bolsillo con el lema:  "cocina para hombres solteros". El capitán era uno de aquellos hombres solteros negados al arte culinario a los que hacía referencia el recetario, pero no estaba dispuesto a hacer a un lado el sextante y las cartas de navegación para entrar en la cocina, ni a dejar aquel libro en las torpes manos de su cocinero, Ludovico. Por muy buenas artes que el italiano tuviera, ardía en él la esperanza de que fuera la propia Mara de Armas quien preparara sus delicatessen en la cocina del Golden. De ningún modo abandonaría el puerto de Singapur sin conocer el paradero de aquella mujer con artes de hechicera para enamorar a golpe de verso y endulzar el estómago del más exigente comensal.

El librero se mostró reacio a soltar prenda cuando el capitán se presentó en la librería indagando  por el paradero de la escritora. Finalmente, el buen hombre desembuchó gracias a los generosos doblones.

Con el devenir de los meses ambos fueron haciendo a un lado las formalidades y , sin darse apenas cuenta, pasaron del ceremonial  señora y el estimado capitán, a: mi admirada Mara, querido capitán John Williams Madison (a excepción de su santa madre, en gloria desde hacía cinco años, nadie lo llamaba por su nombre de pila al completo, sólo capitán), o capitán Madison, hasta acabar en: mi estrella polar, mi fuerza extraña, de puño y letra del propio capitán, y "mi capitán", brillando en la caligrafía esmerada en tinta Rosa fucsia, con la que Mara de Armas solía responder sus cartas, siempre impregnadas con el aroma de los ingredientes exóticos que ella empleaba para hornear sus bollos de miel, canela, cacao importado de Brasil y pimienta de jamaica.

Una foto y un puñado de cartas no atesoraban más valor que la misma Mara de Armas. El capitán estaba tan decidido a saltar la estática barrera de la comunicación epistolar, que hasta le había prendido una vela y entonado la Salve de los marineros a aquella virgen de la que su abuelo fuera devoto: la Virgen del Carmen. Y ofrendado flores y palomas, y collares de plata al despuntar el alba, a aquella reina del mar en la que su madre depositaba el desenlace o arreglo definitivo de los tormentos del corazón: Yemaya Olokun. Todo con tal de ver materializado el sueño de contemplar a Mara de Armas desandar a pie grácil la pasarela que unía el puerto con el varaje del Golden Hind; lo que fuera por degustar, al menos por un día, esos desayunos copiosos que tienen cabida luego de una noche de pasión mientras Mara, sentada en su regazo de hombre maduro, reía como un cascabelito al verlo zampar sus bollos de miel con la fascinación que sienten los críos por las golosinas.

Mara era la pieza imprescindible que completaba el puzzle de su hombría. Algo valioso que ya había tenido con anterioridad en otro estado físico y que él había perdido en algún tramo del camino.

En las noches en que la mar se mostraba piadosa, el capitán se recluía en su camarote y fabulaba despierto con la verticalidad de los cabellos castaños de Mara sobre su espalda desnuda camino de la ducha. Fabulaba con su dulzor tímido mientras, Andrómeda, desfilaba en sllow mottion a través del ojo de buey del camarote al compás de la voz en el gramófono:"voy soñando con tus besos por el callejón del agua/ no despertarme del sueño campanas de la Giralda... 

Fantaseaba con su dulzor estallando en hecatombe junto a ese otro Madison que él había sido en el pasado a ojos abiertos, con sus pies de geisha recorriendo su espalda tatuada por los azotes del Sol en cubierta en las largas travesías y con un mundo donde el camarote, colmado de suspiros aleatorios, cumplía el milagro de derribar sus cortafuegos de mujer precavida, dispuesta entonces a complacer sus ansias amatorias de lobo transoceánico.

Fabulaba... con la pasión de un escritor en buena racha hasta quedar dormido, o hasta que, por fuerzas mayores,  el primer oficial requería su presencia en el puente y la evocación de aquella Mara, reconstruida por él con los fragmentos almáticos que ella le mostraba entre líneas, quedaba flotando en el camarote hasta la próxima ensoñación.

El capitán John Williams Madison la deseaba con la misma desesperación con la que su tripulación esperaba oír la voz del vigía en la torreta vociferando de a pleno: ¡tierraaaaaa!, para adentrarse en las tabernas del puerto de Tombuctú, Antioquía o Katmandú en busca de compañía, luego de varios meses en alta mar. La deseaba  tanto-tanto, que sería capaz de entregarle a quien se lo pidiera todo el botín atesorado en sus bodegas, si ese "alguien" fuera capaz de proporcionarle un futuro junto a Mara.


Nosotros seremos lo que tú quieras que seamos,
yo soy lo que te de la gana,
échamelo todo en cara.
También soy el que te acaricia en las mañanas,
yo soy el que te ama,
el que te da las ganas y desganas.
Yo soy el que te cuenta las pestañas.
Yo soy el que arropa
cuando estás durmiendo y te quedas helada.

Yo soy el que navega contra el viento,

ahora dime que no
perdemos los dos,
si te vas...





************


n.del a: *“Cuando te beso", letra y música del maestro Juan Luis Guerra.





9 comentarios:

  1. Jonh
    Este texto en prosa está lleno de poesía. Este capitán Madison enamorado de Mara es un solitario, un pirata, un viejo lobo de mar que está tan enamorado de su Golden Hint como de su Mara. Pero, sin embargo, aunque la extraña inmensamente en su navegación por el mundo, por la soledad de los mares, no es capaz de quedarse inmóvil en tierra, la quiere consigo, en su camarote, en su barco. Hermoso trabajo, me has transportado a las historias de bucaneros, te lo agradezco. Un abrazo.
    Ariel

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    1. Tiene mucho de mí el capitán, me gusta mucho el mar, dar paseos por la playa en invierno, cuando no hay gente y las gaviotas están a su aire, me quito los zapatos y paseo por la orilla. A veces, si hace sol, me baño. Ésta una de las historias con las que más me identifico por esa relación que me une al mar, yo soy antillano, y en mi barrio, en la Habana, el mar se veía desde muchos puntos. Eso lo echo muchusímo de menos, aunque Barcelona también tiene un mar muy hermoso y disfrutable.

      Gracias siempre por tu apoyo, compañero.

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  2. Una exhibición narrativa. Se nota buen pulso narrativo y gran trabajo de documentación. El lector se sumerge en esos mares con el capitán Madison. Enhorabuena!!!

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    1. La primera vez que salí a navegar había sandía en la cocina del barco, a mares, me puse hasta las trancas de sandía, pobre de mí, cuando aquella embarcación salió a mar abierto la sandía en mi estómago también pidió salir, a excepción de eso, la navegación fue mágica, yo siempre recuerdo esa primera vez a mar abierto hasta llegar a Cayo Coco, en la provincia de Ciego de Avila, Cuba. Cayo Coco fue un lugar muy habitual en mis veranos, me bañaba al final del muelle con los salvavidas mientras bebíamos ron y hablábamos de nuestras cosas, con una prima, Maribel, es uno de los recuerdos que nos unen a ambos, donde quiera que esté, mi María:

      La Maribel se fue con la mañana.
      Por un amor se fue la Maribel.

      Se me largó,
      consuelo de mi rabia adolescente,
      de mi inseguridad y mis complejos,
      de mi noche salsera,
      siempre bailamos hasta perder la guita y los zapatos.

      Hasta matar al día.

      Se fue, María Isabel Martínez, mire usted.
      La hembra mas cañón y más coqueta
      que conocí en mi vida.

      Sangre de mi sangre.

      Maldito sea el tipo.

      Un abrazo y gracias por viajar conmigo.




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  3. Me encanta navegar en tu buque, querido Capitán Madison, sintiéndome vaivén entre tus olas (letras), sé, que eres amante del mar y arrastras hasta él, y que gozada poder disfrutar-te.

    Cualquier calificativo quedaría pequeño, diré simplemente, que GRANDE eres, siempre me quedo con la esencia con la que escribes, dejo lo demás para los que tienen "sapiencia".

    Besos, Jonh.

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    1. Yayone. Gracias por el calor que me dan tus visitas, reina. Respondo el cometario, aunque tarde, con la esperanza de saber que sigues aún en la brecha poética, amiga.

      Besos.

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  4. Que preciosidad de descubrimiento la cancion de mi idolatrado Buarque y mi desconocida hasta hoy Roberta Sá

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    1. Una joyita el tema, primo. También soy fan de Chico desde la adolescencia.

      Abrazo un gracias por la visita.

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  5. Por favor, amigo mío... Qué bonito relato y qué bonita pasión.
    Me ha encantado cómo has hilvanado la historia... He sentido Todas las emociones detalladas.

    Chapeau!!!

    Mil besitos y feliz finde, Jonh.

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